¿Por qué?
- Desigualdad causa criminalidad: no es solo económica
En efecto: aunque las cifras de desigualdad económica no lo digan, pueden perfectamente seguir actuando otras desigualdades, también conducentes a provocar la tentación y la acción criminal. Porque una mejoría de alguien en la distribución relativa de los bienes y servicios que conforman el PBI, medida por ejemplo por medio de un clásico Coeficiente de Gini, que mide desigualdad del ingreso, no significa que esa misma persona no pueda haber perdido, por distintas razones, vínculos políticos quizás más importante que sus mejores ganancias económicas relativas.
Su desigualdad política puede haber desmejorado más sus chances de vida que su mejoría en la desigualdad económica; lector, puede usted perfectamente imaginarse que un entredicho con su agrupación política puede perjudicarlo más que una mejoría económica puntual.
Lo mismo si pierde vínculos sociales (familia, vecindad, religión) que lo harían competitivo como candidato a llenar determinadas vacantes eventuales. Esas pérdidas en sociabilidad pueden dejarlo más frágil en poder y estatus que lo que pudiera haber ganado económicamente arriesgando los contactos políticos y sociales.
Lo mismo, de nuevo, con los aspectos culturales: determinadas pertenencias, creencias y valores pueden perjudicar globalmente más, a futuro, que un ascenso económico empíricamente registrable en lo inmediato.
Entonces, la criminalidad puede ser impulsada no solo por la desigualdad económica sino por la ubicación en redes y vínculos políticos, sociales y culturales. Un ascenso en la desigualdad económica puede haber estado acompañado de descensos en las estructuras políticas, sociales y/o culturales, suma de descensos que puede haber perjudicado más que la mejoría económica, y haber inducido más a la criminalidad para lo obtención de determinada cantidad, calidad, novedad, moda o urgencia.
Aún al interior de la desigualdad económica: podemos haber experimentado un ascenso en nuestro ingreso, pero haber perdido un patrimonio inmobiliario más valioso que el ingreso mejorado, y haber perdido, incluso hasta económicamente, pese a haber mejorado en términos de la desigualdad de ingresos.
- Porque la criminalidad no depende solo de desigualdades
Veamos dos causales de criminalidad que operan o no para producir cierto monto de criminalidad y que no implican solo desigualdades.
Uno. Lo afirma genialmente Robert Merton a fines de los 40: alguien que desea determinado nivel de vida, pero no posee los medios lícitos como para satisfacerlo, ante determinada presión personal y social puede optar por usar medios ilícitos para conseguirlos. Pero eso sucede en Occidente, con esos conceptos tan arraigados de desigualdad indeseable, creída como injusta, sea por las desigualdades en el disfrute o sea en los diversos accesos a los medios de obtenerlos.
Porque en India, por ejemplo, nadie aspira a tener lo que poseen otros de otra ‘casta’ impenetrable (de aquí la reiterada imagen usada por Milei); el cosmos es así y cada uno con su karma; lo que está mal es buscar emular a los de castas superiores o permitirse ser emulado por los de castas inferiores. En estas cosmologías ontológicas no solo no se aspira a tener lo de otros sino que es moralmente equivocado hacerlo; en estos ámbitos no sucede lo que en Occidente, donde pueden adoptarse medios ilícitos para llegar a niveles ostentados por otros y no por nosotros; lo que tampoco querría implicar que en India vaya a haber menos criminalidad que en Occidente, porque puede provenir de distintas causas y motivaciones; pero no por algunas causas y motivos muy comunes en Occidente.
Dos. Muy importante. Aunque la situación económica haya mejorado en el total de la distribución, la desigualdad objetiva puede ser subjetivamente sentida como de más urgente eliminación, aun dentro de desigualdades menores. La misma desigualdad objetiva puede ser diversamente sentida subjetivamente como incitación a la acción para reducirla.
