Es fácil suponer qué se propone esta alianza encabezada por el imperio. En efecto, el pretexto que originó la integración de este núcleo de poder es el mismo que utilizó Trump para agredir militarme a la Venezuela bolivariana, para secuestrar a su presidente Nicolás Maduro y para robar su petróleo. El senador frenteamplista Daniel Caggiani calificó a este engendro de “cumbre de amigos”, aludiendo a la afinidad ideológicas de gobiernos cipayos y afines al emperador.
Realmente, no tienen vergüenza de reivindicar a este espurio conglomerado luego de que Trump afirmara, en referencia al español que hablan sus “socios”, “no voy a aprender su maldito idioma”. Pocas veces se ha visto una ordinariez de este calibre, que viola flagrantemente las normas más elementales de la diplomacia. Obviamente, esa actitud no sorprende de un presidente que apenas habla su lengua y carece de educación.
El acuerdo impone el uso de la fuerza militar, en forma preceptiva, para combatir presuntamente al narcotráfico y al crimen organizado. Sin embargo, es claro que actualmente la peor expresión del crimen organizado es Estados Unidos que, además de someter a Venezuela y haber iniciado una guerra de proporciones contra Irán que está desestabilizando la economía del planeta, amenaza a todos aquellos países que no se arrodillan.
Trump es el nuevo matón del barrio, émulo de su colega Richard Nixon, quien renunció en la década del setenta del siglo pasado antes de que el Congreso norteamericano lo destituyera por el escándalo de Watergate. Fue, además, un criminal de guerra que ordenó bombardeos masivos contra Vietnam y Camboya, hasta la vergonzosa derrota que le infligieron los patriotas vietnamitas.
También es una réplica empeorada del patético mandatario yanqui Ronald Reagan, quien ordenó la invasión a Granada e intervenciones en Nicaragua y El Salvador, de George H. W. Bush, quien en 1989 ordenó la invasión a Panamá y derrocó al presidente Manuel Antonio Noriega y, en 2001, encabezó una coalición militar que atacó Irak en el marco de la Guerra del Golfo. Dos años después, su hijo, George W. Bush, ordenó la invasión de ese país árabe, que culminó con el derrocamiento y la ejecución ilegal del mandatario Saddam Hussein.
Todos ellos son herederos del no menos patético mandatario Theodore Roosevelt que, a comienzos del siglo pasado, instauró la estrategia del “gran garrote”, que aplicó una agresiva política exterior en el continente americano.
Donald Trump, que ordena bombardeos a granel, asesina niños, mujeres y ancianos y apoya con armas, logística y dinero el genocidio perpetra por Israel en la Franja de Gaza, es el nuevo portador del “gran garrote” y, como tal, concita la irracional admiración de alcahuetes blancos y colorados que emitieron una declaración muy tibia cuando Estados Unidos atacó Venezuela y jamás condenaron la agresión militar.
Las lecciones de la historia, a menudo no bien aprendidas, nos enseñan que todos los imperios están condenados a desaparecer, por más que en el presente haya imperios económicos sin caras visibles, integrados por corporaciones multinacionales. La dictadura global del alienado presidente Donald Trump, que trae dramáticos resabios de una Guerra Fría que todos creíamos ya enterrada, corrobora que siempre está latente la pesadillesca amenaza de una potencia que invada otras naciones, viole groseramente sus soberanías y rapiñe sus riquezas. El mandatario yanqui, que además de ser un autoritario y un megalómano también es un ignorante, no sabe nada de historia y si algo sabe no la entiende.
En el devenir de la humanidad, sobran los ejemplos de los emperadores que creyeron que sus imperios serían eternos.
En el siglo pasado, a mediados de la década del treinta, el demencial dictador austro alemán Adolf Hitler, que asumió el poder en 1933, vaticinó un Reich de 1.000 años. Sin embargo, el imperio nazi duró apenas seis años, desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial en 1939 hasta la caída de Berlín registrada el 2 de mayo de 1945, cuando los últimos soldados alemanes que resistían se rindieron ante las tropas soviéticas. Empero, esa locura tuvo un dantesco saldo de casi 80 millones de muertos, entre ellos 50 millones de civiles.
Antes, en la segunda década del siglo XX, en el decurso de la Primera Guerra Mundial, desaparecieron cuatro imperios: el alemán, luego resucitado efímeramente por Hitler, el Austrohúngaro, el Turco Otomano y el Ruso, hegemonizado por la monarquía de la Dinastía Romanov, que fue definitivamente aplastada en 1917 por la Revolución bolchevique que instauró el primer estado socialista del planeta.
Otro tanto sucedió con el Imperio romano que otrora dominó la antigüedad, el cual duró más de 500 años unificado y más de 1.400 años cuando se dividió entre Occidente y Oriente.
Incluso, el Imperio persa, que es antepasado de los iraníes, hegemonizó parte del mundo conocido durante más de 200 años y lo mismo sucedió con el Imperio asirio que, entre su auge y su caída, detentó el poder global durante 1.400 años y hasta con el Imperio egipcio, que fue el más longevo, porque duró unos 3.000 años, hasta que fue arrasado por Alejandro de Macedonia.
El energúmeno Donald Trump no tiene más poder del que detentaron el dictador romano Cayo Julio César, el emperador romano Octavio, el faraón egipcio Ramsés II, el megalómano emperador corso Napoleón Bonaparte o el enajenado criminal Adolf Hitler. Todos esos imperios colapsaron y éste, que está viviendo su canto del cisne, no será la excepción.
Los políticos blancos y colorados, que demandan integrarse a este conglomerado liderado por un criminal de la peor laya y se hacen los distraídos ante las tropelías que está perpetrando el imperio del águila calva, parecen haber reprobado el examen de Historia Universal. La actitud de Pedro Bordaberry es congruente con sus orígenes, ya que su padre encabezó un golpe de Estado cívico militar el 27 de junio de 1973, con la bendición de la Casa Blanca. Como los genes mandan, el hijo del dictador, que fue ministro del peor gobierno de todos los tiempos encabezado por Jorge Batlle, se sigue hundiendo en las pestilentes cloacas de la obsecuencia.