Rodeada por naciones títeres (Colombia y Brasil) y bases militares enemigas frente a sus narices, la situación de Maduro es peor que la del chileno, quien terminó suicidándose en el Palacio de la Moneda. Si no se ha producido la invasión es porque Vladimir Putin se ha puesto en el medio y con él, si me permiten la expresión, no joden. Aun así, ya perdimos la cuenta de los intentos por asesinar a Hugo Chávez y Nicolás Maduro, como también se ha perdido la cuenta de los centenares de millones de dólares desperdiciados por Donald Trump con la oposición cuya cara visible actual (antes eran las de Henrique Capriles y Leopoldo López) es Juan Guaidó. Este último está perdiendo el apoyo de la misma derecha tras haberse dado la gran vida, junto a su círculo más cercano, con la fortuna que colocaron en sus manos, dejando en las calles de Colombia y abandonados a su suerte a los militares que creyeron en sus promesas de apoyo económico y desertaron a las fuerzas bolivarianas.
¡Claro que hay una crisis humanitaria en Venezuela! Incluso las grandes potencias han “incautado” (léase “rapiñado”) varios millones de dólares que el país tenía en cuentas del extranjero para comprar medicinas; pero los medios de desinformación cumplen con su parte del plan al repetir una y otra vez que la culpa es del “régimen”, mientras las calificadoras de riesgos colocan la cereza sobre la torta. Sin importar que el país castigado cumpliera con los pagos de su deuda externa, se le adjudican puntajes solo comparables con los de Siria, que está en plena guerra.
Venezuela no tiene acceso a los mercados financieros ni puede renovar vencimientos. Muy diferente fue la actitud con la Argentina de Macri, súbdito leal al cual premiaron con préstamos adjudicados de manera absolutamente irresponsable.
El informe que citamos agrega: “Si se suma el valor promedio anual de divisas que ya no entraron, producto del bloqueo (19.200 millones), más lo que el país tuvo que pagar promedio cada año correspondiente a la deuda externa (3.300 millones), se puede concluir que la economía y la sociedad sufrieron una asfixia internacional de 22.500 millones de dólares anuales, producto de una estrategia deliberada internacional de aislamiento financiero. Evidentemente esta presión financiera se intensificó desde 2015 con la caída del precio del crudo”.
Al bloqueo financiero y comercial (se sanciona a las empresas que negocian con Venezuela) hay que sumarles los sabotajes a las empresas públicas y una constante agitación política y social ejecutada por la derecha opositora bajo las directivas de Estados Unidos y la complicidad de la Unión Europea. Lo de las directivas no es una opinión personal que arriesgamos, sino que ha sido confesado una y otra vez en el propio Senado de la potencia más grande y abusiva de toda la historia de la humanidad.
Al afectarse los servicios públicos (incluso el de la salud), Donald Trump busca que el pueblo se rinda y abandone al gobierno a su suerte, no comprendiendo ni él ni sus secuaces cómo aún esta estrategia no ha dado resultado. Quizá la respuesta sea que la mayoría de los venezolanos tiene claro quiénes son los verdaderos enemigos. Pasan las décadas y ni los estadounidenses ni sus periodistas afines parecen haber aprendido algo de lo que ya falló con Cuba. No les entra en la cabeza que un pueblo se mantenga de pie mientras la economía se derrumba.
Venezuela y Cuba tienen conciencia revolucionaria y todo rebelde sabe que no inclinar la cabeza ni doblar las rodillas ante el imperio tiene sus consecuencias; pero entre la dignidad y la comodidad, han elegido lo primero. Que Lacalle II no les invite a la cumbre de genuflexos no implica una ofensa, sino un motivo de orgullo que compartirán con Nicaragua. Mientras el nuevo presidente uruguayo critica a estos países por su supuesta falta de democracia, está eligiendo las carnes con las que agasajará en su propia casa a un rey.
Por supuesto que, ante esta agresión multilateral, política, económica, financiera, mediática y militar no convencional contra Venezuela, es lógico que muchos ciudadanos opten por irse con sus familias de su patria. Es indiscutible que el pueblo sufre; pero creer o reventar; ahí sigue, de pie y con la frente en alto, por más que le indigne a Donald Trump.
Por más que le indigne al diario de la dictadura uruguaya y a sus cortesanos.