Esa diversidad tiene que ver con la presencia de un fenómeno potente: el individuo se asume diverso y con valores, sensibilidades y gustos diversos. Eso puede llamarse libertad individual o el individuo convocado para exponer su individualidad.
Ese tránsito sobre todo desde los años 70 y 80 deviene en una promoción del individualismo. O sea: el individuo que se movía más o menos en clave colectiva pertenecía a un algo superador de su individualidad se abre paso en las nuevas sociedades y desemboca en el fomento del individualismo. Parece claro que el auge del neoliberalismo Reagan, Thatcher, Pinochet controvierte los modelos imperantes en las sociedades occidentales. El Estado de bienestar nacido para combatir el colectivismo que emanaba de la URSS comenzó a mostrar grietas. La sanidad dejó paso a la mercantilización de la salud, la educación transitó el mismo derrotero y el Estado ya no fue concebido como una herramienta protectora del interés general, sino un obstáculo del desarrollo individual.
Si antes el Estado garantizaba cuestiones mínimas con matices marcados en los diferentes países, ahora, en retirada, el individuo se vio o se ve enfrentado a su propia y única batalla: sobrevivir. En ese marco nacen los vigorosos discursos de la meritocracia, promovidos vaya casualidad por las derechas occidentales. Como diciendo: tú te perteneces y no esperes nada del Estado. Hacé mérito, que todo saldrá bien. Las primeras generaciones de esa época enseguida se vieron en problemas. Las promesas de bienes de la sociedad de consumo no estaban a la vuelta de la esquina. Menos mal que apareció China y el “todo por 2 pesos”. Pero al no alcanzar los bienestares prometidos tras trabajar 12 horas, aparecieron la ansiedad, la angustia, la inseguridad y la incertidumbre. La inseguridad ya no es si alguien te afana el celular o te mete una bala; la inseguridad adquiere otra dimensión: qué será de mi empleo, de mi futuro, del lugar en donde viviré, de mi jubilación.
Fentanilo, diazepam y la angustia
“Antes los franceses bailaban alrededor del vino, que es una droga, y sus fiestas eran enormes en los pueblos franceses. Hoy no hay sino soledad”, dijo Gustavo Petro, presidente colombiano.
“El capitalismo, en su fase más tardía, llevó a las sociedades que hoy consumen drogas a la soledad y por eso consumen drogas. La droga reemplaza la falta de afecto y la soledad”, dijo Petro en un discurso reciente.
“Cada etapa del capitalismo tiene su droga (…) sociedades que se van quedando sin amor, que van rompiendo las comunidades, porque hay que competir y entonces el hombre del éxito y la mujer del éxito y lo que ven por los comerciales”, agregó.
Estados Unidos “produce” 100 mil muertos jóvenes al año. Dos veces la guerra de Vietnam. “La cocaína en Estados Unidos mataba cuatro mil al año. Y la marihuana, ninguno. Ninguno. Y ahora son 100 mil. Con fusiles, con calabozos, con cárceles privadas, metiendo a otros diez millones de norteamericanos a la cárcel. ¿Así se va a acabar?”, agregó Petro.
El politólogo Juan Carlos Monedero, profesor de la Universidad Complutense de Madrid y fundador del partido Podemos, escuchó las palabras de Petro.
“El capitalismo del bienestar, con pleno empleo, tuvo al hachís y al alcohol como drogas para relajarse (en América Latina y EEUU, la marihuana). La destructiva desindustrialización neoliberal trajo la heroína, droga para destruirse. La etapa de capitalismo financiero de Wall Street trajo la cocaína, droga para estimularse. La larga crisis neoliberal trajo las drogas sintéticas, constructoras de mundos paralelos y de distracción. La fase final del neoliberalismo está poniendo en las calles el fentanilo, otra vez una droga de muerte y destrucción. Productores, cárteles, se mueven con el ‘mercado’. Pero hay algunos que siempre, siempre, se han enriquecido con las drogas. Siempre han sido los mismos”.
Monedero toma líneas de reflexión de Paul Ariès, politólogo francés, autor de unas cuarenta obras sobre los "daños de la globalización".
Dijo Ariès: “El capitalismo es una respuesta a nuestras angustias existenciales, al miedo a morir, al sentimiento de finitud. Hay que reconocer que el capitalismo nos hace disfrutar. Pero se trata de un disfrute del ‘tener’, de la acumulación, del ‘siempre más’: más riqueza económica, más poder sobre los demás, más poder sobre la naturaleza. Mientras no tengamos otro disolvente para nuestras angustias que el del capitalismo, sólo podremos estar en un combate defensivo. Así pues, la gran apuesta hoy día es la de pasar del disfrute del ‘tener’ al disfrute del ‘ser’. Es recordar que el ser humano es ante todo un ser social”.
Ariès recuerda: “La primera riqueza de los pobres, de la inmensa mayoría de los seres humanos, son los servicios públicos, el bien común”.
"Hacía tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo”, escribió Juan Rulfo en su obra “Pedro Páramo”.
NOTA
El gráfico que se adjunta fue realizado por la Universidad de Rosario (Argentina) en base a datos del Observatorio de la Deuda Social Argentina. Este estudio se difundió en un trabajo sobre coyuntura y manipulación. En ese estado de “malestar psicológico” creció Javier Milei y sus propuestas mágicas.
Malestar psicológico