Rumbo a la narcocultura
Hace ya más de diez años, uno de mis estudiantes de Filosofía del Derecho, en el Instituto de Profesores Artigas, era un funcionario policial. Cuarentón, pelo negro, aire eficiente, amabilidad rectilínea. Tenía tan internalizada la costumbre de apropiarse, del modo más natural, de los datos personales de la gente, que un día logró sorprenderme. Yo estaba en la cantina tomándome un café y admiraba, como siempre, los ciclos del otoño en el gran patio central, me concentraba en la danza de la naturaleza, en los giros violetas de las flores de jacarandá en el piso, en el canto de los pájaros. Escapaba así, al menos por un rato, de la urdimbre ciclópea del aliento ciudadano. En eso suena mi celular. Lo atiendo. Era mi alumno, el policía, a quien yo jamás había dado mi número (como no se lo daba a ninguno de mis estudiantes). Me dice que lo disculpe, pero tenía que avisarme que no iba a poder dar el parcial. Algo así. Ese mismo funcionario nos advirtió a todos en el aula, ya mediado el año, que existía entre nosotros los uruguayos una cosa muy ominosa (hoy la llaman pesada), que venía por sus fueros y que, en apariencia, era tan imparable como un alud de nieve en la cordillera de los Andes o un tsunami en el Pacífico. Son las bandas criminales, me explicó, cuyo mayor negocio es el narcotráfico. Y agregó, en medio del silencio general: mire que hace más de diez años que están. Y no las va a parar nadie, porque nadie toma medidas.