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Columna destacada | obsecuencia

Los problemas de la obsecuencia

La derecha necesita obsecuentes que no cuestionen y defiendan el statu quo por acción u omisión.

Basta escuchar a quienes pontifican con ser apolíticos, confundiendo no integrar ningún partido con la pretensión de ser neutrales ante el poder de turno, aceptando pasivamente la realidad. La izquierda, por el contrario, necesita como el aire promover personas con capacidad analítica y crítica, además de autocrítica, porque toda realidad exige ser transformada, incluso las creadas por su propio triunfo.

La necesaria disciplina organizativa no depende de quienes dicen sí a todo y se postran ante quienes les ordenan y mandan, idolatrando líderes. Eso es de derecha siempre y termina empobreciendo el fermento imprescindible de cualquier ideología y de cualquier organización.

Quienes son obsecuentes jamás aportan algo relevante, más bien propagan la adulación. A menudo, se dedican a ejercer la repetición capaz de matar o reducir principios fundamentales, ideas profundas y acciones ejemplares. Porque lo que se debe aprender como ejemplo no es para copiarlo, porque todo traslado mecanicista es ineficaz ante realidades cambiantes. Por ello, es necesario desarrollar la capacidad de matrizar un método que, además, exige innovación antes que recetas de manual o dogmas asumidos con pensamiento religioso.

También existe y se propaga cierta obsecuencia, no por la gracia de ser serviles sino por un genuino intento de defender la acción del gobierno que se votó o por el cual se militó para su triunfo, se participe activamente en su orgánica o no. Está bien defender lo que se cree y proteger a nuestro gobierno, sobre todo teniendo en cuenta la realidad compleja de la coyuntura política nacional, la dificultad de la región o la situación internacional con hechos nefastos y tendencias ideológicas opuestas a cualquier política de izquierda. Vaya si sigue siendo imprescindible hacer un análisis concreto de la situación concreta.

El posibilismo de siempre

El problema se complica cuando se impone una actitud de justificación y cualquier dificultad se concibe como un impedimento o directamente como un freno. Mucho más cuando tales posturas responden a lo que algunos creen y se justifica con que solo es eso lo que se puede hacer, dicho con esa pedantería tecnócrata tan al uso del poder. No falta en este tipo de actitudes el recurso retórico de que la política es el arte de lo posible, una verdad gigante reducida a una perogrullada que le succiona toda vida para presentarla como una profecía autocumplida.

No olvidemos que el posibilismo consiste en desestimar, catalogando a priori como imposibles, todas las otras posibilidades hasta que solo queda una. Entonces, los posibilistas de siempre afirman que lamentablemente es la única. Y, como si fuera poco, pretenden hacer creer que estaban en lo cierto. Y, de paso, que la única posibilidad que queda es que se los felicite por su acierto como visionarios hacedores del cambio mientras reciben la felicitación, y el aval, de los poderosos que siempre quieren que nada cambie... y esos sí que hacen todo lo posible.

Porque cuando no se hace política desde unos, se termina haciendo política por y para otros. Dicho esto en un sentido situacional respecto de qué intereses sociales se expresan, qué políticas concretas se implementan y a quiénes benefician. No actuar a tientas y sin ideas, enredados en un pragmatismo de ocasión, ni tampoco volviendo la teoría un maremagnum abstracto, implica transformar una realidad dada en favor de la mayoría. Todo avance, incluso aunque sea un mero acto de resistir acciones y reacciones de intereses minoritarios en contra, tiene valor. Incluso cada milímetro alcanzado si va en la dirección buscada.

Pero también nadie puede negar que los tiempos y los ritmos importan. Y en eso se vuelve casi un imperativo ético y categórico el que no sea una élite dirigente la que determine los cambios solo a su saber y entender, por más lúcido que parezca o realmente sea, sino tomando en cuenta a quienes necesitan beneficiarse de esos cambios. Por algo ahora se reconoce la necesidad de acelerar.

La derecha partidaria, como genuina representante de los sectores conservadores, y también de los más reaccionarios, aprendió desde tiempos inmemoriales a ejercer el aspaviento y la pantomima ante cualquier mínimo cambio que afecte sus ganancias e intereses ideológicos. Sobre todo, conociendo y lubricando su poder de repercusión mediática en la sociedad gracias a las empresas de comunicación de masas alineadas, ya declaren su afinidad partidaria y, a veces mucho más, cuando posan con una objetividad imposible, una neutralidad enclenque o una equidistancia de tiro corto.

Si ante esta derecha desbocada termina primando el miedo a no espantar, lo que se impone, decidido en mesas chicas entre cuatro paredes e impuesto por tres o cuatro, es un decir que no dice casi nada y termina confundiendo cuando más hay que ser claros y contundentes.

Juan Gelman decía que la poesía no se hace solo con palabras, pero el problema es que también se hace con palabras. La realidad no se cambia solo con palabras, pero el lenguaje es parte del cambio de la realidad.

