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Columna destacada

Chávez y la caída de los cortesanos

Por Enrique Ortega Salinas.

Los enemigos de Hugo Chávez van cayendo, uno a uno, porque con el tiempo a las caretas se les aflojan los piolines. Los protegidos por el suprapoder, los políticamente correctos, los encubiertos por las grandes cadenas internacionales de desinformación, no aguantaron el implacable paso del tiempo ni saldrán indemnes del insobornable veredicto de la historia.

El comandante cometió el gran pecado de sacar a millones de venezolanos de la miseria y denunciar ante el mundo, sin pelos en la lengua, al mayor imperio de la historia universal. La oligarquía venezolana y sus amos del norte vieron con horror cómo jóvenes provenientes de los estratos más humildes llegaban a la universidad, cómo la salud llegaba a aquellos barrios que adecos y copeyanos siempre usaron para sus campañas electorales y luego abandonaban descaradamente, cómo en el reparto de los recursos del Estado se priorizaba a los más débiles y los mafiosos multimillonarios ya no podían acceder al botín mediante licitaciones amañadas -como las practicadas por Henrique Capriles en su feudo-, ni cómo aquel presidente, nacido en la entrañas del pueblo, trataba de delincuentes a los gurús del Fondo Monetario Internacional. Nadie que obrara así contra las familias más poderosas del orbe podría quedar impune. George W. Bush hizo lo imposible por derrocarlo y usó una y otra vez a su títere colombiano, Álvaro Uribe, incluso con incursiones armadas a Venezuela para asesinarlo; pero fue el cáncer, y no ellos, quien truncó su vida, y se fue invicto, y se fue amado, y se fue sin manchas. Sus peores adversarios no se fueron o se irán de igual manera; los espera el lodo en las porquerizas de la historia.

 

El rey

Si Chávez pudiera hablar desde el más allá, no se quedaría con las ganas de preguntarle al prófugo Juan Carlos: “Oye, chico, ¿cómo es que te vas de España dejando sola a tu mujer? ¿Acaso huyes de la Justicia?”. “¡¿Por qué no te callas?!”, respondería quizá el zángano más conocido de las últimas décadas.

La reina emérita Sofía, de origen griego, se queda en el Palacio de la Zarzuela, en Madrid, en su país adoptivo, y nada quiere saber de irse con él. “Que lo acompañe su amante”, pensará. El resto, historia conocida: entre quién sabe qué otros negociados, el rey emérito habría recibido coimas de parte de Arabia Saudita, buena parte de las cuales cayeron en manos de su pareja extramatrimonial. Ante el escándalo y el avance de las investigaciones judiciales, ha optado, cobardemente, por irse de España, y al momento de escribir esta nota se desconoce su paradero. Indigno, cobarde, microbiano, pero los carneros monárquicos siguen creyendo que su dios elige a estas familias para regir sus destinos. Ya no es aquel que, rifle en mano, posaba triunfante al lado de un elefante que había liquidado a balazos para mostrar su hombría.

Cuando en 2014 abdicó en favor de su hijo, perdió la inmunidad, por lo que la Justicia comenzó a investigar sus delitos. Tras la muerte del asesino Francisco Franco en 1975, Juan Carlos se mantuvo en el trono por 38 años, tres más que el dictador Alfredo Stroessner en Paraguay. En 2018 se pudrió todo, cuando la empresaria alemana Corinna Larsen, su examante, confesó que el rey le había realizado millonarias transferencias. De su testimonio se desprende que Juan Carlos recibió sobornos tras lograr que empresas constructoras españolas fueran elegidas para la construcción de la línea del tren de alta velocidad entre La Meca y Medina, en Arabia Saudita. 6,5 millones de euros depositados en las Bahamas; pavada de gentileza con una amante. Según la prensa suiza, el exmonarca también recibió, en marzo de este año, 100 millones de su par saudita Abdullah mediante una fundación en Panamá y por medio del Swiss Bank. El actual rey Felipe también es beneficiario de esa fundación; pero a él no se le puede investigar y, por otra parte, justo es decir que no solo renunció a su herencia, sino que también le retiró a su padre la asignación anual de 200.000 euros.

El carisma y la juventud de Felipe VI lo ubican más allá del bien y del mal; pero sigue siendo quien lidera a la familia de zánganos españoles, por más que los cuentos infantiles nos sigan pintando a príncipes y reyes en el más alto nivel de la especie humana. El pueblo continúa así, entre las canallescas corridas de toros, la estupidez suicida de las encerronas en San Fermín y el cholulismo infame de las revistas que les cuentan cómo viven sus amos.

¿Cuándo tendrá España la decencia, la integridad y el coraje de sacarse de encima a esa afrenta contra la inteligencia y dignidad de los pueblos denominada monarquía?

 

El vasallo

Álvaro Uribe Vélez, 68 años, el hombre más poderoso de Colombia y acérrimo enemigo de Hugo Chávez Frías cuando ambos eran presidentes; la Corte Suprema de Justicia ha dispuesto su arresto domiciliario mientras continúa el proceso en su contra por manipulación de testigos, soborno y fraude procesal, lo que podría desembocar en ocho años de prisión. Decenas de sus aliados están también cercados por la ley.