Por ejemplo, cuando, aun mejorados, nos alejamos más del nivel de aquellos con quienes nos comparamos a los efectos de derivar nuestro prestigio social y nuestra autoestima personal. Aunque estemos mejor económicamente, al punto de habernos comprado una coqueta motito, la reluciente compra pierde inmediatamente valor satisfactor si llegara en esos momentos un hermano o un vecino con un rugiente auto con parlantes ostentosos. La mejoría en términos absolutos se vería anulada por una desmejora en términos relativos que podría provocarnos más insatisfacción que la mejoría absoluta; es lo que los psicólogos sociales de los 40 llamaron de ‘deprivación relativa’ respecto de otros significantes subjetivos, tantas veces más importante para producir insatisfacción y tentación criminal que las carencias absolutas.
Por eso la mejoría de los niveles de vida, en lugar de producir menos criminalidad produce más; porque la deprivación relativa induce más criminalidad que la absoluta; y ella aumenta con la abundancia, el consumo, el espectáculo, el ‘efecto de demostración de crecientes niveles de vida’ y el aumento de las expectativas satisfactoras.
Entonces, las cosmologías y las características culturales pueden inducir o no la criminalidad como consecuencia de las desigualdades económicas. Cuando se mira solo la asociación o correlación entre desigualdad en la distribución del ingreso y criminalidad, y éstas no aparecen, esto no significa que no haya causalidad entre desigualdad y criminalidad; a veces, otras desigualdades u otros factores influyen más en la criminalidad que solo aquella relativa a la distribución del ingreso, solo una fuente de criminalidad entre varias económicas, a su vez solo alguna de entre otras desigualdades no económicas, además acompañadas con otras causas que permiten resignificar las desigualdades y deseos según variables psicosociales y culturales.
Las desigualdades en la distribución del ingreso influyen en la criminalidad, aunque también influyan otros factores económicos, factores no económicos y otros factores psicosociales y culturales tan importantes como aquellas desigualdades económicas, que no son las únicas en producir tentación y acción criminal. Y que no tienen por qué operar en el mismo sentido todos ellos, siendo la ‘intensidad resultante’ de la ‘operación de fuerzas componentes’ producto de una compleja interrelación de ímpetus causales. Que otros factores puedan ser más responsables de producirlas no significa que los antiguos factores creídos como influyentes hayan dejado de serlo. Es una versión de que lo cortés no quita lo valiente.
Entonces, en términos cuantitativos: más criminalidad no supone más desigualdad económica; puede aumentar la criminalidad aunque no lo haga la desigualdad económica, porque ésta no es su única causa. Por ejemplo, como vimos, la desigualdad, aun menguante, puede ser más sentida como injusta u obstáculo, por razones de evolución cultural, como el consumismo; en esta situación una menor desigualdad puede originar una mayor criminalidad, porque importa crecientemente. Pueden aumentar ambas, lo que ha dado origen a la creencia en su vinculación; pero puede no ser siempre ni mayoritariamente así.
Así, no debería afirmarse que el aumento de la delincuencia no se deba a la desigualdad; el nivel de criminalidad no es dado solo por el nivel objetivo de desigualdad del ingreso, sino además por otras desigualdades y otros factores que hacen sentirla subjetivamente de modo diverso, como vimos con las deprivaciones absoluta y relativa, y con el caso de los indios religiosamente hindúes. Un joven urbano en el liberalismo capitalista sufre la injusticia y el obstáculo de la desigualdad a su urgencia consumista de un modo radicalmente diferente al de un joven de la India, que no considera a la desigualdad como injusta ni como obstáculo a su bienestar.
Como el nivel de criminalidad no depende solo de la desigualdad de ingresos, sino de muchas otras cosas, la no coincidencia de esos dos niveles no descarta su coincidencia eventual. El hallazgo de independencia empírica entre las evoluciones de la distribución del ingreso y de la delincuencia, que no mide otros factores independientes también influyentes en el factor dependiente, la delincuencia, no debe llevar a una inferencia teórica falaz sobre la relación teórica entre ellos, como una de independencia.
