Aparece entonces un discurso nuevo en el mundo: se debe reconocer a dos Chinas. O sea, Taiwán, territorio que no reconoce el gobierno de la República Popular, puede ser reconocido como un país independiente. Algunos por ignorancia, otros por necesitar la amnesia histórica, se van sumando a ese criterio como el más “libre”. Uruguay hace ya muchos años que tiene una política exterior sin rumbo…
Hagamos un poco de memoria
El hoy llamado Estado de Taiwán es la provincia de Formosa de China. Después de la guerra, Mao Zedong encabeza una rebelión contra el gobierno, hasta entonces aliado, del Partido Nacionalista (Kuomintang). En 1949 debe abandonar la capital (entonces llamada Pekín) y comienza a retrotraerse hacia el sur, hasta que cruza el estrecho de Taiwán, que separa a la isla del continente. Allí se refugia y establece su gobierno.
Desde entonces (segunda mitad del siglo XX y el primer cuarto del siglo XXI), el mundo entero, sin excepción, incluidos los dos Gobiernos chinos, admiten una sola China. Algunos países reconocen (cada vez menos) a Taiwán y otros a China. Todos reconocieron siempre una sola China. Los comunistas en el continente y los nacionalistas en Taiwán. La primera, República Popular China, con 1.500 millones de habitantes y la segunda, República de China, con 23 millones…
No solo la comunidad internacional, ambos Gobiernos, Taipéi (capital de Taiwán) y Beijing (de la República Popular) descartaban el doble reconocimiento. China hay una sola, solo hay que ver qué autoridad era más representativa.
Así le pasó a Uruguay cuando pragmáticamente el primer Gobierno de Sanguinetti, en 1988, reconoció el Gobierno de Pekín (Beijing). Ya había conversaciones desde el 85, a mí mismo me tocó presidir la primera delegación. La decisión automáticamente implicó la ruptura de relaciones con el Gobierno de Taiwán que, en ese mismo acto, cerró su embajada, así como Uruguay la suya en Taiwán.
A nivel de organismos internacionales siempre funcionó así. Los cinco países ganadores de la II Guerra son miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU. En su condición de tal, hasta hoy, más de 75 años después, tienen derecho a veto. China siempre tuvo su asiento. Cuando lo ocupó el Gobierno de Chiang Kai-shek (nacionalista de Taiwán), el mismo ejercía el derecho a veto.
Un día, la real politique aterrizó en la ONU. Reconoció al Gobierno de Beijing y ese mismo día, el 25 de octubre de 1971, Taiwán se fue con el derecho a veto bajo el brazo. La China grande y de verdad llegó con el veto en su equipaje.
EEUU lo aceptó explícitamente. Podría, de lo contrario, haber vetado su ingreso. El 28 de febrero de 1972 el presidente Richard Nixon viajó a la República Popular China, rompiendo la tradición de obsecuencia con Taiwán. A mediados de los 70, el Gobierno de Jimmy Carter reconoció a China. Recuerdo estar y ver al embajador de Taiwán bajar la bandera de su ya ex-Embajada. Se producía un cambio histórico en su política internacional.
En el Mercosur solo Paraguay reconoce a Taiwán. En América solo Guatemala, Honduras y Belice. En el resto del mundo solo cuatro naciones insulares del sudeste asiático: Nauru, Palaos, Tuvalu y las Islas Marshall.
El tema parecía laudado para siempre. Pero en mayo del 2020 asume el poder en Taiwán, por primera vez, el partido independentista. Reivindica la secesión del territorio insular del Estado. Los chinos tienen en sus políticas de Estado, más aún la internacional, una paciencia de infinito largo plazo. Tolerancia sí, cesión no.
Llegó a un acuerdo, incluso con el Reino Unido, que ocupaba Hong Kong: dos regímenes, un solo Estado y se fueron los ingleses.
Desde que Taiwán declara su voluntad de escindirse y Beijing no lo acepta, EEUU y sus obsecuentes instalan un nuevo debate perimido hace casi un siglo, y abren las puertas para una nueva confrontación: dos Chinas y doble reconocimiento. No lo hace, pero lo plantea…
Antes de lograr la paz en Medio Oriente y entre Rusia y Ucrania, EEUU vuelve a plantear nuevos escenarios de confrontación… Mientras… China crece.