Lo natural en Bosco es algo así como esa cosa que queda cuando se han abandonado todos los rótulos con los que vamos catalogando el mundo, todas las etiquetas, los prejuicios y las categorías. El mundo humano, lejos de empobrecerse o limitarse, se agranda y se vuelve más poderoso. Hasta los más desgarradores recuerdos -los recuerdos del hambre, del dolor, de la soledad y de la guerra- adquieren en la película otra proporción, un tinte de compasión y de autocompasión exenta de culpas y de dramas. Todo se asume, se elabora, se integra en un fondo de intimidad creadora, de perfecto equilibrio y de armonía visceral. Ahí está la belleza, y ahí está también el logro mayúsculo del filme, esa expresión casi imposible de conseguir, eso que ambicionan tantos directores de cine sin obtenerlo jamás. Por momentos la película recuerda el lenguaje de grandes artistas como Akira Kurosawa. Esto se advierte, por ejemplo, en la plasticidad de los detalles. Las ramas, la carretera en primer plano, las siluetas recortadas en negro contra el cielo, los fondos de bosques en primavera y en invierno, la profunda melancolía que emana de las cosas. Son muchas las dimensiones que podrían estudiarse en Bosco. Por un lado, están los personajes, sus historias, su diálogo con los vivos y con los muertos. Los rituales del beso (besar a una persona, a los árboles, a los animales, a las lápidas del cementerio, a las puertas de las casas). Hay una despedida eterna, y hay un renacimiento continuo del que todos forman parte, acaso sin saberlo. Por otro lado está la memoria, que va y viene. La de uno mismo, la de la historia propia, y la de familias enteras. Sin la menor necesidad de armar un relato ficcional, los personajes danzan en una situación que transcurre desde la adversidad a la esperanza, pasando por los instantes puntuales y efímeros de la alegría (porque toda alegría es puntual y es efímera, y en ello reside su sustancia).
En Bosco no hay pesimismo, aunque haya por momentos tristeza. Tampoco hay propiamente una lucha por la superación de alguna desgracia. Y, sin embargo, todo está presente ahí, incluso, como hemos dicho, la guerra, que sigue instalada en el recuerdo. Hay, sí, un compromiso que explora en la condición humana. Un compromiso con el amor, una fidelidad que va más allá de las relaciones humanas y se extiende a los animales y a las plantas, a las montañas y a la nieve, a las piedras y a la fuente del pueblo. Hay un ritmo y una expresividad, manifestada por los colores, los rostros, la cuenta de los pasos, la tradición y la ausencia. Hay una convicción anclada en el presente que desafía el paso del tiempo y la falta de sentido que el tiempo arroja sobre los actos mínimos. ¿Para qué limpiar una tumba, para qué besar una tumba? Eso podría preguntarse uno. ¿Qué pasará con esa tumba cuando ya no esté su cuidadora? Nada de eso, ninguna de esas interrogantes tiene la menor importancia en Bosco, porque allí se erige no solamente el peso del pasado, sino la perfección de un eterno presente. Deberíamos pensar un poco más en eso, en el presente, para hallar la escurridiza felicidad. El vértigo de nuestra vida ciudadana, al igual que el vértigo de nuestras ambiciones, nos aniquila un poco más cada día. Sobre todo nos consume el afán de perpetuación, la ambición desenfrenada de ser eternos. ¿Es Bosco un tributo a la memoria? Sí, en gran medida. Pero también es un tributo a la humildad, al instante mínimo, a la fugacidad de una emoción y un sentimiento.
El mayor poder de la cinta reside en lograr mostrar la enorme dimensión de una vida y de unas vidas que, de buenas a primeras, pueden parecer anodinas, insignificantes. Nada para decir de ellas. Y, no obstante, todo está ahí para decir de ellas. El juego de memoria consiste, no en la vacuidad del sin sentido, sino precisamente en la reinterpretación de lo repetido, lo previsible, lo conocido. De todo eso se pueden desprender sentidos y potencias creadoras, que se insertan en una estética fílmica y en un imaginario. Bosco supera lo simplemente anecdótico. Trasciende la frivolidad en la que suelen caer todos los que pretenden dar cuenta del pasado sin molestarse en ahondar, desde el respeto cuidadoso, en las formas de ese mismo pasado. Pienso en el cine argentino, que al asomarse a los patios de conventillos y de antiguas casas de inmigrantes, no siempre logra ir más allá de la anécdota casi caricaturesca del nono y de la nona, de la pava, de la salita humilde con el costurero y del taller con el viejo banco de trabajo y las macetas con malvones. Tal vez el secreto resida en que Bosco no muestra, solamente, sino que dialoga, se adentra, explora, y más que nada, se calla. No se limita a captar escenas, sino que permite pensar a los personajes y a los espectadores. Los libra a sí mismos. No se impacienta. No invade. Indaga, sí, en esos cambios y en esas permanencias sutiles que cada generación otorga a otra en herencia. Desde ese lugar, se puede hablar de una experiencia basada en la apropiación del mundo, que sin embargo es única en cada sujeto y en cada generación. Y está por último el asunto del tiempo, tan misterioso como siempre, uno y múltiple, individual y universal, efímero y eterno. Cierro, así, esta semblanza de la película Bosco, con estos versos de Borges en su poema “El reloj de arena”:
La arena de los ciclos es la misma
E infinita es la historia de la arena;
Así, bajo tus dichas o tu pena,
La invulnerable eternidad se abisma.