Bolsonaro tenía la posibilidad de hacer un discurso que disminuyera los roces con la comunidad internacional, pero eligió el camino opuesto. Siguió rigurosamente los planteamientos de su canciller, Ernesto Araújo, adepto fervoroso de la guerra contra el marxismo cultural, que supuestamente controlaría el mundo, a través del multilateralismo.
El presidente brasileño sabía que los temas de la pandemia y del medio ambiente serían inevitables, y optó por reiterar lo que ya había manifestado en los últimos días, es decir, que Brasil sería un ejemplo en los cuidados del medio ambiente, al igual que en el combate a la pandemia. Todo lo contrario al consenso internacional sobre el gobierno brasileño.
Respecto al medio ambiente, el escenario de fondo del discurso de Bolsonaro son los incendios en la Amazonia y en el Pantanal, que ya han destruido, de forma irreversible, una parte considerable de esos territorios. Respecto a la pandemia, Brasil se mantiene como uno de los países con mayor cantidad de víctimas en el mundo.
Bolsonaro ha escogido la vía de reafirmar su negacionismo, tanto del calentamiento global como de la gravedad de la pandemia. Fue un discurso más para su público interno, sus fanáticos (partidarios de esas posiciones), que para la comunidad internacional, para la cual sus palabras solo confirman la imagen negativa que tienen de él.