El tema no termina aquí ni mucho menos. A medida que fui acumulando experiencia de vida, por aquello de que miramos vivir tanto como nos miran a nosotros, advertí que existían algunos otros ofendidos. Gente que, por el mero hecho de haber escrito sobre tal o cual personaje, se creía propietario de este. Algo así como si hubiera obtenido una patente, o celebrado un contrato de compraventa de persona, cesión o comodato de memoria. Ignoro cuál será la figura jurídica aplicable al caso, aunque mucho me regocijaría hallarla.
Están, por otro lado, los que se han ofendido conmigo porque, al ocuparme de la novela histórica, me he asomado al universo de muchos hombres y mujeres de nuestro pasado que luego pasaron a ser -por desgracia para la nación en su conjunto- símbolos de tal o cual facción política. Es verdad que estos ofendidos son excepcionales. En general, por mucho que alguien se apasione con tal o cual bandería, suele celebrar el hecho de que un escritor se ocupe de ciertos nombres que han pasado a engrosar el caudal de nuestra identidad nacional. Pero bien se dice que las excepciones confirman la regla.
Hace poco, en un departamento del interior del país, cierta persona me negó ostentosamente el saludo, durante un acto oficial y en presencia de otra gente. El caso revestía cierta seriedad ya que la persona negadora se hallaba, en dicha circunstancia, investida de los deberes inherentes a su cargo. Ostentaba, en efecto, una investidura oficial en el momento en que observó su conducta omisa, y en lo que a mí respecta, yo era nada más y nada menos que su escritora invitada. Pero así y todo, pudo más algún genio malévolo de los que andan surcando los aires, y al verme, al encontrarse conmigo en un pasillo de la institución a la que me había invitado, y en la que yo procedería a la presentación de mi obra… me miró, se dio media vuelta y me negó el saludo. Yo no pude menos que sonreír, al menos para ahorrarle el mal trago al resto de la gente que, atónita, presenció la escena. Al fin y al cabo, pensé, ellos tendrán que continuar conviviendo con esta persona, y yo no, de manera que nada cuesta un gesto de calma y de generosidad enarbolado a tiempo.
Ustedes, mis amables lectores, bien saben que no suelo sacar trapitos personales al sol. Pero ya que de excepciones se trata, en este caso decidí hacer una, y decir el pecado y no el pecador, por aquello de que al menos una vez en la vida hay que ocuparse de la ropa sucia, de las malas ideas, de las peores tentaciones y de esos deseos subterráneos, tan deplorables como abundantes, de que el prójimo reviente de una buena vez.
Nadie es dueño de nadie, y si vamos al caso, nadie es dueño de nada. Y como bien dice mi hija, profesora de historia y talentosa y joven investigadora, ¿qué otra cosa puede pedir el historiador, el lector de a pie, el curioso amante del pasado, sino la mayor riqueza posible en materia de libros, de pensamientos, de ideas y de miradas múltiples? Yo, que escribo novela histórica, poseo mi acento intransferible, que reside en la ficción. Pero poseo también mi intransferible interpretación de los hechos históricos, tal como sucede con nuestro entrañable Tomás de Mattos, creador de la mítica novela Bernabé, Bernabé; o con la escritora argentina María Rosa Lojo, que tanto se ha ocupado de la figura de Manuela Rosas, o con Napoleón Baccino Ponce de León, que nos brindó su espléndida novela Maluco.
Dice el pensador francés Paul Ricoeur que no hay ningún filósofo que necesite justificar su interés por el tiempo. Yo me permito agregar que no hay tampoco ningún escritor que necesite hacerlo, y menos que deba pedir permiso ni a los vivos ni a los muertos.
El tiempo es una cabeza de hidra, o sea un problema omnipresente, incluidos los seres humanos que han hecho del tiempo su objeto de análisis y por qué no, de angustia. Por otra parte, ¡somos tan finitos, tan perecederos! Me parece que no vale la pena malgastar ni un átomo de nuestra vida en asuntos de mezquindad para con el prójimo. Hay que pensar, reunir, juntar y convocar. Hay que separar también, pero no a la gente sino a los problemas, para poder acometerlos. Ya decía el griego Anaximandro que el tiempo tanto construye como destruye. Lo que el tiempo da, el tiempo lo quita. El tiempo es, como buena cabeza de hidra, la intuición de todas las cosas y de todas las experiencias.
Necesito pensar para vivir. Necesito mirar, reflexionar, interrogar e interrogarme. Por eso, para ir hacia la historia con la mirada más humana que pueda concebir, elegí la literatura. La idea de limitar el tiempo como un objeto de investigación disciplinario me parece muy poco plausible. Hacerlo con un ser humano me suena imposible, por lo menos a efectos de rescatar la respiración, los sueños, los deseos, el miedo y la esperanza de esas personas idas, a quienes sin embargo hemos elegido de algún modo para que pasen a integrar nuestra identidad cultural, social, política.
Nada puede ser más libre que la creación y el pensamiento. Nada puede enriquecernos más. Vivamos y dejemos vivir, seamos menos mezquinos y más generosos. Es gratis, y es más racional y sensato que la pulsión del odio o del resentimiento. Es, al fin de cuentas, lo poco o lo mucho que nos puede salvar.