La efímera concordia, si es que ésta existió alguna vez entre los bandos tradicionales, no pudo superar el cúmulo de nuevos problemas que comenzaba a abatirse sobre la nación oriental, cuyas riendas no podíamos controlar. En primer lugar estaba la violencia, a la que nos habíamos acostumbrado fatalmente. No en vano el Sitio Grande duró la friolera de ocho años. En segundo lugar, volvimos a quedar en los hechos bajo la égida de Brasil, país con el que suscribimos unos acuerdos tan ruinosos para nuestra economía como vergonzosos para nuestra legislación y para ese sentimiento escurridizo al que denominamos honor nacional. Bajo esa tutela abusiva, habríamos de protagonizar otros sucesos igualmente infames, como el sitio a Paysandú en 1864 -llevado a cabo por el caudillo colorado Venancio Flores con la complicidad de la Argentina de Mitre y la intervención armada de los brasileños- y la Guerra de la Triple Alianza a partir de 1866. Nada de qué envanecerse. Nada de qué enorgullecerse, como no fuera esa secuencia de alzamientos y de sangre en la que nos sumergimos durante casi toda nuestra vida republicana. Sería interesante preguntarse dónde queda el odio en semejante panorama.
El odio entre orientales, incubado a lo largo y a lo ancho de tantas guerras civiles, propició el desarrollo de mentalidades signadas por la intolerancia y por el recurso de la guerra perpetua. En el medio, una abrumadora mayoría de uruguayos -del 80 al 90% de la población- permaneció atada a la pobreza y al analfabetismo, y su destino principal fue servir como carne de cañón en los innumerables alzamientos de un bando contra otro. Si algo nos dejó la Guerra Grande fue una enorme ruina. La producción ganadera y la industria saladeril estaban hundidas. La deuda externa con Inglaterra, Francia y Brasil pasó a ser, más que importante, impúdica. Las rentas de aduanas quedaron hipotecadas a los prestamistas extranjeros, y el país quedó en buena medida despoblado, mientras los brasileños arreaban las haciendas de ganado en pie rumbo a Río Grande y se instalaban en enormes estancias colocadas en toda la línea fronteriza, que seguía siendo móvil y difusa, aunque los límites quedaron fijados en los tratados con Brasil en “el río Cuareim al noroeste, y al noreste el Yaguarón y la laguna Merín, cuya navegación exclusiva se entregaba al Brasil”. Además, “Se cedía una franja de dos leguas y media de territorio en las márgenes uruguayas del Cebollatí y el Tacuarí, en la cual el imperio podía levantar fortalezas”.
¿Qué hicieron los orientales frente a tan devastador panorama? Continuaron enzarzados en sus luchas de banderías, por más que surgieron valerosos intentos -la política de fusión y la política de pactos- para terminar con aquella división tan destructiva como estéril. El mismo Andrés Lamas, un personaje oscuro y controvertido, de larga actuación en nuestra política -a él se debe la frase “ni vencidos ni vencedores”-, lanzó un ardoroso manifiesto por el cual pretendió poner de manifiesto el absurdo de las guerras de divisas. Pero no tuvo mayor suerte. Hoy por hoy, cuando ya los uruguayos hemos institucionalizado otra política -la del más riguroso olvido o desmemoria respecto a los hechos trascendentales del pasado- no deberíamos echar a un lado el significado de aquella frase surgida del pacto de 1851. Nos sigue costando demasiado la sola idea de un verdadero acuerdo nacional que permita, por encima de las diferencias políticas, hacer frente al objetivo superior de encauzar al país, promover su desarrollo y fortalecer los derechos y las garantías de la ciudadanía. Hemos caído en una crisis, provocada por el retorno de un voraz neoliberalismo, en la que queda desterrado el estado de bienestar, en la que ya no importa el concepto de desarrollo, en la que términos como derechos humanos, igualdad y justicia han pasado a ser malas palabras. La historia nos enseña que es necesario, o más bien urgente, asomarse a sus acontecimientos para mirar en perspectiva, asomarse sobre el horizonte puntual y mezquino del presente y atreverse a formular proyectos de futuro en los cuales la humanidad, y no el interés de clase, o el capital o la raza de los malla oro, sea la medida.