A los mercaderes del arte no les importó nunca si Van Gogh se moría de hambre o no, y tampoco si sus cuadros eran realmente buenos. De todos modos, eso de la calidad de una obra sigue siendo un asunto sujeto a interpretación, al menos dentro de ciertos límites. A los mercaderes del arte, que son en sí mismos artistas en lo que hace a valorizar una obra, sólo les importa lo que indica la aguja de la brújula. Si esta señala el alza de un creador -en términos monetarios, claro está- pues hacia ahí se dirigen. Banksy, que conoce perfectamente esos entretelones, pudo haber tomado la decisión de manipular dichas circunstancias y de paso divertirse un rato, por más que después del incidente de Niña con un globo se hayan vendido sin ningún sobresalto varias obras más de su autoría, para alivio o para desilusión de la gente.
Banksy es un artista callejero, pero también ha pintado carteles como el que comenzó a destruirse desde adentro de su propio marco. Dejo entre paréntesis el asunto de si los graffitis son o no son arte, ya que me parece una discusión soberanamente inútil. Si se puede considerar arte a una tela pintada, a un cartón o a una madera, y si se pudo considerar arte a muchísimos murales de todos los tiempos, no veo por qué deberíamos perder el tiempo discutiendo el caso de la pared de un metro, de un edificio público, de un banco de plaza o de un buzón. Mejor sería preguntarnos qué cosa es el arte en sí mismo, con independencia de su soporte. En todo caso, lo que caracteriza a los graffitis es su intención provocadora, pero aún la provocación constituye desde muy antiguo una de las principales expresiones del arte.
El arte no sirve para nada, en términos utilitarios, y sin embargo sigue siendo irreemplazable e indispensable, porque funciona en nuestras vidas de mil maneras diferentes. Los graffitis de Banksy constituyen algo más que figuras. Son la expresión del drama de la vida y del vacío existencial en que el ser humano está sumido, en una sociedad que para algunos filósofos, como el coreano Byun Chul Han, está marcada por el “cansancio”, en tanto que para el polaco Zygmunt Bauman se trata de un estado líquido que adopta formas cambiantes, angustiantes, imposibles de predecir.
La provocación y la denuncia, como dos caras de una misma moneda, operan en el arte de Banksy como una vía de escape, a través de la cual se puede manifestar otra cosa. Puede manifestarse, por ejemplo, la perplejidad del transeúnte a quien Banksy enfrenta consigo mismo, con su propia indiferencia, con su egoísmo y con su miedo.
El transeúnte intentará evitar el mensaje, pero en determinado momento, cuando se siente en una plaza a comerse un sándwich, el mensaje lo interpelará, lo enfrentará, lo estimulará a hacerse preguntas más profundas. Ya no valdrá la excusa cotidiana de que el arte es inútil, que hace perder el tiempo, que es incomprensible. Y mucho más el arte callejero que, como todos saben, jamás logrará la perfección y la belleza de las obras maestras que están en los museos. Pero, ¿quién dijo que el arte deba reducirse a la belleza, o peor aún, a ciertos criterios de belleza? Puede llegar un día en que ese transeúnte descubra que lo de Banksy también es arte; también es un instrumento universal que actúa en la vida humana y sirve -al fin sirve- para protegerse y para liberarse al mismo tiempo. Para protegerse mediante la reflexión que promueve la denuncia; para liberarse por eso mismo, porque se ha reflexionado. Es una cosa contradictoria en apariencia: lo que un solo individuo crea puede transformarse en el emblema de todo un colectivo.
Así sucede con la música, el cine, las letras, la danza y las artes plásticas. El ladrón de bicicletas, Ana Karenina, el ballet del Bolshoi, la Venus de Milo, el Guernica y un largo etcétera. El arte contribuye, si bien se mira, a la supervivencia y al desarrollo de la cultura humana, es nuestro cable a tierra y nuestro globo aerostático, una prueba de voluntad y de participación, de persistencia y de compromiso con la vida. Claro que para más de un espectador, los graffitis en general pueden simbolizar nada más que vandalismo y mugre. Nadie les pidió a los graffiteros que salieran a ensuciar paredes, se dirá más de uno, y si al Estado se le ocurre “limpiarlas”, habrá gastado un montón de dinero inútilmente, puesto que casi seguramente volverán a ser pintadas. Sin embargo, para otras personas la denuncia y la provocación del arte callejero, sobre todo si logra expresarse mediante imágenes tan poderosas y tan simples como las de Banksy, puede inducir un sentimiento de superación de la tragedia.
Si se puede ironizar a la tragedia, mostrar su cara explícita, desnudar las malas intenciones, evidenciar por medio de una escena sencilla el abuso del poder, la mezquindad, la hipocresía y la violencia, entonces la tragedia se trasciende, aunque sea en alguna medida. Toda creación que alcance estos conceptos y objetivos debería ser catalogada como una obra de arte, en mi modesto parecer, porque descubre y eleva la experiencia vital, echa luz sobre sentimientos y emociones, revela nuestras posibilidades y nos da por lo menos el consuelo de haber visto, haber sabido, haber comprendido.