Parece insólito que esta mujer, que públicamente no es nadie, siga teniendo prensa y pantalla. Empero, este es uno de los casos más típicos de pérdida de memoria, porque ya no se acuerda de cuando era comunista ni cuando era sindicalista. Si se hubiera acordado, jamás hubiera traicionado a su clase social cuando se incorporó a un partido político como el Partido Nacional, que es de extracción burguesa, cuyos militantes la abuchearon la noche en que fue proclamada para acompañar en la fórmula a Álvaro Delgado, quien fue electo candidato a la presidencia para las elecciones de 2024. En lenguaje campero, sigue siendo un sapo de otro pozo y muchos de sus nuevos correligionarios la responsabilizan por la derrota electoral.
Parece insólito que Valeria Ripoll critique a sus propios excompañeros, cuando hace tres años, siendo integrante del Secretariado Ejecutivo del PIT-CNT, fustigó ácidamente al gobierno de Luis Lacalle Pou por sus brutales recortes presupuestales y por la actitud adoptada en los Consejos de Salarios, de clara connivencia con las patronales. Realmente da vergüenza ajena verla revolcarse con sus enemigos de clase.
A ese coro de diatribas a nuestra central obrera se sumó el presidente del Honorable (Deshonorable) Directorio del Partido Nacional, Álvaro Delgado, quien consideró que “se volvió a escuchar un discurso anclado en el pasado”. El dirigente optó por no concurrir al acto, pese a que ahora su colectividad no está en la línea directa de fuego, porque ya no es gobierno. Según Delgado, el mensaje del Día Internacional de los Trabajadores “debió mirar hacia el futuro del trabajo, pero en su lugar se volvió a escuchar un discurso anclado en el pasado y, al mismo tiempo, con una crítica selectiva que cambia según las circunstancias”.
En tal sentido, el exsecretario de Presidencia cuestionó que se mire el mundo “desde viejos sesgos ideológicos y con poco espacio para hablar de tecnología, empleo e inversión”.
Por su parte, el no menos impresentable diputado colorado Gabriel Gurméndez, quien despistó cuando, siendo presidente de Antel, intentó sin éxito hundir a Carolina Cosse denunciándola por presunta corrupción en la construcción del Antel Arena, acusó a la central obrera de mantener un discurso “sesentista y fosilizado”. Además, señaló que actúa con “desprecio autoritario” ante la voluntad popular, en el contexto de discusiones sobre el funcionamiento de las AFAPs.
Evidentemente, ninguno de estos esperpentos escuchó los tres discursos del multitudinario acto, que tuvieron diversos énfasis pero, en todos los casos, formularon críticas al gobierno de Yamandú Orsi por no aplicar un adicional del 1 % al Impuesto al Patrimonio a los más ricos; por esbozar, en el caso del ministro de Economía y Finanzas, Gabriel Oddone, que el presupuesto podría ser ajustado a la baja en la próxima Rendición de Cuentas, y por no coincidir con el movimiento sindical en su visión crítica a las AFAPs. Por supuesto, se valoraron algunos avances registrados en estos trece meses de gestión, aunque se exigió acelerar y profundizar los cambios comprometidos en la campaña electoral.
Más allá de eventuales afinidades con el gobierno del Frente Amplio, el movimiento sindical demostró, una vez más, su independencia de clase. Eso es lo que más le debe molestar a la derecha que, por su falta de sintonía con las demandas del campo popular, no logra representación en los sindicatos. Obviamente, los sindicalistas tienen memoria y saben muy bien que los únicos avances logrados en beneficio de la clase trabajadora en los últimos sesenta años se registraron en los tres primeros gobiernos de izquierda de la historia.
Nos detendremos particularmente en tres expresiones: “Anclados en el pasado” y “discurso sesentista” y “fosilizado”. Realmente, anclados en el pasado y fosilizados están los blancos y los colorados, que siguen odiando visceralmente al movimiento sindical porque es el único capaz de enfrentar los desbordes autoritarios de las patronales explotadoras, que siempre fueron aliadas estratégicas de la derecha, incluso durante la dictadura liberticida.
No es cierto que la actual central ahora esboce un discurso de la década del sesenta, ya que, al igual que el Frente Amplio, ya no propone las nacionalizaciones del comercio exterior ni la reforma agraria, ni la abolición del latifundio. Hoy, en un país recalcitrantemente conservador, las proclamas y los lenguajes mutaron. Ahora, la plataforma reivindicativa pone el acento en el empleo, el salario, la reducción de la jornada laboral y la justicia social. Son demandas que debería compartir todo el arco político. Sin embargo, no es así, porque la derecha es cerrilmente reaccionaria, retrógrada, prooligárquica y, además, padece un agudo deterioro cognitivo.
Tampoco son sesgos ideológicos del pasado los formulados por el PIT-CNT. Son del presente, porque, seis décadas después, el capital se sigue apropiando de la plusvalía, sigue pagando salarios paupérrimos y sigue avasallando derechos laborales.