Esta semana se concreta el ultimátum que dio Estados Unidos a cualquier inversor en Cuba para retirarse de la isla ante el bloqueo total, incluido el naval, y ya se han ido los principales; entre ellos la cadena de hoteles Meliá Cuba, que administraba un porcentaje muy alto, casi un 50 % de los hoteles de la isla. ¡Cuidado!, puede pasarles lo mismo que a las empresas occidentales que se fueron retirando de Rusia (el país más “sancionado” de la historia) desde 2014 y más aún desde 2022, temiendo sus cancelaciones en el sistema SWIFT. Muchas de ellas, cuando quisieron volver viendo que Rusia ya había ganado la guerra, no pudieron, porque habían sido sustituidas por otros propietarios de sus infraestructuras, de sus comercios y de sus medios de producción. Putin las rechazó con desdeñosa frialdad.
Los medios hegemónicos occidentales hace mucho que están preparando las condiciones para una invasión militar. La denuncia absurda contra Raúl Castro por los incidentes de la Operación Avispa, no es más que el penúltimo jalón de una campaña prolongada. Mientras tanto siguen culpando al gobierno cubano de la situación que ellos mismos le crean, e incluso a los países que ayudan, con el perverso argumento de que no ayudan lo suficiente. Pero la culpa, la responsabilidad y las consecuencias del bloqueo genocida que lleva casi 70 años, son exclusivas del imperialismo yanqui y del imperialismo europeo, que sigue esas coordenadas más acá de los votos en la ONU.
Obviamente la ayuda no es suficiente porque ha pasado mucho tiempo de desgaste y, además, los países que ayudan tienen otros frentes de desgaste abiertos por el imperialismo. Rusia, China e Irán tampoco dejan de ser, en gran medida, países asediados. Pero aun así se ayuda, se declara, se testimonia. El testimonio es más importante que la consideración demagógica que demagógicamente la política le tiene; está más cercana, en la apreciación del valor del testimonio, la religión que da centralidad al pasaje del testigo. Ahí reside la sutil importancia.
Sin embargo, es claramente insuficiente y cobarde, además, la posición de los gobiernos progresistas de América Latina en distintos grados (Brasil y Colombia menos que Uruguay), y con una gran excepción que es México, quien sí, a través de su presidenta Claudia Sheinbaum, se manifiesta sin complejos ni cálculos electorales y ha enviado bastantes buques con ayuda humanitaria y, en su momento, con petróleo.
Son los pueblos, muchísimo más que los gobiernos, quienes están sosteniendo la solidaridad con Cuba. Lo hacen porque entienden perfectamente que Cuba no debe estar sola, por sí misma, por nosotros, pero sobre todo por la esperanza de los que vienen a darle sentido a nuestra historia con todos sus mitos redivivos.