Ocho años antes había aparecido para nosotros un sucesor de Maradona: Zizou. Había ganado por goleada la final del Mundial a Brasil, con golazos suyos, cuando ya era el ídolo máximo de Francia desde antes, y nuestro desde que veíamos todos sus partidos con el Olympique de Marsella, los comentábamos en el boliche y, para seguirlo más de cerca, nos turnamos en enviar corresponsal a Marsella con el producto de varias colectas y rifas, y también los comentábamos por mail.
El gesto técnico impecable de Zizou superaba incluso al de su maestro, el uruguayo Francescoli. Lo seguíamos con el orgullo que sienten los polacos por la prosa inglesa de Conrad.
En 2006 Zizou iba a retirarse del fútbol en Berlín, poniendo a Francia con dos mundiales legítimos, por sobre Inglaterra, a la altura de Alemania e Italia, pero con más fútbol total. Era el perfeccionamiento de Zizou, que, al perfeccionarnos, perfeccionaba el mundo.
Aquella tarde Zizou estaba indetenible, como siempre, pero en el último chico del alargue le dio un cabezazo sin pelota al defensa italiano Materazzi. Fue expulsado y todos nos dimos cuenta de que por eso perdió Francia.
Después oímos las declaraciones. Materazzi dijo que no hubo nada sobre política, raza o religión, en su provocación. Zizou se disculpó ante los niños y ante los profesores porque el cabezazo sin pelota no era “tolerable”, daba “un mal ejemplo”, pero dijo no lamentarlo porque lamentarlo sería decir que el italiano tenía razón. “No la tiene, no ataqué a nadie, me defendí. Me había agarrado de la camiseta, y le dije que al final del partido se la daría”.
No fue una burla. Todos nos acordábamos de la actitud honorable de Zizou con Figo, el capitán de la selección portuguesa, después de la victoria de Francia contra Portugal. Intercambiaron las camisetas y Zizou se puso la de Figo. Festejó con los colores de Portugal.
Dijo Zizou que Materazzi respondió insultándolo, que él se alejó y el otro lo siguió, profiriendo insultos. “Dijo cosas muy duras, contra mi madre, contra mi hermana, las repitió tres veces. No pude dejar pasar eso. No tuve un acceso de locura, estaba tranquilo, pero no debía tolerar eso. Lo repito, mi gesto no es aceptable y era justo que me expulsaran, pero el italiano es el culpable. Él no debía decir lo que dijo.”
–Tenemos que hacer algo –dijimos los de la banda–: queremos tanto a Zizou.
En 2006 era imposible secuestrar todas las copias de las filmaciones de una final de un Mundial de fútbol para retocarlas, como la banda de “Queremos tanto a Glenda” había retocado las de una película de su actriz favorita en el cuento de Cortázar, pero decidimos que sí podíamos dejar testimonio modificando la más importante.
Retirar la película del Museo del Fútbol del estadio Centenario de Montevideo me fue relativamente fácil. Soy amigo de quien entonces era el encargado del museo. Lo conozco desde que este era asiduo parroquiano de un boliche llamado Rayuela que teníamos con mi señora en los años 80 y 90. Nos fue más fácil aun retocarla, trabajando en un estudio cinematográfico. La devolví al museo y le escribí a Zidane.
“Querido Zizou, nuestro tan querido Zizou, está bien que hayas pedido disculpas a los niños y a los profesores, porque fue un mal ejemplo reaccionar con un golpe a los insultos de Materazzi y está bien que ellos te hayan disculpado, pero nosotros, los uruguayos futboleros que hinchábamos fanáticamente por vos, incluidos los niños, preferimos tomar cartas en el asunto, Zizou, porque sabíamos que vos mismo, digas lo que digas, tampoco te lo ibas a perdonar nunca. En cambio ahora, podremos dormir todos tranquilos.
¿Cómo pudiste entrar en esa, Zizou? No iban a penales. Tenías el alargue ganado. Los italianos se caían en la cancha. Buffon ya no podría sacarte la próxima genialidad como te atajó el cabezazo en el primer chico. En esa situación no podemos entrar en ninguna provocación por más temperamentales que seamos, Zizou, y por mucha carpeta que tengan los tanos, que para algo son los verdaderos inventores del fútbol. Ni la adrenalina del gran Carlitos Bueno adolescente entraba en esa, Zizou.
Nosotros no te disculpamos en lo absoluto. Pero, por supuesto, tuviste toda nuestra solidaridad. Te queremos tanto que jamás te lo perdonaremos, como no perdonaron a Glenda (cronopio admirado, Zizou: no se baja vivo de una cruz). Hicimos lo que debe hacerse en estos casos: pensar en quienes todavía no nacieron, en el destino de las civilizaciones”.
Cortamos de la filmación del partido apenas dos segundos del segundo chico del alargue. Y entonces sí, corregido ese error en la película, la devolvimos al Museo del Fútbol del estadio Centenario, que será al que en cualquier futuro previsible, recurran los exégetas para cotejar las pelis de los mundiales, porque aquí está el original de la del 30, filmada por Glukman. ¡Chapeau, Zizou! El mayor artista del fútbol que siguió a la aparición de Maradona, que ha quedado registrado sin mácula en videos mundialistas.