Expresar posiciones de izquierda no tiene nada que ver con posar de muy radicales ni con quién grita más. Tampoco con la acción basada en el protagonismo de alguno o de un grupo. Por el contrario, ser de izquierda y tener una práctica consecuente tiene que ver con analizar con la mayor capacidad teórica posible en favor de una praxis colectiva, antes que individual. Dicho esto, más allá de todo lo que pueden y deben aportar protagonistas necesarios, a condición de que no pretendan ejercer ese culto personal que ya sabemos cómo termina. Con la salvedad, por cierto, de que a veces hay cultos a la personalidad, no ya de seres de fuerte personalismo, como sería esperable, sino de personas sin mucho carisma. No hay que olvidar que esos procesos de obsecuencia, defensa grupal o idolatría nunca son solo un fenómeno impuesto de arriba a abajo, sino que se retroalimentan en un proceso dinámico, complejo y contradictorio.

A menudo, a una masa obediente la repliegan intermediarios aunque hablen mucho de participación popular. Así, terminan imponiéndose en un proceso de autojerarquización en una organización sometida a moverse, o dejar de hacerlo, en realidades distintas a las de su origen y trayectoria. Le pasó y pasará a muchas organizaciones, tanto de partidos como movimientos. Incluso a la iglesia, aquella palabra que el griego tomó del arameo y significaba "asamblea" pero terminó jerarquizando a los mediadores entre la divinidad y sus fieles, en detrimento de sus orígenes y utopías.

Cualquier cambio, ya sea producto de un sólido proceso revolucionario o sea apenas un intento de implementar simples modificaciones, suele generar posturas de defensa acérrima en su lucha contra los poderes fácticos del sistema.

Está muy bien comprometerse y ser capaces de valorar lo hecho midiendo los riesgos de cada paso. Pero lo que no deja de ser curioso es que quienes tanto se proclamaban como heterodoxos, incluso anárquicos, hoy sean defensores a ultranza de imposiciones dogmáticas con gesto ritual e interés sectorial, por más aporte electoral importante que hayan hecho.

No deja de llamar la atención que se imponga una suerte de ejercicio de la peor ortodoxia, esa que reniega del espíritu crítico en favor de una razón de gobierno, como antes otras élites impusieron la Razón de Estado mediante un absolutismo, que era de clase aunque se concentrara en un individuo.

Por una cabeza

La izquierda, en su lucha contra la disciplina implacable de la derecha en el poder, aprendió a valorar la actitud de pensar con cabeza propia. El problema está en aquellos que solo piensan con su cabeza. Toda dirigencia de izquierda, sea cual sea su función, debería rodearse de personas consecuentes antes que de obsecuentes posando de fieles, y debería tener cerca a quienes sean capaces de discutir y debatir ideas. Debería ser un ejercicio cotidiano vuelto método desterrando la adulonería fácil y cómoda porque siempre hay mucho por hacer y no todo cambio es una transformación.

La lógica necesidad de tener capacidad ejecutiva nunca debe ser un impedimento para promover la participación real, porque esta última no solo aporta el imprescindible debate, también es necesario entenderla como un proceso esencial para un partido o varios en la unidad de la diversidad. Y mucho más si se tiene el gobierno, porque los desafíos se acrecientan, incluso ante la necesidad de difundir los logros sin dormirse en ellos. Y eso no se hace haciendo la plancha, ni siendo timoratos a la hora de tomar posiciones o solo calculando el miedo a espantar. A menos que alguien crea que los frenteamplistas son un rebaño al que basta arrear cada cinco años paseando una bandera.

Cuando se dice que hay un problema de comunicación, lo más probable es que no sea un problema de comunicación, aunque toda comunicación sea un problema siempre a resolver. El problema es más político que de comunicación, a la vez que también se debe comprender que lo peor es que la comunicación se haga solo desde el Gobierno.

El partido político tiene un papel fundamental en saber comunicar a quienes lo integran porque esas personas serán claves si hay inserción en la sociedad. Y a la vez, también al intentar comunicar bien a quienes no nos votan.

Pero no hay militantes ni votantes que se entusiasmen si lo que prima es la obsecuencia o el relato fácil de defensa cerrada sin capacidad crítica. Una fuerza política de izquierda no solo está para enumerar la larga lista de cambios ejecutados, mucho menos como logros personales de fulano o mengano, sino también para promover a partir de lo hecho, el hacer más y mejor e impulsar avances más profundos.

Nadie pide saltos de siete leguas (vaya si se tuvo que aprender del aventurerismo y los planes voluntaristas) ni se exige un asambleísmo permanente, excusa usual de burócratas de turno y dirigentes en las nubes. Lo que surge no es la típica impaciencia de quienes pretenden hacer una revolución en cinco minutos o posar de iluminados sino, más bien, la ardiente paciencia de fermentar la creatividad, la innovación y la audacia en vez de tanto bálsamo tibio o el “no hagan olas”.

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