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Columna destacada | Che

La doble vida de El Che y su imagen

La foto de El Che muerto, que recorrió el mundo, se transformó en un ícono de múltiples significados, muchos más que los que le dieron origen.

La palabra ícono fue adquiriendo nuevos significados en el lenguaje cotidiano y podemos encontrarla en frases que ponen de relieve la cualidad simbólica y representativa de determinados objetos o seres. Así, se habla de que tal o cual edificio es un ícono de la ciudad o que fulanos o menganas fueron un ícono de su época.

El vocablo imagen parece provenir de la raíz celta: yem, cuyo primer significado es «hacer doble», teniendo también el significado de «fruto». La acepción etimológica de la palabra indica que está relacionada con el sustantivo latino «imago», que significa figura, sombra e imitación. Ícono, por su parte, proviene del griego «eikon» retrato, y tendría una función de representación.

Iconoclastas vs. idólatras

Gracias al poderoso atractivo emocional, los fieles más incultos se inclinaban ante esos íconos, al contrario de un cristianismo intelectual que prefería la representación de símbolos a la de imágenes verosímiles, lo cual sembró la semilla de la discordia entre iconoclastas, definición que incorpora la palabra griega Klao = romper y define al que rechaza las imágenes sagradas o romper con los mitos admitidos por una sociedad, frente a los adoradores de imágenes o idólatras, en lo que constituyó una de las primeras guerras de religión de la era cristiana.

Y es que el rechazo a la idolatría y al culto engarzaba con el cristianismo original que ponía el acento en la acción práctica y no en el discurso o en la adoración de imágenes, porque Dios no habita en los templos.

La Verónica, el vero-ícono

El nombre Verónica fue dado a la mujer que, acompañando el calvario de Jesús con la cruz, secó la sangre, el sudor y la tierra en su rostro con un paño. En esa tela, nunca encontrada se supone que quedó impregnada la cara de Jesús y sería considerada la verdadera imagen del Cristo, el vero-ícono, en latín, de allí deriva el nombre Verónica.

La imagen constituye un fenómeno de transmisión y recepción de conocimiento. A medida que sus modalidades expresivas proliferan, desde la imagen fija hasta la secuencial en movimiento, la complejidad en la comprensión de sus mensajes aumenta y a medida que su presencia es mayor, la necesidad de interpretar sus significados reales se vuelve imprescindible.

Según Abrahan Moles, las imágenes nos hablan de las cosas representadas sometidas a una compleja estructura iconográfica no siempre evidente y fácil de interpretar y entender. Responden a la capacidad humana de estructurar el pensamiento en forma codificada por conceptos desarrollados con las funciones perceptivas y cognoscitivas que le caracterizan en un momento histórico concreto.

La foto de El Che muerto, que recorrió el mundo, se transformó en un ícono de múltiples significados, muchos más que los que le dieron origen. Cuando una división del Ejército boliviano logra encerrar a la columna guerrillera del Che y lo capturan, los altos mandos y la CIA deciden asesinarlo y trasladan el cuerpo a Vallegrande.

El cadáver reflejaba el estado andrajoso y los militares bolivianos decidieron maquillarlo para que se pareciera efectivamente y no hubiera dudas sobre la identidad. Necesitaban poder enorgullecerse y matarlo una y mil veces en la imagen para que no hubiera dudas de su muerte.

En el plano del manejo de la imagen, tuvieron la intención de oponerla a la clásica y vital foto de El Che tomada por Alberto Díaz “Korda” y que conlleva tal fuerza expresiva que se ha reproducido como el ícono fundamental de su identidad revolucionaria. El proceso de transformación de esa foto en ícono tiene similitudes con el supuesto paño de la Verónica, ya que se trata de un manejo que termina generando una imagen en negro sobre blanco que reproduce los rasgos de su cara. Esa es la imagen que se ha impreso por miles y millones en camisetas, banderas y muros e incluso en marcas de productos comerciales en un proceso de resignificación múltiple y contradictorio.

