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Columnas de opinión | política

Reseña del regocijo arriba y la dignidad abajo

Los últimos hechos protagonizados por dirigentes del Partido Nacional en el interior del país muestran la cara más abyecta de la corrupción: la de la jactancia.

Tal alarde está basado en en el poder económico, y su trasvase en poder político, que blinda con impunidad la ausencia de principios en sus prácticas cotidianas.

El espanto de la caravana a Villa Noblía acarreando correligionarios desde Melo, la entronización del patriarca del clan Caram en un nuevo cargo público en Artigas, o la consuetudinaria maniobra del intendente Besozzi desviando dineros de la Intendencia de Soriano a un taller mecánico armado por su primer suplente se unen al rosario de hechos delictivos protagonizados por lo que desde hace mucho se denomina "blancos pillos" en el habla popular.

El problema no solo está en el modus operandi que utiliza a un partido político tradicional como una asociación para delinquir. Es necesario analizar las características sistémicas que le dan sustento material y sentido político real y simbólico en la sociedad uruguaya.

Existe una densa trama social que sostiene estas prácticas porque son funcionales al statu quo. No se trata de males menores o situaciones coyunturales producto de casos aislados (ese eufemismo hipócrita tantas veces repetido) sino de relaciones sistémicas profundas que expresan causas estructurales.

El idiotismo rural en Marx (confundido también con el cretinismo rural de origen médico) alude al atraso secular del campo en relación a las sociedades urbanas en función de las distintas relaciones sociales establecidas por el aislamiento y la evolución de ideas y prácticas desarrolladas en ámbitos tan dispares.

El desarrollo capitalista arrastra resabios feudales y hasta esclavistas producto de diversas particularidades, tanto en la base estructural como en sus variadas formas superestructurales, ya que los diversos tránsitos de una formación económico-social a otra se dan usualmente imbricando múltiples desigualdades y atavismos a cada viejo régimen. Es así que perduran en las nuevas relaciones sociales, particularmente en el denso entramado jurídico o en la representación política de las clases, como suele darse en la dirección de "honorables directorios" de partidos o en bancas del Poder Legislativo.

De esta manera, es posible analizar el cretinismo rural en sus manifestaciones económicas pero también lo encontraremos en su peculiar concepción de moral, e incluso en la identificación en lo que se denomina la "bancada ruralista" en pleno siglo XXI, que en el Uruguay procura nuevos bríos y exige análisis que exceden esta nota.

En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels utilizan la palabra "cretinismo" para referirse al atraso del mundo rural en contraposición a los avances promovidos por una burguesía aún en lucha contra la aristocracia rancia de la nobleza. "La burguesía somete el campo al imperio de la ciudad. Crea ciudades enormes, intensifica la población urbana en una fuerte proporción respecto a la campesina y arranca a una parte considerable de la gente del campo al cretinismo de la vida rural", afirmaron en aquel enero de 1848 en Londres cuando un fantasma recorría Europa y ellos le llamaron camarada.

Vale recordar aquí que las dos clases emergentes en el sistema capitalista no son denominadas por su rasgo esencial sino por una característica casi secundaria: el proletariado es así llamado porque sus integrantes tienen prole. En las durísimas condiciones de existencia cada hijo era un imprescindible sujeto productivo por su pronta integración al trabajo (infantil), que era parte normal del sistema.

En el lado opuesto, la burguesía es así nombrada porque proviene de "burgo" y refiere al nacimiento de las urbes y al burgués como un gentil hombre habitante de esos espacios nuevos donde florecía la producción y el comercio. La burguesía será una clase social nacida y crecida en las ciudades y es en ellas donde permeará con fuerza su ideología punzante y renovadora en contra del antiguo régimen. Desde allí romperá los lazos que ataban a los campesinos, quienes, migrando del campo a la ciudad, serán la mano de obra "libre" que la Revolución industrial necesitaba para apropiarse de su fuerza de trabajo.

