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Escribió Susan Sontag: “La interpretación es la revancha del intelecto sobre el arte (…), sobre el mundo. Interpretar es empobrecer, despoblar el mundo, para instaurar un mundo sombrío de ‘significados’”. (Contra la interpretación, 1996). Aun así, los significados y los sentidos existen. No se agotan -siguiendo en parte a Sontag- en unidades discretas, cerradas, muy bien estructuradas, que postulan las taxonomías pretenciosas de la academia. Existen porque, sin signos, sostuvo Charles S. Peirce, no existen las múltiples formas del pensamiento, las figuras del sentimiento y la pasión, las corporalidades, las temporalidades. Lo que resulta excesivo es la sobreinterpretación. Esas acciones con las que despoblamos el mundo y abolimos el misterio al colocar un objeto, un hecho artístico, en la mesa de las autopsias.
No está claro, a modo de axioma, que la miniserie Gambito de dama sea un hecho artístico. En este punto la discusión está abierta. Sí tiene mucho del misterio que le confiere la condición de arte a ciertos objetos. No sabemos bien por qué el personaje de Beth, encarnado notablemente por Anya Taylor-Joy, resulta tan fascinante. Tampoco sabemos por qué la historia y la trama, que giran en torno al ajedrez y su competitivo mundo, se vuelven adictivas, atrapantes, y nos disparan a inexplicables derroteros de la imaginación.
Misterio y fascinación se aproximan al universo de lo artístico al crear un campo incierto que no puede aprehenderse ni controlarse con los dispositivos de la razón (¿salvo en las autopsias academicistas?), y al ofrecer figuras que se despegan del fondo anecdótico para operar como vicarias de los deseos. Por otro lado, Gambito de dama funciona en el mundo de lo tangible, de lo controlable por las constricciones del mercado del espectáculo y de las empresas afanadas en sacar lucro de las buenas disposiciones del público a plegarse a la masa y a los comportamientos adictivos. Aquí, en este lado ¿oscuro?, la realización de Scott Frank y Allan Scott es exitosa: un snack del que no es fácil despegarse.
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Beth es un personaje muy interesante, que cumple con los rasgos esperables de la heroína fantástica. Vive una historia trágica desde su infancia, con un padre del que apenas se tienen datos, con una madre conflictuada que muere en un accidente o no tan accidente, del que Beth es la única sobreviviente. Pasa como puede por el orfanato, entabla una entrañable amistad con una compañera negra bastante mayor que ella, y descubre el ajedrez, gracias al personaje del encargado de mantenimiento. Este hallazgo es definitivo y estructurante: el tablero se transforma en el territorio donde la vida es controlable con reglas rígidas y complejas. En este tiempo también cae en la adicción y descubre con fascinación los efectos de los psicofármacos sobre el cuerpo y el pensamiento; un matrimonio disfuncional la adopta y con ellos volverá a experimentar el abandono de su padrastro, pero construirá una íntima y afectuosa relación con la madrastra -a la que llama directamente como ‘mamá’-, un personaje de muy complejos rasgos.
Muy temprano en esta historia, Beth se inserta en la escena profesional de este juego de fines de los cincuenta y toda la década de los sesenta, y se convierte en una niña prodigio que deslumbra a todos. Con su inteligencia, pero sobre todo con su intuición, llega casi invicta a las “grandes ligas”, compite con los capos de Estados Unidos recorriendo torneos en casi todo ese país, y luego, como símbolo más contundente de la Guerra Fría, llega a disputarles y a ganarles a los maestros rusos de este juego. Un recorrido deportivo y vital signado por caídas, superaciones heroicas -como la que se ve en las escenas del último capítulo-, y las obsesiones que se vuelven estructurantes de su personalidad.
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Con estos elementos, que en estas líneas están expuestos de forma muy sumaria, no extraño que Beth se transforme en una heroína trágica, que nos dispara ese borde de la imaginación en el que podemos proyectar y darle cuerpo, huesos y nervios a los deseos. Tampoco es extraño que Anya, la actriz, despierte una fascinación similar. ¿Quién es? ¿Juega también ajedrez? ¿Es argentina, es estadounidense? ¿Cómo inició su carrera?
Sus rasgos físicos calzan a la perfección con el personaje, con los ambientes tan bien recreados con la notable realización de vestuario, escenografías y con la fotografía de la miniserie. Ella es Beth Harmon. Beth es Anya. Ambas son figuras que funcionan como piezas ideales en los altares del culto al genio: esas figuras excepcionales que nos dejan a la altura de un felpudo. Por esta doble condición -es Beth, es Anya- damos rienda suelta a la fascinación y saturamos las búsquedas en Google con su(s) nombre(s), con las reglas del juego, con las historias de los ajedrecistas más condecorados, con las afiliaciones a clubes y sociedades de ajedrez, con la compra de la novela de homónima de Walter Tevis en la que se basó la miniserie.
¿Cómo es posible que esto ocurra? ¿Qué razones semióticas y antropológicas explican el fenómeno? Es un misterio, y aquí hay que decepcionarse: así debería quedar.
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Lo que sí puede verse con otros ojos es cómo la industria potenció las cualidades que tiene la realización de Scott Frank y Allan Scott no solo para saciar el apetito por el lucro. También para levantar una suerte de “anomalía” en una escena todavía signada por las narrativas heterosexuales, machistas, patriarcales, moralizantes. La historia de Beth, su tragedia, tiene todo para funcionar como “vieron, no somos tan machistas”. Pero esto no necesariamente implica que la miniserie sea feminista o algo parecido. Tal vez sea otra jugada a reducir el problema a lo excepcional, al culto al genio, y que lo femenino tenga que, otra vez, reducirse (o disciplinarse) al modelo de lo masculino dominante.
Sea como sea, el misterio Beth-Anya le funciona a la industria. No solo con la fascinación narrativa, sino también con la provocación del morbo: querer saber la intimidad de la protagonista, cómo llegó a Buenos Aires, cómo se fue, si es fan del pan de provolone o de los churros con dulce de leche, o si aprendió inglés leyendo la saga de Harry Potter, si el padre le ganó a Daniel Scioli en una competencia de lanchas. Se pueden seguir anotando cosas, pero la web está plagada de artículos sobre este asunto.
Tanto Beth-Anya como Gambito de dama son muy buenos ejemplos de cómo el crecimiento de la narrativa audiovisual en el campo de las teleseries no solo ha empatado con las del cine, sino que en casos como este las ha superado hasta erigirse en símbolos estructurales y estructurantes de la sensibilidad contemporánea. Ellas definen los modos de ver el mundo y de vernos a nosotros mismos. Todo un desafío para estimular al pensamiento crítico.