- Miopía teórica derivada de empirismo positivista cuantitativista
Pitirim Sorokin lo llamó, a fines de los 50, ‘quantofrenia’. Consiste en lo siguiente: radicalizando la necesidad de comprobación empírica de afirmaciones teóricas genéricas, se comete el exceso de aceptar la simple plenitud empírica de una asociación, o falta de asociación, como evidencia directa de la relación entre dos factores; la asociación empírica simple hallada entre dos factores (i.e. desigualdad de ingreso, variable independiente, y delincuencia, factor dependiente) hace olvidar que la variación de la variable dependiente no se debe solo a esa variable independiente sino a su influencia conjunta con más factores independientes ausentes de la empiria disponible, hiperbolizable como ‘realidad’ (confounding factors).
Por lo tanto, los niveles de la variable dependiente se deben a la independiente conocida, sí, pero no solo a ella, por lo que no se debe afirmar que los niveles de la dependiente se deben solo a los de la independiente conocida, sino a la influencia conjunta de ella con otras no conocidas. La atribución de una causalidad teóricamente compleja a una sola variable conocida empíricamente disponible es un caso claro de quantofrenia sorokiana, un empirismo positivista que se encandila con la empiria disponible, atribuyéndole toda la explicación de la relación; revelando, con ello, miopía teórica deslumbrada por la débil empiria a mano, e ignorando la complejidad teórica del caso.
La rica interpretación teórica de un dato empírico es hasta más importante que su pura cuantitatividad. El mismo dato, interpretado por alguien sin formación teórica, metodológica ni experiencia científica, no ‘dice’ nada; al contrario, ricamente leído nos proporcionará comprensión y hasta explicación, puesta por el sujeto cognoscente más que por el objeto conocido (aunque no se pueda ignora la ‘objetualidad’, que no es lo mismo que la ‘objetividad’).
‘Desigualdad económica’ no es sinónimo de ‘desigualdad total’; no encontrar empíricamente correspondencia desigualdad económica-criminalidad no permite afirmar que no haya correspondencia entre desigualdades y criminalidad, como vimos.
La utopía epistémica y filosóficamente ingenua del ‘dato puro’, y su consecuente privilegio metodológico respecto de la interpretación teórica del dato son errores persistentes que integran el síndrome quantofrénico: empiria cuantitativa por sobre teoría; positivismo por sobre conciencia del constructivismo del dato, nunca puro ni menos aún representativo de la ‘realidad’ primigenia, del ‘nuomenon’ kantiano; por algo Kant ocupa el total de sus 4 críticas filosóficas (de la razón pura, de la razón práctica, de la facultad de juzgar, de las costumbres) a las categorías mediante las cuales la humanidad construye lo que conoce y vive (las formas de ser durkheimianas: formas de conocer, pensar y sentir), incluidas las formas a priori mediante las cuales percibe sensorialmente junto a la elaboración cognitiva de ello. Pero, para él, las preguntas fundamentales se relacionan al cómo el sujeto elabora el producto cognitivo que trasciende creativamente el insumo sensible, el pobre y elemental ‘dato’, tan transformado por nuestras formas conceptuales y emocionales, y tanto menos útil y rico en su supuesto estado puro (que tampoco lo es).
Yendo a fondo, el dato es menos sin interpretación que la interpretación sin dato; con categorías interpretativas podemos conocer si disponemos de datos a los que aplicarlas; al revés, ninguna masa de datos podrá decirnos nada útil para comprender, explicar ni prever sin capacidad ni habilidad interpretativas.
Entonces, en el caso que estamos analizando, una simple empiria que parece decirnos que la desigualdad en el ingreso no causa criminalidad, puede conducirnos a afirmaciones falaces; solo su interpretación teórica nos permite extraerle riqueza, corregirla y evitar falacias quantofrénicas miopes.