En homenaje a la memoria de Martín quiero reproducir textualmente esta anécdota de aquellos tiempos de 1959, redactada hoy, no por mí, ni por Carlos con sus reconocidas dotes de narrador, sino por nuestro hermano Francisco Fasano Mertens, el cineasta de la familia, quien apeló a su exquisita memoria para recuperar del pasado esta lección de la vida solidaria.
He aquí el texto de Franqui:
“La quinta década del siglo XX estaba finalizando, tres hermanos adolescentes empezaron a ir al ‘Comedor obrero-estudiantil’, donde con un costo muy reducido se podía almorzar.
Si bien era muy básico y reiterado su menú, permitía alimentarse.
En la casona donde se daba el servicio estaban bien diferenciados los espacios, uno más amplio e interno, destinado a los obreros, y otro más pequeño, con ventanas a la calle, para los estudiantes.
Además de esa diferenciación visualmente clasista, donde no se “contaminaban” los trabajadores corporales con los aspirantes al desarrollo intelectual, había dos aparentemente menores y curiosas diferencias: los estudiantes teníamos un vaso de vidrio donde se nos servía leche, pero los obreros recibían el esencial derivado de la vaca, en uno de aluminio. También en nuestro caso, como agregado VIP, se nos daba una cucharita para comer el postre, una crema muy espesa, ideal para pegatinas nocturnas. En el sector obrero, el mismo postre se comía limpiando la cuchara con la que se había tomado el infaltable plato de sopa, generalmente con un poco de miga de pan, reservada para ese fin”.
En esos encuentros de mediodía, convergían Martín y Daniel Ponce de León, con quienes la vida nos volvió a reunir en tantas otras patriadas de búsqueda de justicia. A horas de la partida de Martín, vaya este recuerdo/homenaje.
Esas diferencias, injustificadas, entonces y lo serían ahora también, nos parecieron inaceptables tanto a Martín como a Daniel y a nosotros tres, los Fasano Mertens recién llegados de la vecina orilla y empezamos a movilizarnos consultando a quienes estaban a cargo, y hablar con otros concurrentes, tanto fueran estudiantes como obreros.
En un principio les llamó la atención nuestra preocupación sobre ese tema, al que estaban acostumbrados y no percibían la discriminación (e ideología) que encerraban esas diferencias, algunos se sumaron a la indignación, otros se encogieron de hombros y siguieron comiendo.
No era una gran gesta, pero nosotros lo sentíamos como esencial, pagábamos lo mismo y nos daban ciertos “privilegios” por nuestra condición de estudiantes.
Agitamos todo lo que pudimos, escribimos una nota, solicitamos entrevista, y finalmente el director de la repartición que tenía a cargo ese servicio público, sin lugar a dudas beneficioso para trabajadores y estudiantes, nos recibió en su despacho, creo que más por curiosidad, para ver las caras de estos “revoltosos” cuyas edades iban de los 14 a los 19 años, que preocupado por el reclamo.
Fue amable, escuchó y nos dijo que iba a resolver ese tema de las diferencias manifestadas entre obreros y estudiantes; era un viernes.
El lunes siguiente ya se había modificado el servicio y su estructura, se logró la igualdad; ya todos estábamos juntos, no había sectores, cualquiera se podía sentar en cualquier lado, los vasos con leche eran todos de aluminio y las cucharitas para el postre dejaron de existir, la miga de pan había potenciado su presencia limpiadora. Querían igualdad, ahí la tienen.
La mirada de odio de algunos de nuestros colegas estudiantes, por lo que habían perdido, no opacaba la satisfacción de los obreros que podían comer junto a una ventana, ni la nuestra por haber podido reparar la injusticia.
¿Que el poder, siempre que puede, se toma revancha y nivela para abajo? Sí, lo comprobamos ahí y a lo largo de los años posteriores, pero algo quedó claro; nunca toleraríamos los privilegios, lucharíamos contra ellos, eso nos produjo grandes inconvenientes personales (cárcel, exilios, etc.), pero la paz interior de no bajar los brazos, como la miga de pan, nos permitió siempre tratar de limpiar esas suciedades que los poderosos generan día a día.