Sócrates odiaba los libros, es decir la palabra escrita, porque a los libros no se les puede preguntar nada. Tal vez por eso Platón, su discípulo, dejó plasmados los pensamientos de su maestro en forma de respetuoso diálogo. La poesía es otra cosa, aunque el mismo Platón haya sentenciado al destierro y a la censura a los poetas. Para Gadamer, uno de los grandes filósofos de la hermenéutica contemporánea, “nunca por parte de un filósofo y de manera tan dogmática se ha negado al arte su rango, nunca con tal mordacidad ha sido impugnada su pretensión, tan evidente para nosotros, de ser manifestación de la más profunda y más misteriosa verdad”. Es que la poesía trasciende la convención del lenguaje puesto en el mundo, aunque a veces (Sócrates no andaba tan errado) puede parecer una cárcel. Y por eso dice Amanda, en el poema ‘Momento’:
“Por un instante
se han detenido las máquinas
me han abandonado las fuerzas
me he entregado a mi sombra.
a la culpa cripta oscura
de ser Amanda escrita
fatigada entre
las letras asfixiantes…”
Amanda, al igual que otras poetas uruguayas (pienso en Delmira, en Sara, en Marosa y en Circe), es en el fondo una pionera, una avanzada, una vanguardista (no en un sentido lúdico o desafiante, sino en el proceso poético más visceral y auténtico) que esconde, bajo su apariencia mansa, los poderes de una diosa armada de lanza y escudo. Sus experimentos con la poesía y sus exploraciones cósmicas son la punta de esa lanza, al extremo de que, si se recortara uno de sus poemas (pienso en algunos versos de ‘Composición de Lugar’, en los que aparece incluso algún poema en forma de ecuación matemática) y se encuadrara y se colocara en un museo de artes plásticas, pasaría a ser limpiamente una de tales obras de arte. Amanda miró y pensó, escribió y moldeó y experimentó con las visiones, los sonidos, las combinaciones de las letras y de las palabras, la lógica material y los estados de la materia. Así, en el poema ‘La Manzana’:
“Una manzana color manzana
otra manzana sin cáscara
—– —– —– —– —–– color de otra manzana
otra manzana desaparecida
–– —– —– —– —– — saboreada:
de las tres ¿cuál la manzana verdadera?
Ella nació en junio de 1921, y su marido, José Pedro Díaz, en enero de ese año. Se conocieron en el IAVA, compartieron aulas y docentes, se casaron muy jóvenes y estuvieron juntos más de sesenta años. Un día cumplieron lo que para muchos es un sueño. Compraron una imprenta Minerva a la que llamaron (al igual que su sello editorial) La Galatea, como la Nereida griega, de la que salió el libro fundacional de Amanda, de 1945, La elegía por la muerte de Paul Valéry. Le siguió El río, de 1952 (“por un agua de amor y sangre a fondo…”). Luego coordinarían junto a los hermanos Rama el mítico sello Arca, donde vería la luz la mayor parte de su obra. En total, la poeta llegó a publicar 21 libros.
En La cuidadora del fuego, libro que apareció poco antes de la muerte de Amanda (editado por Roberto Echavarren), la poeta explora en el recuerdo, en las imágenes reales o ficticias, y en el tiempo; lo hace sin escrúpulos y sin concesiones. Ante ella están, más desnudos que nunca, los dolores, las muertes, la pérdida en sentido total, pero también la inmortalidad que el devenir esconde.
¿Quién está detrás promoviendo sombra?
¿Un alquimista? ¿Un mago fotógrafo?
Entre tanto – empecinado – el tiempo real
recorre – tantea mi rostro – y apenas
una sonrisa incolora – levísima –
lo cubre de vaporosa ironía.
Quedan los ojos – sólo los ojos en sombra
asomados a ese libro – levemente iluminado
Resta solamente que nosotros, los lectores, nos asomemos también a los libros y al mundo de Amanda. Después de todo, también nosotros estamos insertos en la vorágine del devenir, y también a nosotros puede tocarnos (ojalá que así sea) la mano de esa alquimista, de esa maga de ojos rasgados que tanto nos sigue interpelando detrás de su sonrisa enigmática.