Lo que no sabían los militares bolivianos era que con aquel acto y aquella foto estaban logrando lo opuesto. La fotografía que recorrió el mundo y llenó de tristeza y rabia a tantos, mostraba curiosamente al Che muerto pero con un gesto, un rictus, sorprendentemente vital. Tiene tal fuerza icónica que parece que estuviera vivo. Es que re-presentar es volver a hacer presente y toda imagen de la muerte intenta retratar una presencia que alude directamente a una ausencia.

Porque la raíz griega eikon también viene de cárcel, incluso de tumba, que contiene sus significados presos. La imagen fija retiene pero la dialéctica de la vida del proceso de observación los modifica, resignifica, de alguna manera les devuelve la vida. Toda fotografía se completa con la mirada del ojo que la mira. Quisieron matarlo también en la imagen pero ayudaron a la construcción de la vida del mito. La fotografía, en tanto mediación, establece una distancia entre la experiencia y la imagen que la representa. Una foto de una muerte trabaja sobre la necesidad de aceptar, de reconocer y de poder hacer el duelo y se erige como prueba irrefutable en tanto signo de evidencia.

Su función tiende a generar pasividad pero, en este caso paradójico, expandió una lucha mayor, irradió vida. Los méritos están en la vida del muerto y en los que hicieron esa lectura, pero no hay que olvidar que también se encuentran en la imagen, en la materialidad causal y casual de la fotografía.

La lección de anatomía

Las paradojas de aquella foto no se agotan en ello. Es notable la similitud con la composición de la imagen de un cuadro de Rembrandt titulado La lección de anatomía del Dr. Tulp, fechado en Ámsterdam en 1632.

La disposición del cadáver y la cantidad de personas que lo observan o el gesto de quien lo señala, vinculan sorprendentemente las dos imágenes pero la lectura que podemos hacer conlleva valores, ideas y actos muy diferentes. Rembrandt ilumina un acto de profunda humanidad, lejos de cualquier profanación, apuesta a vencer los traumas, miedos y supersticiones de la muerte y retrata el acto de una autopsia con el fin de obtener el mayor conocimiento sobre el cuerpo humano en aras de la preservación de la vida.

En contraste, la foto es un acto macabro de muerte en aras de la muerte misma. La imagen del cadáver como castigo supremo con el objetivo de aleccionar a los vivos. Dos formas de representar la muerte que expresan dos formas de entender la vida.

El Cristo de Mantegna

El otro rasgo de similitud visual es con el cuadro Cristo muerto, del pintor italiano Andrea Mantegna, fechado en 1474, en el que el cuerpo no está en la cruz sino sobre una mesa, casi en la misma posición que el cuerpo de El Che. Mantegna ubica el cuerpo en una pose inédita que obliga a confrontarse directamente con el personaje. Humaniza el cadáver de Jesús y lo acerca. Fuerza al espectador a mirarlo desde una perspectiva, no solo más cercana sino más cotidiana y directa. Reformula el vínculo para propiciar el reencuentro, en el juego de la imagen, entre el ícono y el espectador. No oculta la muerte pero recupera en el cuerpo las huellas de la vida.

San Ernesto de la Higuera

El Che pasó el último día de su vida tirado en el piso de uno de los salones de la escuelita de La Higuera, un modesto rancho de barro con piso de tierra. Herido en una pierna, no recibió atención médica, calló antes los interrogatorios y hasta le pegó una patada a uno de los oficiales, a quien ridiculizó con sumo desprecio. Pero también hubo una mujer. La maestra de la escuela, una joven de 22 años que llegó a hablar con él cuando El Che lo solícito.

Ella cuenta que era casi imposible sostenerle la mirada a unos ojos que no olvidará jamás... Al día siguiente de su captura, el lunes por la mañana, Guevara quiso ver a la maestra. Fue la única persona con la que El Che quiso hablar y habló. Era joven, tenía 22 años, morena, de ojos verdes: “Tenía miedo de ir y enfrentarme a una bestia... y me encontré con un hombre agradable, de mirada tranquila, dulce y bromista a la vez, al que no podía sostener la mirada”, relató muchos años después.

