El vínculo entre la Iglesia argentina y los Milei arrastra, además, una historia de desencuentros que nunca terminó de resolverse. Durante la campaña electoral, el entonces candidato presidencial fue especialmente agresivo con Francisco, a quien llegó a calificar como «el papa peronista». Aquellas descalificaciones dejaron una marca en la relación que ni la llegada de León XIV logró borrar.
Desacuerdos de los Milei con el Vaticano
Según trascendió sobre las negociaciones, tampoco fue sencillo establecer un canal de diálogo entre el Vaticano y el Gobierno argentino. El canciller Pablo Quirno, designado inicialmente como interlocutor por los Milei, no consiguió encauzar las conversaciones. Los desacuerdos llegaron a tal punto que Karina Milei y su colaboradora Mara Gorini terminaron asumiendo la atención de los planteos que llegaban desde el entorno del arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva.
Uno de los principales puntos de fricción fue la eventual presencia de los expresidentes argentinos durante la presentación del Papa en el Palacio Libertad. El Vaticano consultó al Gobierno sobre la ubicación que tendrían y la posibilidad de que León XIV pudiera saludarlos. La respuesta de la Casa Rosada fue mantener una posición restrictiva: no había disposición a facilitar la presencia de dirigentes con los que Milei mantiene enfrentamientos políticos, entre ellos el expresidente Alberto Fernández.
La negativa sorprendió y generó malestar en ámbitos eclesiásticos. La Iglesia consideraba que una recepción de semejante relevancia institucional debía estar por encima de las diferencias partidarias. La comparación con lo ocurrido en Uruguay resultaba inevitable: durante su visita, León XIV había sido recibido en un marco de respeto institucional en el que las diferencias políticas no impidieron los gestos de convivencia.
¿A quién puede ver el papa?
La resistencia oficial tampoco se limitó a los expresidentes. En un primer momento, la Casa Rosada se mostró reticente incluso a extender invitaciones a legisladores nacionales de distintos partidos. Finalmente, las gestiones eclesiásticas consiguieron ampliar la convocatoria y evitar que el acto se transformara en una recepción restringida a los dirigentes cercanos al oficialismo.
Otro capítulo de la disputa tuvo como protagonista a Victoria Villarruel. La vicepresidenta, enfrentada políticamente con Milei y cada vez más relegada dentro del esquema de poder libertario, tampoco había recibido inicialmente una invitación. Su exclusión provocó nuevas tensiones y la posibilidad de que reclamara una audiencia con el pontífice en el Senado. La Iglesia intervino para que finalmente estuviera presente en el acto.
Pero la Casa Rosada todavía tenía otra objeción: el gobernador bonaerense Axel Kicillof. Según trascendió, el Gobierno pretendía que el mandatario provincial, uno de los principales referentes de la oposición peronista, quedara fuera de una de las escalas más importantes de la visita papal a Buenos Aires. Una pretensión que también encontró resistencia en las autoridades eclesiásticas.
El episodio dejó una imagen bastante particular: mientras León XIV llegaba a la Argentina para transmitir un mensaje de fraternidad, diálogo y encuentro, buena parte de la dirigencia política local parecía más preocupada por administrar las presencias, excluir adversarios y evitar fotografías incómodas.
La diferencia con Uruguay no fue solamente protocolar. En Montevideo, el pontífice encontró una institucionalidad capaz de ofrecerle una recepción sin convertir cada gesto en una batalla partidaria. En Buenos Aires, en cambio, la disputa política se filtró hasta en los detalles de su agenda.