Las mismas posturas de los dos candidatos son reveladoras. Lula habla y es entrevistado como nuevo presidente de Brasil. Sus discursos diseñan programas y medidas concretas, los entrevistadores le hacen preguntas al próximo presidente del país. Bolsonaro se comporta como un perdedor. Ya sea en estados de ánimo depresivos, ya sea en la forma en que responde a las entrevistas, ya sea en sus propias declaraciones, en las que sus temas siguen siendo el cuestionamiento de los resultados electorales que sabe que serán negativos para él, en la pregunta de cómo se va a comportar ante el resultado electoral negativo, o cómo conducirá Lula el país, en su opinión.
Una secuencia interminable de encuestas y especialmente las más confiables, reitera el nivel de apoyo a Lula, así como los difíciles resultados para Bolsonaro. Tener un 50% de rechazo y un 35% de apoyo solo te condena a la derrota. Además, a Bolsonaro cada vez le queda menos tiempo.
Al mismo tiempo, Lula está ganando cada vez más apoyo, tanto de personas que aún no se habían definido, como Marina Silva, como de personas que hasta ahora tenían decidido votar por otros candidatos, pero se están dando cuenta de que su candidato no es viable y que la única forma de derrotar a Bolsonaro es Lula. El marco político está totalmente configurado a dos semanas de la primera vuelta. Los más reconocidos analistas de encuestas afirman que el resultado actual, que ya lleva muchos meses, no va a cambiar: siempre triunfó quien lidera las encuestas a un mes de las elecciones.
Bolsonaro gastó sus últimas cartas -la del 7 de setiembre fue la más sonada- y sus amenazas de no reconocer el resultado de las elecciones, copiando una vez más a su gurú Donald Trump, ya no son tomadas en serio.
En resumen: Lula aún no ganó, pero Bolsonaro ya perdió.