Luego, ya en el siglo XX, el desarrollo impresionante de la industria del entretenimiento opera modificando radicalmente las maneras de vivir ese tiempo. El deporte operó como un factor importante dentro de este proceso y en su fase actual es parte de esta poderosa industria.
Ya Kant afirmaba que la libertad de objetivos es uno de los criterios principales del juego en contraposición al trabajo, el que se emprende con alguna otra intención. Uno se entrega al juego sin tener otro objetivo que ese. Por su parte, Erikson afirmaba que “jugar es tomarse vacaciones de la realidad”. Lo decía porque nunca se cruzó en una cancha disputando una pelota con Montero Castillo, aunque, pensándolo bien, luego de una patada de ”El mudo” más de uno se tuvo que tomar unas vacaciones de recuperación. Y ni hablar si años después lo agarraba su hijo Paolo, portador de patadas históricas con la Celeste o con el Juventus de Turín, además de ser uno de los mejores defensores que lamentablemente coincidió con uno de los peores ciclos de la Selección uruguaya.
El juego es una actividad sin objetivos, válida por sí misma, no como el trabajo. Hoy entendemos el deporte de otra manera pero aún lo oponemos al trabajo, al punto que hasta en el Parlamento se suspende la sesión para ver un partido aunque algunos hablan de falta de productividad cuando se tratan leyes laborales. Por eso el rendimiento deportivo trata de diferenciarse del rendimiento del mundo laboral, porque el deporte perdería su componente lúdico y se convertiría en trabajo puro. Sin embargo, el fútbol pretende presentarse como juego pero reproduce, de muchas maneras, el mundo laboral. ¿Será por eso que hay tantos volantes fogoneros o carrileros y jugadores todoterreno?
Ya hemos analizado en notas anteriores que la realidad del fútbol marca una mixtura de los componentes de juego, deporte, espectáculo y negocio. Antes era impensable que un jugador declarara que lo que realiza es un trabajo. Hoy es moneda corriente en la entrevista con los medios y nadie se escandaliza. También siempre aparece el componente lúdico: “El día que me deje de divertir, me retiro”, solía decir el "Principito" Ruben Sosa con la misma cara de pícaro de cuando correteaba por las cancha del Lutecia en Jardines del Hipódromo.
Parafraseando a Marx, podemos decir que el jugador es una mercancía con valor de uso y valor de cambio. Es más, que todo el fútbol es una mercancía. Por su parte, Arnold Gehlen, siguiendo las enseñanzas de Max Weber y sus aportes para comprender la racionalidad capitalista que exige la lucha por ganancias renovadas, destaca que esta racionalidad instrumental se expresa en el fútbol, por ejemplo, en la prescindencia de lo cualitativo en aras de lo cuantitativo. No ya solo en la importancia de los goles o en la significación de los puntos en la tabla de posiciones. Todos los aspectos del partido se vuelven mensurables, cantidad de tiros al arco, corners, tiros libres, faltas, offsides, tarjetas y un largo etcétera.
En la actualidad ha aumentado exponencialmente con las mediciones digitalizadas que aportan hasta metadatos sobre el despliegue de cada jugador en el terreno de juego, llegando a medir kilómetros recorridos, zonas de calor que muestran desplazamientos individuales y grupales, porcentajes de tiros de esquina que van cortos, al primer palo, o pasados al segundo palo, llegando al extremo de medir y aportar en tiempo real a la trasmisión televisiva los datos estadísticos de un jugador previo a tirar un penal, un tiro libre mostrando un diagrama con los puntos en el arco a los que ha disparado.
Todo esto es muy práctico pero, en la dinámica de la información, se transforma en la única unidad para medir al equipo y transforma al juego en una compleja operación aritmética, en un mar de sumas y restas. Para colmo, es lo que termina pautando y destacándose a la hora de repasar la historia. En los anales de la historia del fútbol sobresale la estadística. Antes, jugar para la estadística era la metáfora de un partido insulso y mediocre.
Otro aspecto es el de la maquinización del hombre. Cuando un equipo anda bien se dice que es una máquina, y no es casual que a las destrezas de un jugador se les denomine técnica. Hoy se elogia el hacer todo bien y más rápido. Es que en la cancha no solo rigen los mismos patrones de rendimiento de la cadena de montaje de Ford, también se impone el más rígido taylorismo.
La técnica depurada se consigue a base de innumerables repeticiones que descomponen biomecánicamente la acción y luego, en base a la automatización de la globalidad del gesto deportivo, se accede a la perfección requerida para la alta competencia. Pero también en los diferentes estilos de juego se puede reconocer la huella de lo social. Cuando era practicado por las elites dominantes, tan propensas al libre albedrío, se imponía un juego basado en lo individual. Con el predominio de los equipos obreros se impuso lo colectivo, pero bajo los mismos requerimientos dominantes del mundo de las factorías, la ley del máximo rendimiento sujeto a una estricta disciplina posicional.
Con el tiempo, luego de sucesivas evoluciones de estos esquemas, y ya en otro contexto, nace el fútbol total basado en el jugador polifuncional pero, al equipo paradigma de este estilo de suma movilidad y aparente caos, la vieja Holanda nacida en el Ajax, que fue la base de la selección que deslumbró en el Mundial 1974, se le denominó "la naranja mecánica", y a su cualidad esencial, la dinámica, que es parte de la mecánica.
Pero incluso esta des–especialización parcial está en función del timming logrado por esa mayor dinámica y por una planificación más exacta del juego. Crece enormemente el papel del entrenador-estratega, quien concentra el mando de todos los aspectos de la preparación del equipo. A su vez, se conforma un gran entramado profesional de colaboradores especialistas dentro de cada área, quienes conforman el equipo técnico.
Por otro lado, se reestructura toda la dirección general de un club, que adquiere cada vez más una característica gerencial. Es el poder que opera, como en la gran empresa capitalista, sobre la fuerza de trabajo, el jugador. No es casual que todas las instituciones directrices que rigen al fútbol hayan dado un gran salto organizativo, menos la que debería representar a la de los jugadores. Sucede que el más riguroso antisindicalismo se impone en la mayoría de los países y, aún hoy, la organización internacional de futbolistas es débil y sin gran poder de hacer valer sus intereses fuera de la cancha.
La matriz de jugadores estrellas con escasa educación y procesos de socialización truncados por la rigurosa dedicación al fútbol desde edades cada vez más tempranas corta la toma de conciencia sobre su lugar en todo el esquema de producción capitalistas del deporte, y cuando alguno toma partido y expone un carácter de clase rebelde suele ser aleccionado por dirigentes vinculados al mundo patronal, como también se impone una despolitización paralizante reproducida por los habituales comentaristas deportivos aún más atados al sistema y a sus dueños.
Cuando algunos se desayunan ahora de las corruptelas de la FIFA o presumen de un pensamiento intelectual con la perogrullada de que el fútbol ahora es un negocio, exponiendo una brutal ignorancia sobre las profundas relaciones mercantiles de los fenómenos sociales en el capitalismo, viene siendo necesario recordarles que para posar de izquierdismo es necesario contar con una praxis más profunda transformadora antes que con simples consignas o frases de manual.
Ya el fútbol era un negocio para las clases dominantes de la Inglaterra victoriana interesadas en disciplinar a la clase trabajadora, demasiado proclive al despliegue, la emulación física y el derroche de energía, algo que la cultura de la época no valoraba como entrenamiento. Incluso la palabra negocio, del latin negotium significa, precisamente, la negación del ocio. Los mayores dividendos rindieron en ese disciplinamiento.