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Columnas de opinión | Abrazo

El mito del Abrazo del Monzón

Lo que la historiografía oficial describió como un abrazo fue una patada en el traste. Juan Antonio Lavalleja capturó a Fructuoso Rivera a orillas del arroyo Monzón y lo mantuvo varios días prisionero

Incluso le perdonó la vida. Recién en tal cautiverio, Rivera cambió de bando, como tantas otras veces, y se sumó a una Cruzada Libertadora ya en curso y por la que no había hecho nada. Hasta ese momento había sido un traidor al servicio de los portugueses primero y brasileños después, pero hay que reconocer su oportuna voltereta, porque fue crucial para la suerte del bando patriota.

En el año 1825 la Banda Oriental estaba bajo dominio del Brasil que, tras el Grito de Ipiranga del 7 de setiembre de 1822, había sustituido al Imperio de Portugal.Los lusitanos habían invadido en 1816 y derrotado a José Gervasio Artigas tras cuatro años de guerra, con la complicidad de Montevideo y Buenos Aires.

A inicios de 1820, el jefe de los orientales cruzó el río Uruguay acompañado solo por sus más fieles seguidores, un puñado de indígenas y Joaquín Lencina, más conocido como el negro Ansina. Perseguido y traicionado también por caudillos federales de las Provincias Unidas, debió exiliarse en Paraguay. Cuando cruzó el río de los pájaros pintados donde el agua caracolea entre las piedras, miró por última vez su tierra. No lo sabía, pero aquel adiós sería para siempre.

El supremo comandante portugués era Carlos Federico Lecor, el "Barón de la laguna", que designó como su gobernador militar de la campaña al otrora teniente de Artigas, don Fructuoso Rivera. Y vaya si le dio frutos al imperio invasor. Rivera no sólo renegó, como tantos, del artiguismo intransigente, sino que ofreció sus dones para garantizar el orden imperial, acrecentar su poder personal y perseguir todo intento patriótico a lo largo y ancho de la Banda Oriental, bautizada como Provincia Cisplatina.

Todo aquel que renegara de ese dominio terminó en la cárcel, clandestino en su tierra o exiliado en Buenos Aires, donde importantes personajes ayudaron a los "orientales argentinos" a recuperar la provincia para la Unión de las Provincias del Río de la Plata, ya no según las ideas revolucionarias de Artigas, sino a merced de los intereses de las elites federales o unitarias, eso estaba por verse, que cocinaban a fuego lento la nación argentina aún dividida.

Uno de los motivos centrales, no el único, es que Portugal, continuado por Brasil, arreaba el ganado como los viejos bandeirantes para faenar en los saladeros de Río Grande do Sul. La reacción de los grandes estancieros y saladeristas bonaerenses, Juan Manuel de Rosas entre ellos, fue frenar una competencia intolerable que mermaba su negocio. El objetivo primario era quitarle la Banda Oriental al Brasil y, si se podía, anexarla como provincia unida.

No es casualidad que un gran comerciante oriental afincado en Buenos Aires, Pedro Trápani, estuviera entre los nuevos libertadores y fuera él quien, pocos años después, esbozó la idea de ser un estado independiente como una cuña entre el Brasil y la Argentina. Si a eso se le suma el Estado tapón pergeñado por Lord Ponsonby en favor de la paz comercial que le convenía a la industriosa Inglaterra, se desemboca directo en la Convención Preliminar de Paz que el 4 de octubre de 1828 firmaron los altos dignatarios, pero ningún oriental.

Volviendo al 19 de abril de 1825, tras pisar el húmedo arenal en la playa de la "graseada" (por el cebo derramado en sus arenas más que por la gracia de virgen alguna) los que nunca fueron treinta y tres juraron bajo el lema de Libertad o Muerte. En los primeros días necesitaban agrupar un movimiento. Lavalleja decide atravesar desde aquella costa de Soriano con rumbo este hacia los parajes al norte de lo que hoy es Cardona.

Allí capturan a un gaucho oriental de nombre Juan Baez, quien revela ser un artiguista pero reviste como soldado en las tropas imperiales al mando de Rivera. Según el testimonio dejado por Juan Spikerman (citado por Pivel Devoto en Epopeya Nacional), Baez se ofrece para atraer a Rivera con el engaño de haber hallado al escuadrón brasileño que procuraba su encuentro para aunar fuerzas. Fue así que Rivera llegó hasta el arroyo Monzón el 29 de abril, cuando lo embosca Lavalleja y lo captura con su escolta.

Así lo relata, en la carta que tres días después, el 2 de mayo, Juan Antonio Lavalleja le envió a su esposa Ana Monterroso. En ella le cuenta que "...continué mi marcha al interior de la campaña, y tuve noticias que Frutos venía en marcha de la Colonia a incorporarse a una fuerza de 300 portugueses que cruzaban la campaña, y ésta fue cortada por nosotros. Desatendí todas atenciones y me propuse perseguirlo día y noche y el 29 a las once de la mañana lo hice prisionero con 6 oficiales que le acompañaban y 50 y tantos soldados" y más adelante agrega "No te puedo pintar cual fue la situación de aquel hombre cuando se vio entre mis manos, me suplicó le librase la vida".

