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Columna destacada | vergüenza

Sinvergüenzas sin vergüenza

Parece insólito que en un contexto tan singular un grupo de legisladores uruguayos derechistas hayan aceptado una invitación del Gobierno del criminal y genocida de Benjamín Netanyahu

El vocablo sinvergüenza se compone de la unión de dos términos: el prefijo o preposición sin y el sustantivo vergüenza. Según la Real Academia Española, se escribe todo junto cuando funciona como un sustantivo o adjetivo para referirse a una persona descarada o inmoral.

El prefijo funge, en algunos casos, como carencia o privación o bien pudor de alguien. En cambio, al unir el sin con el adjetivo o sustantivo vergüenza, se transforma en sinvergüenza, que puede ser alguien meramente pícaro o bien una persona con absoluta falta de ética. Obviamente, no pretendo dar clases de gramática, sino referirme a personas, en este caso algunos políticos uruguayos, que carecen de vergüenza… Incluso, en algunas circunstancias también son sinvergüenzas, porque han cometido actos reñidos con la ética y hasta acciones con apariencia delictiva desde la cima del poder.

¿Qué otro calificativo, en este caso adjetivo, se podría aplicar a los trece legisladores uruguayos derechistas que visitaron Israel, concretamente la ocupada Jerusalén, para rendirle culto a un estado criminal y genocida? Cualquier persona medianamente informada y no especialista en derecho internacional sabe que la Organización de las Naciones Unidas considera a esa ciudad, que tiene más de 4.000 años de historia, como territorio en disputa, ya que los judíos ocupan la zona este, en forma absolutamente ilegal, al igual que Cisjordania y las alturas del Golán, en Siria. Todos estos territorios fueron tomados por tropas hebreas durante la Guerra de los Seis Días de 1967, por lo que la ocupación, y en el caso de Cisjordania anexión, ya lleva casi sesenta años.

En esas seis décadas de oprobioso avance imperialista sobre tierras soberanas, la Asamblea General de la ONU ha instado a Israel a cesar la ocupación y devolverles sus territorios a sus legítimos habitantes. Incluso, en el caso de Cisjordania, Israel ha expulsado a muchos de sus pobladores y ha instalado más de 150 asentamientos judíos, lo cual constituye una inmoral e ilegal usurpación.

Empero, el Gobierno sionista escaló incluso un peldaño más en su abierta violación al derecho internacional, emplazando su capital en Jerusalén, un criterio que responde a la ortodoxia de sectores conservadores que reivindican al Israel bíblico. Es como si Argentina invadiera Uruguay e instalara su capital en Montevideo, o como si Uruguay invadiera insólitamente el estado brasileño Río Grande del Sur, alegando que le pertenece porque en el pasado era parte de la Banda Oriental. El actual mapa del mundo no es el de la época del profeta hebreo Moisés ni la de los tiempos del rey David, y eso deberían entenderlo muy bien los judíos ortodoxos recalcitrantes. No lo entienden porque son fanáticos y porque, desde la creación del Estado de Israel, en 1948 por parte de la ONU, el país ha sido tutelado y amparado por las potencias occidentales, particularmente por los Estados Unidos, que ha transformado al Ejército israelí en uno de los más poderosos del planeta, con armas y tecnología, además de financiar sus sangrientas aventuras militares en Oriente Medio.

Es decir, el Estado judío, más allá de su derecho a defenderse de eventuales agresiones en su sempiterna guerra contra los árabes, debería abstenerse de agredir a países soberanos y menos aún de ocupar sus tierras y colonizarlas. Naturalmente, no debería cometer crímenes de lesa humanidad, como los que ha perpetrado en la flagelada Franja de Gaza. En efecto, su guerra de exterminio contra el pueblo palestino no comenzó en octubre de 2023 como represalia por la deleznable masacre cometida por Hamás, sino mucho antes. Hace más de 75 años.

En este contexto, otro país recurrentemente agredido por los judíos es Líbano, cuyo sur es territorio ocupado por soldados israelíes desde fines de la década del setenta.

Asimismo, desde comienzos de este año han participado en operaciones militares contra Irán, conjuntamente con el imperialismo estadounidense encabezado por el demente mandatario Donald Trump. Este conflicto ha provocado, no solo una tragedia humana, sino también una escalada del precio del petróleo e incluso un virtual descalabro de la economía global,

Parece insólito que en este contexto tan singular este grupo de legisladores uruguayos derechistas hayan aceptado una invitación del Gobierno del criminal y genocida de Benjamín Netanyahu e incluso se ufanen de estar en Jerusalén, un territorio ocupado en forma ilegal por un estado violentista. Con esta actitud, están legitimando la osadía israelí de haber instalado su capital en esa ciudad histórica y, en forma indirecta, están avalando con su presencia las atrocidades perpetradas en la arrasada Franja de Gaza. Obviamente, esa actitud no nos sorprende si recordamos que el Gobierno derechista de Luis Lacalle Pou se abstuvo dos veces de votar sendas treguas en la ONU para permitir que misiones humanitarias proveyeran a los agredidos palestinos que sobreviven en esa zona de desastre de alimentos y medicinas.

El grupo de visitantes está integrado por los senadores Sebastián da Silva, Graciela Bianchi, Andrés Ojeda, Robert Silva, Tabaré Viera, Carlos Camy, Rodrigo Blás y Javier García, los diputados Juan Martín Rodríguez, Walter Verri, Fernanda Auersperg y Álvaro Perrone, y el intendente de Rocha, Alejo Umpiérrez. Salvo Perrone, que es representante de Cabildo Abierto, partido escindido de la denominada Coalición Republicana, todos los demás son blancos y colorados, incluyendo al jefe comunal rochense, que es nacionalista.

En ese marco, cuatro integrantes de la delegación publicaron imágenes y mensajes en sus redes sociales desde el Muro de los Lamentos, en Jerusalén. Ojeda escribió: “Millones de personas llegaron hasta este Muro de los Lamentos durante siglos con una oración, una lágrima, un agradecimiento o un pedido. Hoy me tocó a mí y dejé allí los míos”.

Por su parte, Juan Martín Rodríguez reflexionó sobre la historia del pueblo judío y señaló estar “convencido de que solo con tolerancia y en convivencia pacífica será posible el pleno desarrollo de los pueblos”. En tanto, Rodrigo Blás eligió una reflexión más breve: “Hay lugares donde el ruido desaparece. Donde las diferencias se hacen pequeñas. Donde uno recuerda que, antes que las ideas, están la fe, la historia y la esperanza”. ¿Cómo se puede hablar de paz en un país de hábitos tan violentos e intransigentes?, y ¿cómo se puede hablar de tolerancia en una nación tan intolerante?

Lo más insólito fue observar al senador blanco Javier García parado junto al Muro de los Lamentos y luciendo en su calva cabeza una kipá, el gorrito que usan siempre los judíos en sus celebraciones religiosas. Hasta donde sabemos, García profesa la fe católica y se educó en colegios de esa religión. ¿Acaso olvidó que los judíos condenaron a Jesús de Nazareth al suplicio y a la crucifixión, cuando el gobernante romano de Judea Poncio Pilatos, durante la Pascua, les dio a optar entre liberar al profeta o al criminal Barrabás?

Es tan deleznable la actitud de estos esperpentos que no encuentro un adjetivo adecuado para calificarlos. Son una mixtura entre la obsecuencia y la inmoralidad, seguramente originada en el poder económico de la comunidad judía vernácula y en sus donaciones para financiar las campañas electorales que la derecha recibe.

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