El ejemplo uruguayo reciente más contundente de que a esa esquizofrenia de sus dirigentes el pueblo no la acompaña, ocurrió durante la pandemia. La dirección del FA dijo, y sigue diciendo, que el gobierno estuvo bastante acertado en el combate a la covid, pero el pueblo castigó al gobierno con 800.000 firmas y descontándole guarismo en un plebiscito. El gran envión en las firmas coincidió exactamente en el tiempo con los 6.000 muertos con COVID, en dos meses, en el país más fácil del mundo para controlar una epidemia. Récord solo superado ahora, que hace dos meses está saliendo agua salada de las canillas del país con más agua dulce del mundo por habitante.
En aquella ocasión de 2021 Lacalle Pou dijo que preguntarse si nuestras muertes por covid eran evitables “es contrafáctico”. Y efectivamente fue un insuceso contrafáctico, o más precisamente afáctico, infáctico, porque evitarlas no se hizo, pero preguntárselo es científico. Lo mismo podría decirse de si Casupá era imprescindible. Tiene de contra, de recontrafáctico, que tampoco se hizo.
Se apropió así Lacalle Pou (y se puso al frente de la teoría, “no tomar una decisión es una decisión”) de uno de los conceptos que, con términos novedosos, se ponen de moda desde la intelectualidad genérica, permeando especialmente a la izquierda de los espectros políticos, en este caso con la palabra “contrafáctico”.
“Eso que planteás es contrafáctico”, te tiran ahora algunos compañeros si planteás cualquier condicional de una historia o si la conjugás políticamente en modo subjuntivo. Y es curioso, porque el antónimo que proponen no es “fáctico” sino “pragmático”.
Claro que nuestros planteos fueron, siguen siendo y quién sabe hasta cuándo, contrafácticos. La ciencia es dialécticamente contrafáctica. Porque los hechos no son. Los hechos van siendo en la medida en que el ser humano en su relación con la naturaleza los va haciendo. Y “los hechos son tozudos”, decía Lenin, pero Lacalle Pou lo desarrolló, “los no hechos son más tozudos aún”.
Alcanzaría con decir que “el imperialismo es un hecho”. Punto. Cerrá el orto. Liquidá el pensamiento dialéctico y empobrecé la praxis de la historia. Pero a Rosa se le antojó criticarlo, ¡qué falta de pragmatismo!, ¡qué mujer contrafáctica!
“Si adoptamos el modo cortesano, vamos a quedar de hecho con las manos atadas” es un condicional de un relato, porque los hechos se suceden en pleno desarrollo. Y aunque sea contrafáctico de la “estabilidad” de las cúpulas, es una verdad absoluta, concreta.
Y cuando Marx (insospechable de no ser comunista) no se cansó de escribir hasta la muerte, con todas las contextualizaciones y los giros e intensidades que necesitó, incluso literalmente, que la Comuna de París debió dirigir sus armas, de una, contra Versalles, para evitar “en los hechos” que Versalles la ahogara en sangre (la obra política del Marx posterior a la Comuna puede resumirse en el desarrollo pormenorizado, dialéctico e histórico de este concepto), estaba poniendo en modo subjuntivo la taxativa fáctica del capitalismo. Porque la Comuna no fue en armas a Versalles. No ocurrió. Mejor dicho y hecho: ocurrió en sustancia 36 años después.
Lacalle Pou es el capitalista fáctico de los no hechos, siempre que los hechos contrafácticos implicarían las dos palabras más execradas por el “neoliberalismo”: “gasto” y “público”. Y si van juntas, peor. Alfie les baja el pulgar. A la espera de vacunas más caras o a la espera de oportunidad privatizadora del agua que cumpla con el plan de negocios que tiene por programa este gobierno. Pero la realidad es que no somos culpables todos los uruguayos de cuanto no se hizo, porque de la que no se puso para no hacerlo, el 0% está en los barrios populares. Tenemos derecho al pataleo.
Y ya decía Obdulio: “Si le empatamos a la realidad, podemos ganarle a cualquiera”. “A cualquiera” incluye a la realidad.