Educación. Al igual que con la seguridad/inseguridad, la educación estuvo en agenda en el debate público. Hubo una construcción vigorosa de que el Frente Amplio no había hecho nada y que estaba gobernado, en esa materia, por los sindicatos de la educación. Los números de las distintas evaluaciones internacionales más inoperancia comunicacional de los distintos gobiernos de la izquierda dejaron el camino limpio para la construcción de un relato critico hacia los gestores del FA en materia educacional. En ese marco, desde antes de las elecciones de 2019, se fue construyendo un clima desde una ONG para elaborar un diagnóstico y una batería de acciones terapéuticas. Eduy21 fue un ariete que perforaba a la izquierda y que, en los hechos, permitió ocultar el enorme crecimiento en la inversión en infraestructuras educativas y los cambios que efectivamente y con éxito se llevaron adelante. No se pudo contra el embate crítico. Fundamentalmente por el poder de las élites conservadoras, la incapacidad comunicacional y por acciones miopes de los sindicatos de la enseñanza. El combo era perfecto. Las élites de derecha vieron que la mesa estaba servida y articularon su discurso acerca de una reforma educativa. Y así llegó el plan de “transformación educativa” que se lleva adelante desde el Codicen. El mismo -complejo y con dificultades- está acompañado de acciones punitivas contra los sindicatos. Entonces, la propuesta del gobierno tiene dos vectores eficientes: 1) llevamos adelante los cambios “que la gente reclama” y 2) cuestionamos -hasta penalmente- a los sindicatos, a quienes imputamos todos los males del universo educativo. Nuevamente, desde lo comunicacional, se sintoniza con buena parte del electorado.
LAS JUBILACIONES. El diagnóstico era claro: hay que reformar el sistema porque se está volviendo insostenible. Hay acuerdo entre todos los partidos políticos. Pero ¿qué reforma? “No vamos a tocar la edad de jubilación”, dijo un Lacalle candidato. Hablaba del tema, pero no tocaba la edad. Se comprometía a la reforma, pero no se metía en líos. Eso fue en la campaña electoral. Sintonía total con las audiencias. Llegado al gobierno, la realidad lo pasó por arriba, como con otros temas. Avanza en la reforma jubilatoria, aumentando la edad de retiro y sin tocar el agujero sin fondo de la caja militar, a la que obscenamente se le destinan 500 millones de dólares por año. Habrá reforma de la seguridad social, arrincona al Frente Amplio que no la apoya y Lacalle se erige como el candidato que cumple. ¿De qué manera cumple? Eso es otra historia. Hacia su electorado, cumplió.
La hiperactividad. El presidente Lacalle observó que el país venía de tres gobiernos de izquierda con presidentes mayores de 70 años. Eligió eso para ser otra cosa. Comunicacionalmente entendió que debía fijar una frontera visible, constatable con los presidentes viejos de la izquierda. Todo un mensaje. Superada la pandemia, Lacalle diseñó una estrategia de hiperactividad que lo mostraba cercano y transparente. Se hace selfies con sus adherentes, atiende amistosamente a la prensa, un día está en Rocha y al día siguiente en Artigas. Su actitud vigorosa contiene, incluso, ademanes hasta adolescentes: surfea, come panchos en La Pasiva acompañado de una cerveza, va a ver a Boston River y se come un chorizo, desciende de un helicóptero en una cancha de rugby, usa gorrito con visera, sale de vacaciones con sus hijos, va a un cumpleaños de 15 en el interior, se muestra pícaro y conversador. Todo esto acompañado de un cierto relato -por orden de su asesor en comunicación- de utilizar la palabra “récord” e “histórico” ante la difusión de cifras en distintas actividades. La realidad ha mostrado que ha sido una operación y que en la mayoría de los casos en donde se han citado ambas palabras, no hubo “récord” ni datos “históricos”.
Pero lo más importante: esa hiperactividad les recuerda a los votantes de la coalición multicolor que él le ganó al Frente Amplio. Y eso tiene un enorme valor histórico. ¿Cómo no ser leal a un tipo que le ganó a los comunistas y tupamaros?
Final. Iván Redondo es un experto español en comunicación política. Hasta hace poco estuvo orientando la comunicación del presidente español, Pedro Sánchez. Redondo ha dicho: “Entender las victorias culturales para entender las victorias políticas”. O sea: el desafío es hurgar en los fenómenos humanos, saber y conocer y no utilizar los caminos cortos de la descalificación barata que degrada a quien la expresa y no conduce a nada.