Uribe es el progenitor de los temibles grupos paramilitares cuyo sello distintivo es el de cortar a sus víctimas con motosierras, así como también es el jefe del partido de gobierno (Centro Democrático) y amo y señor del actual presidente Iván Duque, quien no debería desaprovechar la oportunidad de lavarse las manos y sacárselo de encima. Su predecesor, Juan Manuel Santos, que fuera ministro de Defensa de Uribe, le rindió pleitesía hasta llegar a la presidencia de Colombia; pero, ya en la cima, se atrevió a enfrentarlo e independizarse. Sin embargo y hasta hoy, y pese a la baja de su popularidad (de 86 puntos en 2008 a 34 en 2019, según Gallup), el antioqueño sigue siendo el personaje más influyente entre los colombianos.

Todo comenzó en 2012, cuando presentó una denuncia contra el senador izquierdista Iván Cepeda Castro, del Polo Democrático, acusándolo de armar un complot en su contra usando testigos falsos; pero el tiro le salió por la culata cuando la Justicia no solo descubrió que Cepeda tenía razón, sino que Uribe merecía ser enjuiciado por ser él quien como senador manipuló testigos.

No es fácil para los magistrados animarse contra aquel que fuera presidente de 2002 a 2006 y de 2006 a 2010, y senador desde 2014. En realidad, más allá de los hechos que motivaron su actual reclusión, Uribe es investigado por decenas de otros delitos, la mayoría por violación de derechos humanos. Tras su presidencia se descubrieron fosas comunes con miles de cadáveres. Junto con su hermano Santiago, creó el Grupo Metro, rama de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Santiago (actualmente arrestado y enjuiciado) también creó el grupo paramilitar “Los Doce Apóstoles”.

Los “paracos” no solo exterminaban de la manera más sádica a subversivos de las FARC o el ELN, sino también a civiles que se atrevían a cuestionar el poder del entonces presidente Álvaro Uribe. Aún hoy, en la Colombia de Duque, un líder social o sindical es asesinado cada cuatro días. Si esto ocurriera en la vecina Venezuela, ya la habrían invadido entre varias potencias; pero se trata de un “país amigo” que presta su territorio para el establecimiento de bases militares estadounidenses.

Me da pena Colombia, donde tengo tantos afectos y algún amor víctima de la distancia y el tiempo; pero es un país hermoso en manos de cadenas noticiosas manipuladoras e iglesias mal llamadas cristianas que cumplen fielmente con las tareas enviadas desde el norte. Los colombianos viven en una burbuja informativa y están a merced de quienes deciden lo que deben saber y lo que deben ignorar. Qué tristeza da ver cómo los dueños del mundo han logrado convertir a colombianos y venezolanos en enemigos.

En cuanto al proceso contra el expresidente, uno de sus abogados terminó confesando que había entregado dinero a varios presos como ayuda humanitaria, pero estos dijeron que fue a cambio de beneficiar al encausado. Contra Uribe hay 60 investigaciones abiertas por homicidio, violación de los derechos humanos, compra de votos, soborno a testigos y fraude procesal.

Bajo su presidencia se perpetraron los denominados “falsos positivos”, ejecuciones extrajudiciales que se hacían pasar como “muertos en combate”. Unas 10.000 personas fueron asesinadas bajo el liderazgo de Uribe y 800 militares colombianos han sido condenados por estos crímenes.

En el extremo de la indignidad, el más cipayo entre los cipayos latinoamericanos envió un mensaje a su pueblo en Twitter: “Vengo a pedir humildemente que me defiendan y cuando digan ‘es que Uribe cometió tal error’, digan: perdónenlo, que quiere mucho al país”.

 

Los bufones

La Casa Blanca propuso hace unos meses un plan electoral para Venezuela por el cual ni Maduro ni Guaidó podrían presentarse como candidatos. El autoproclamado presidente es acusado de quedarse con buena parte del dinero que le entregaron para derrocar al presidente constitucional; pero Estados Unidos no puede decirlo públicamente. Algunas de estas acusaciones provienen de militares desertores que al llegar a Colombia terminaron en la calle pasando hambre en total desamparo, mientras Guaidó y su camarilla disfrutan de aviones en primera clase, hoteles cinco estrellas y restaurantes de lujo. Henrique Capriles (excandidato presidencial derrotado por Chávez) fue descubierto tras negociar jugosos contratos con empresas extranjeras en secreto, mientras que el belicoso Leopoldo López demostró que no estaba a la altura de sus adversarios. El problema de Estados Unidos es que no encuentra en filas de la oposición venezolana a ningún candidato honesto, inteligente y carismático que pueda unir a la misma y presentarse a las elecciones con posibilidades ciertas de ganar.

A nivel internacional, mandaderos como Mauricio Macri o Mariano Rajoy han caído en el mayor descrédito; el primero por fundir a Argentina y el segundo por los casos de corrupción del Partido Popular.

Nadie recuerda con un mínimo de afecto o respeto a su predecesor y compañero de partido, el antichavista José María Aznar, ni al estadounidense George W. Bush.

Sobre Alan García, el comandante llegó a decir: “Dios libre a Perú de un bandido como este como presidente; Dios libre a nuestro hermano pueblo peruano de un truhán como este, de un corrupto de siete suelas como lo es Alan García”.

El 17 de abril de 2019, el expresidente peruano se disparó en la cabeza cuando la Policía se aprestaba a arrestarlo tras ser acusado de haber participado en la trama de corrupción de la empresa Odebrecht.

Ninguno de sus enemigos ha enfrentado su ocaso con el coraje y la grandeza de Hugo Chávez. Él se enfrentó a un tumor maligno; ellos contra sus propias acciones. El tiempo va poniendo las cosas en su lugar.

Cuánta razón tenía aquel humilde taxista de Caracas cuando al preguntarle por el comandante, me dijo: “A hombres así hay que cuidarlos; porque hombres así nacen cada 500 años”.

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