Conque es usted la maestra. ¿Sabe usted que no hace falta acento sobre el "se" en la frase "ya se leer" le dijo El Che como preámbulo, señalándole uno de los dibujos que colgaban de la pared. Se burlaba sin mala intención y sus ojos parecían alegres. ¿Sabe usted? En Cuba no existen escuelas como esta. Parece un calabozo... ¿Cómo pueden estudiar los hijos de los campesinos aquí? Es antipedagógico...

Somos un país pobre. Usted ha venido a matar a nuestros soldados.

Ya sabe usted, la guerra se pierde o se gana recuerda ella de aquel diálogo. Y Jorge Torrico, que almorzó con ella muchos años después para esa entrevista, cuenta que no cesaba de repetirle: “Tenía que bajar los ojos para hablarle... Su mirada era insostenible. Dulce, burlón, agudo... y tan tranquilo”.

Hacia el mediodía, El "Che" la volvió a llamar. Sabía que le quedaba poco tiempo de vida, quizás una hora. ¿Qué quería decirle, qué iba a contarle? ¿Algo importante? Pero ella se negó a ir. “No sé por qué. Ahora me arrepiento. Puede que la culpa de ello la tuvieran sus ojos, su mirada”.

Otros relatos agregan que ella, en algún momento, le acercó un trapo para que se limpiara el rostro. Aquí sería impactante decir que la maestra se llamaba Verónica, pero no. Se llamaba Julia Cortez, la historia no es una mera repetición y no necesitamos mágicas o míticas coincidencias.

El Che en el suelo

A inicios de los 90 visitó Uruguay Roberto Robaina, entonces secretario general de la Juventud Comunista de Cuba, antes de convertirse efímeramente en canciller y en ser relevado de su cargo para pasar a un ostracismo del que poco se sabe. Recuerdo que venía impactando audiencias con un discurso irreverente que parecía aportar nuevos vientos, siempre tan necesarios, aunque en aquel momento no me pareció un discurso tan renovador.

Pero recuerdo una anécdota que contó en una conferencia en el teatro El Galpón. En una muestra de arte joven en Cuba, un artista había pintado la famosa imagen de El Che pero en el piso. Más precisamente en la entrada al salón donde estaban los cuadros e instalaciones, por lo que todo visitante no tenía más remedio que pasar sobre él. Ello generaba todo tipo de situaciones, de los que lo pretendían saltar sin pisarlo hasta los que se quedaban sorprendidos parados sobre él. El trabajo fue prohibido y retirado, según contaba Robertico, y hablaba sobre el error de pretender canonizar al Che en tal o cual tipo de imagen. Decía que podía ser, y de hecho lo había sido, muy removedor cambiar la perspectiva y establecer otras maneras de vincularse.

Las interpretaciones podían ser disímiles y hasta opuestas. Por ejemplo: podría verse muy mal pisar la imagen de El Che, como también podría ser muy bueno caminar sobre la base, el piso, que ayudó a construir para las nuevas generaciones. O que El Che es el camino, como tantos dicen de Jesús. O que hay algunos que con su andar lo están pisoteando, aunque le rindan culto.

Pretender fijar cuál debe ser la manera de representar, significar e interpretar sería caer en la misma posición de la iglesia en la época de los íconos bizantinos, que determinó las maneras que había para representar a la Virgen, a los santos o al Cristo, y cómo debían ser, con una serie de requisitos y prohibiendo toda salida del canon visual oficial.

Las semejanzas y diferencias, en tanto construcción de imágenes, entre El Che y los íconos religiosos (no es casual que en la zona de Vallegrande, en Bolivia, como yo mismo lo pude escuchar ya hace muchos años, se hable de San Ernesto de la Higuera) nos dicen algo de la compleja trama que elaboramos los seres humanos en torno a la muerte y la vida, a sus símbolos, ritos e íconos; pero también obliga a una reflexión sobre el papel de la imagen en la construcción de significados y resaltar la importancia de personas activas participando con capacidad crítica en su constante e imprescindible reelaboración, para que logren transmitir la mayor veracidad de los seres y sus actos, el vero-ícono.

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