Además, en el Fragmento de las memorias inéditas del brigadier general Juan Antonio Lavalleja, escrita de su puño y letra, que existen en el archivo de su nieto Constantino, dice: "Hice prisionero a Don Frutos, en Monzón; quien me ofreció que si lo perdonaba me acompañaría en la empresa".

Por si faltara poco, según el historiador Carlos Machado, Lavalleja encuentra en la cartuchera de Rivera una autorización para ofrecer 1000 pesos a aquel que entregase su cabeza. Según semejante revelación, la misión de Rivera era la captura y muerte del líder de la Cruzada Libertadora.

A esta versión en favor de Lavalleja le surgió otra en espejo que favorecía a Rivera, aunque los testimonios se centran en relatos del propio Don Frutos intentando caer bien parado. A tal punto que, en una carta datada del 22 de octubre de 1826, Rivera le expresa de manera tenue a Julián Gregorio de Espinosa: "Yo no creo que el gral. Lavalleja mande tal Sumaria de que he sido su prisionero porque en ese caso sería más criminal que yo en razón de haber confiado el mando de las principales fuerzas de la provincia", y agrega que "con ningún prisionero se capitula de ese modo y si se hace, cómo se confía la suerte de un país a un prisionero", para redundar con que "luego si yo fui su prisionero y él me autorizó, es más criminal", tratando de refutar su prisión con que luego le confió un alto mando militar.

Hay que saber también que Lavalleja y Rivera habían sido muy cercanos antes. A tal punto que en 1816, justo cuando Juan Antonio iba a casarse con Ana, cayó prisionero de los portugueses en un combate en Tacuarembó. La boda no se suspendió y fue Fructuoso Rivera quien sustituyó al novio en el altar para legalmente representarlo en ausencia.

Rivera fue muy importante al pasarse a la revuelta y aportó su peso como dueño militar de la campaña, su conocimiento personal de las fortalezas y debilidades del ejército brasileño, además del manejo de su red de contactos con estancieros y comerciantes, pero siempre actuó para perpetuar su poder. Fue decisivo contar con él. Si hubiera seguido fiel a Lecor y al Brasil, la Cruzada Libertadora probablemente hubiera fracasado. De lo que no hay duda es de que fue el mejor representante de la élite criolla que quería independencia pero no tanta, que erosionaba el orden colonial en favor de la libertad de sus negocios porque su noción de patria siempre fue la hecha a su imagen y semejanza. Por eso transó y fue elegido por Brasil y por Inglaterra como el hombre fuerte que se impuso a los orientales proargentinos.

Lo que también está fuera de duda es la disputa historiográfica que se ha perpetuado en el tiempo, ya que Rivera terminó siendo el fundador del Partido Colorado y Lavalleja, sin encajar del todo, adhirió a las huestes de Manuel Oribe, que derivó en el bando de los blancos y posteriormente en el Partido Nacional. Hay aristas en Lavalleja que trascienden esa divisa. Por algo no figura en el panteón de sus héroes ni lo nombran demasiado.

En medio de la complejidad de las posturas de aquella época y las vicisitudes históricas del devenir de las divisas tradicionales, la semana pasada saltó una polémica producto de un error de fechas por parte del historiador Gerardo Caetano. En un audiovisual documental de Presidencia de la República, con varios historiadores analizando los hechos de 1825, Caetano mencionó a Rivera como colaborador del Imperio del Brasil aun para el 25 de agosto de 1825.

Tal postura, verdadera en términos del innegable colaboracionismo de Rivera con el invasor y su connotada traición al artiguismo, quedó mal datada en un relato oral que fue editado y difundido sin la revisión adecuada, exponiendo al historiador por tan mínimo detalle. Es cierto que para la fecha de la Declaratoria de la Florida, aunque no participó de la asamblea, Rivera ya había cambiado de bando unos tres meses antes.

La pequeña confusión en medio de una larga narración oral de Caetano (grabó 45 minutos y quedaron 5 en la edición) fue recusada por figuras del Partido Colorado que cargaron las tintas sobre el ínfimo error en la fecha, con la total intención de esquivar el bulto sobre el comportamiento del fundador de su partido, algo que pretenden mantener inmutable de acuerdo a versiones oficiales impuestas desde el poder durante 200 años.

Como explicaba Hannah Arendt, la política es acción y discurso, en el sentido del imprescindible relato que se instala y perpetúa versiones historiográficas y visiones ideológicas en favor de determinados intereses. El relato sobre el Abrazo del Monzón y el papel ignominioso de su fundador obliga a los colorados de hoy, y alguno de ayer como Julio María Sanguinetti, a intentar tapar el sol con un dedo. Tal vez porque a ellos mismos se les hace cuesta arriba su debacle actual y, encima, lidiar con el pasado reciente del último tercio del siglo XX, en el que tantas figuras, figuritas y figurones colorados tuvieron la misma actitud que su fundador; ya sea la represiva en el pachecato y colaboracionista durante la dictadura, o simplemente la cómoda de desensillar hasta que aclare. El riverismo colorado vive y lucha.

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