Desde los colegios privados de distinto porte -hablo de Scuola Italiana, Liceo Francés o Sagrada Familia- uno encuentra pistas de un germen “comunista” que se cuela en las pieles de los niños y pone en aprietos a la ortodoxia liberal, muchos de cuyos exponentes mandan a su hijos y nietos a esos colegios. Es rarísimo porque ellos son los saltimbanquis del individualismo. Observemos lo siguiente: desde hace mucho tiempo en todo el sistema educativo se impulsa la “merienda compartida”. Se trata -según docentes- de una práctica que proviene de una idea de favorecer la integración de los gurises, disminuir las brechas sociales entre ellos (algunos llevan un pan con manteca y otros llevan plata para comprarse lo que quieran). El asunto es que esa herramienta “comunista” y “cooperativa” tiene la misma filosofía que la túnica blanca y el moño azul. Iban iguales a la escuela, los hijos del contador o del peón de la construcción.
Nacida en el subsistema público, la “merienda compartida” se extendió a los privados, a los jardines de infantes, a los CAIF y hasta los clubes deportivos.
-¿Comparto contigo?- me dice mi nieta de dos años y medio, mientras me ofrece pasas de uva de su tupper de merienda.
Va a un CAIF y su madre es maestra. Ni mi nieta ni mi hija son comunistas. (¡Ni Dios lo permita!) ¿Qué hacen esos niños cuando van escalando grados? La “merienda compartida” se extiende incluso hasta Secundaria y UTU. Esos valores están metidos en el ADN uruguayo y forman parte de esas cosas que andan por debajo de la superficie de la anécdota, la difamación o la estupidez. (Un estudio realizado por la OPP en el año 2018 reveló que ese valor -la solidaridad- integra una lista de diez valores que los padres promueven en sus hijos.
El individuo precario
¿La utopía liberal radical a qué aspira? Con cierta ingenuidad, creen -angelitos de Dios- que la “meritocracia” -hija del individualismo- es la clave de la evolución del hombre. Hacer méritos y no esperar que el Estado vele por ellos. Ni tan calvo ni con tanto pelo.
El problema central es cuando las sociedades, los países, las ciudades, los barrios y las familias deben enfrentarse a severos desafíos. ¿Se juntan o cada quien arranca para donde le parezca? Daría la impresión de que juntos es mejor. David Le Breton es un sociólogo y antropólogo argentino, profesor en la Universidad de Estrasburgo y autor, entre otros libros, de Antropología del cuerpo y modernidad, Antropología del dolor o El silencio. Escribió: “Vivimos en riesgo. El mundo es imprevisible, aunque las empresas aseguradoras se empeñen en asignarle un valor a los peligros que acechan a cada persona”. Reconoce que el “riesgo” se encuentra en el centro de la “condición humana” y que “no existe, para nadie, ningún camino trazado con antelación”. Añade que desde niño se “aprende a dominar los temores, a asumir los riesgos simbólicos que afectan su identidad”. Aun en esa precariedad del individuo, bien vale la pena reflexionar: ¿solos o acompañados? ¿Aislados o comunicados? ¿Con merienda según el bolsillo o con “merienda compartida”?
La responsabilidad de la merienda
En el año 2020 César Rendueles, sociólogo y ensayista español, escribió el libro Contra la igualdad de oportunidades. Un panfleto igualitarista. En declaraciones al semanario Brecha , en julio del año pasado, Rendueles dijo que la “igualdad de oportunidades” es compatible con la “meritocracia”. “Hoy mucha gente conservadora desconfía de la igualdad porque le parece que es incompatible con la responsabilidad, el esfuerzo y el cumplimiento de obligaciones. A veces la izquierda trata esas inquietudes con condescendencia. A mí, en cambio, me parecen preocupaciones legítimas y creo que, depuradas de la ideología meritocrática, apuntan a dimensiones profundas del igualitarismo profundo. La igualdad es un sistema de obligaciones tanto o más que un sistema de derechos”.
En este marco, tan bien descrito por Rendueles, la “merienda compartida” sigue siendo un eje de importancia en la construcción de valores. Adviértase que para que haya “merienda compartida” debe haber decisión, responsabilidad y cumplimiento de las obligaciones. Solo así se registra una suerte de “igualitarismo profundo”. Solo así, parece, se frenan, jaquean o limitan las obscenidades que nos muestra el mundo.