La idiotez política

Marx hablaba de la idiocia del mundo rural. Aludía, no a lo que la medicina catalogó como una severa discapacidad intelectual mental y física, sino al concepto de idiota en la Grecia antigua, cuando esa palabra definía al egoista indiferente a la cosa pública o, peor, al que pretendía que la política no lo alcanzaba ni le concernía. Así fue que aquella denominación se volvió un estigma y terminó derivando en un insulto producto de tan grande incapacidad para comprender sus propios intereses. Ya en el siglo XX, Bertolt Brecht completó ese análisis con lo que denominaba "analfabeto político", entendido como un ser que no es sujeto sino un objeto político sometido a los poderosos. A tal punto que lo define en su poema como el que "es tan burro que se enorgullece e hincha el pecho diciendo que odia la política", ilustrando en forma descarnada a los elementos subordinados que reproducen las consignas funcionales al poder de sus opresores.

El familista amoral

Edward C. Banfield (1916-1999) fue un sociólogo norteamericano. Profesor en Harvard y en la Universidad de Chicago, se especializó en el análisis de la política urbana y el desarrollo económico. Sin embargo, su obra más famosa es "La base moral de una sociedad atrasada" a partir de una curiosa e innovadora investigación social con ribetes antropológicos que realizó en la década del 50 del siglo pasado en un pueblito del sur de Italia.

Banfield elaboró el concepto de "familismo amoral", mediante el cual los individuos actúan en función de sí mismos y de su familia. De esa manera, todo lo que hacen en su propio beneficio o en el de sus parientes es valorado como moralmente positivo y de ello se jactarán con orgullo, aunque usualmente lo hagan con fanfarronería y soberbia. Además, todo lo que realicen para engañar o sacar partido de instituciones del Estado será escenificado como un alarde de sus habilidades personales, como la famosa viveza criolla que se aprovecha de lo público aunque su discurso neoliberal acuse al Estado de entrometerse en los negocios privados.

Banfield explicará que en este tipo de sociedades rurales atrasadas, lo que se instala desde las altas esferas es un comportamiento grupal que prioriza la ventaja privada antes que cualquier beneficio común. Y si existiera un provecho para la comunidad, será porque existe una utilidad personal o familiar de por medio.

En una sociedad de familistas amorales, sólo los funcionarios y quienes tienen un cargo se ocuparán de los asuntos públicos. "Si un ciudadano privado tiene un interés serio por un problema público, será visto como una cosa anormal o incluso inconveniente. Y en consecuencia, en una sociedad de estas características, habrá poco control de los cargos públicos o de los funcionarios, porque este control es únicamente cosa de los mismos funcionarios o cargos". Cualquier coincidencia con los manejos de los blancos en el interior no es casualidad, aunque el affaire Gandini muestra que son rápidos para los mandados también en la ciudad.

Continuando el razonamiento de Banfield, será muy difícil formar y mantener organizaciones para el bien público, con actuación consciente y concertada. Una noción que va en contra de lo que la experiencia humana ha demostrado: que lo que ha hecho avanzar a la humanidad es la cooperación antes que la competencia entendida como una suerte de darwinismo social, tan caro a los derechistas de ahora y de antes, que espantaron tanto a Darwin, por cierto.

Así, las consecuencias de los comportamientos del familista amoral redundan en prácticas tales como realizar todo tipo de estafas al erario público en la gestión de la administración gubernamental, así como otro tipo de ilícitos en negocios privados. Pero la otra cara de esa sociedad atrasada será la de una ciudadanía atrapada en redes clientelares, que no sólo supondrá que se cometen tales delitos sino que les alabará en público e incluso les votará para perpetuarlos en el poder. Es más, ese inconsciente colectivo manipulado pergeña a la vez la idea de que nadie nunca busca el interés colectivo y, slogan exitoso si lo hay para las clases dominantes, que todos los políticos son iguales.

Mano tendida

Para la izquierda, lejos de estigmatizar a los sectores más vulnerables atrapados en el atraso rural (o urbano), se acrecientan los desafíos de hacer política, no solo con las políticas que mejoran la vida concreta de la gente. Tampoco alcanza solo con la imprescindible probidad ética de la gestión de la cosa pública o con una comunicación política eficiente. Es y será también el contacto cotidiano mano a mano y boca a boca, para que ese otro y otra que sufre y es cooptado por ese sistema amoral pueda verse en otro espejo; uno en el que nuestra imagen no sea distorsionada por el divorcio entre teoría y práctica.

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