Me resulta inexplicable como simple ciudadano (mucho más habiendo estado una década en la cartera y conociendo los procedimientos que se instruyen en situaciones como esas), que no se hubiera realizado ninguna intervención durante ni después del incidente. Porque no fue solo el lapso que duró el viaje, hubo todo un partido de fútbol de tiempo para poder realizar alguna intervención que no dejara en absoluta impunidad el hecho.
Esto que pasó me trajo rápidamente a la memoria el incidente ocurrido en ocasión de un partido entre Peñarol y Cerro en el Campeón del Siglo donde unos 200 hinchas del albiceleste destrozaron las instalaciones de la tribuna donde se alojaron y arrojaron pedazos de lozas obtenidos de los baños vandalizados con el penoso resultado de una mujer a la que hirieron en la cabeza. Lesiones gravísimas que pudieron ocasionar un resultado trágico que no tuvo ninguna acción policial que mereciera reconocimiento sino todo lo contrario. Porque en esa oportunidad, los hinchas no solo no fueron retenidos sino que se permitió su salida antes que el grueso de la hinchada local. Se fueron cuando era de sentido común retenerlos dando cuenta a la Fiscalía para que tomara acciones y no quedara impune un hecho de esas características.
Ahora pasa esto que se asemeja a una especie de zona liberada donde muchos menos que entonces (no más de 50) amenazan a un trabajador y toman por la fuerza un ómnibus con pasajeros - que nada tenían que ver con sus intenciones - que también fueron víctimas del atropello.
Olor a podrido...
Algo está pasando y no sabemos qué, con la policía uruguaya. Acá hubo demasiada impunidad como para no pensar en una mano negra que dejó una zona liberada para estos delincuentes y es necesario que las autoridades tomen las medidas que haya que tomar para evitar que siga pasando.
En momentos de un cambio sustancial en la cúpula de la mayor jurisdicción de la Policía Nacional como es la Jefatura de Montevideo, me resulta llamativo que ocurra un hecho de esta naturaleza y que tenga aristas similares a casos recientes, con protagonistas que se repiten y con el fútbol como excusa.
Julio Guarteche solía decir que podían hacerse los mejores procedimientos policiales, las mejores investigaciones y tener los mejores resultados pero que bastaba una mala actuación para echar por tierra todo lo bueno que se hubiera logrado.
Me consta que hay muy buenos policías, conozco a muchos y sé de su compromiso y profesionalismo. Pero también tengo claro que la corrupción es un flagelo que contamina y se expande rápidamente minando a las organizaciones en las que se infiltra. Hubo una administración que luchó frontalmente contra la corrupción y hoy parece estar sepultada por un olvido imperdonable. Hoy es imposible acceder al acervo histórico de la administración de Eduardo Bonomi, esa que hizo una profunda transformación en el Ministerio del Interior mal que les pese a muchos. Hoy no podemos acceder al viejo portal de información que supo construir y que es la prueba irrefutable de su gestión. Una gestión que trasciende los números fríos de delitos, y que constituyó los cimientos de quienes le sucedieron. Esos que no lo reconocen pero saben que se hizo.
Hay un clima raro que deja flancos como estos al descubierto y que permiten que la impunidad cale en una sociedad que se resiste a aceptar que se hable de Estado fallido por parte de quienes tienen un alto grado de responsabilidad por sus pésimas decisiones. Esas que generaron este estado de situación que hoy padecemos. Porque es innegable que si se dejaron de ver las cámaras en tiempo real durante cinco años, es muy difícil que ese “músculo” vuelva a activarse de un día para el otro. Si dejamos caer la infraestructura, no se hace un adecuado mantenimiento, los servicios también se caen. Si llenamos las comisarías de gente y no los ponemos en la calle, la sociedad se siente indefensa. Mucho más si van a la seccional y los tratan mal o no les toman las denuncias con excusas increíbles. La pasada administración multicolor vino con la idea de desplazar a todos los que trabajaron para la era frenteamplista y trajo a los peores de la clase, muchos de ellos terminaron destituidos por flagrantes casos de corrupción. Una corrupción que hizo caer también a la cúpula política.
Es imperioso dar una señal clara y contundente que haga de la respuesta policial una herramienta útil y confiable. Lo peor que nos puede pasar es que la ciudadanía pierda esa confianza que daba la mejora de la respuesta policial, con las nuevas tecnologías y aplicaciones asociadas a la misma. Hubo un tiempo donde eso era motivo de orgullo y una de las razones que llevaron a la Policía Nacional a recuperar niveles de confianza superiores al 60%.
Es necesario que hechos como los ocurridos no se repitan y que la respuesta a la emergencia tenga el carácter y la velocidad suficiente para que sea un recurso útil en tiempo real y no una decepción.
Si algo raro está pasando, es momento de ponerle fin.