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Entrevista al ícono del Blues JC Smith y a LMAV. La lucha racial y la conexión universal a través del sonido

El blues como destino: JC Smith vuelve por tercera vez a Montevideo y lo entrevistamos junto a La Máquina a Vapor

La tensión entre espiritualidad, supervivencia y cultura afro es el ADN del blues. JC Smith es guitarrista, cantante y showman del área de la bahía de San Francisco, pertenece a esa segunda especie: la de los que viven el blues como si fuera una forma de filosofía. Este 5 de marzo, el músico regresa a Montevideo para presentarse en Sala Rincón junto a la banda uruguaya La Máquina a Vapor, en la apertura del ciclo del Club de Blues Uruguay. Será su tercera visita al país y, como él mismo dice, un nuevo capítulo de una relación que ya se volvió emocional.

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Porque para Smith el blues no es solo música. Es memoria, supervivencia y una conversación profunda entre culturas.

El sonido que nace del corazón

Reconocido en el Blues Hall of Fame y ganador del Bay Area Black Music Awards 2024, Smith lidera The JC Smith Band, un proyecto donde conviven el blues clásico, el jump blues y el soul más crudo de la vieja escuela. Sobre el escenario empuña su inseparable Gibson 335 con una energía que recuerda a sus grandes influencias: T-Bone Walker, Albert King y Johnnie Guitar Watson.

Pero su visión del blues es más espiritual que técnica.

“La música no es lo que haces. Es lo que eres”, dice con una certeza tranquila.

Esa convicción viene de la infancia. Creció en una familia donde la música era parte de la vida cotidiana. Su padre tocaba country blues en el sur de Estados Unidos y, cuando el joven JC pidió tomar clases, recibió una respuesta inesperada.

“Le pregunté a mi padre si podía estudiar música y me dijo: ‘No necesitas clases’”.

En lugar de academia, le ofreció oído, intuición y vida.

Aprendió de oído. Y así comenzó una carrera que lo llevaría a tocar con gigantes del género como B.B. King, Buddy Guy, Hubert Sumlin, Buddy Miles, Son Seals y Pinetop Perkins.

Smith empezó como baterista y recién después tomó la guitarra —una Gibson 335 que hoy es parte inseparable de su identidad—. A los 13 años ya estaba tocando en una banda con sección de vientos.

“Formamos una banda grande con metales… y todo era de oído”.

Esa forma de aprender marcaría para siempre su manera de crear.

“La música no es lo que haces. Es lo que eres”

La música como lenguaje universal

Para Smith, el blues también es un puente cultural. En sus giras ha recorrido Estados Unidos, Europa, Rusia y Sudamérica, donde ya suma cientos de conciertos.

El primer contacto con la región surgió de manera inesperada, gracias a su primo Willie 'Big Eyes' Smith, histórico baterista de Muddy Waters.

“En Sudamérica debo haber hecho unos 275 shows. A veces vengo dos veces al año”, recuerda.

La línea del blues: JC Smith, entre la memoria y la libertad

Porque el blues —dice— no nació solamente como música: nació como un acto de supervivencia.

Cuando habla de su música, no habla de géneros. Habla de raíces.

En su paso por Montevideo, una visita a Mundo Afro le reveló algo que ya intuía: que la historia del blues no pertenece a un solo lugar.

“Pensé que iba a una charla sobre blues, pero en realidad fue un intercambio cultural donde aprendí mucho sobre la cultura afro de aquí”, recuerda.

Para él, el blues y las músicas del Río de la Plata comparten un mismo pulso profundo.

“Son raíces del alma, el ritmo, el groove y el corazón”.

Ese reconocimiento mutuo —entre historias afro que se dispersaron por el mundo— es uno de los motores de su música.

La historia de su padre también revela una dimensión social y racial que atraviesa el blues desde su origen.

Durante la época de la Ley Seca en Estados Unidos, el hombre hacía whisky artesanal y tocaba guitarra para quienes lo compraban.

“Mi padre y mi tío tocaban guitarra y vendían su whisky a la gente… era tan bueno que hasta los abogados lo compraban”.

Pero la presión moral y religiosa también estaba presente.

“Su tía le decía: ‘vas a ir al infierno por tocar esa música’”.

El blues, como tantas expresiones afroamericanas, era visto por algunos sectores religiosos como la “música del diablo”.

El padre de Smith terminó dejando los bares y comenzó a tocar en la iglesia.

Sin embargo, cuando su hijo quiso aprender guitarra, no lo detuvo.

“Se puso muy feliz cuando quise tocar”.

Esa tensión —entre espiritualidad, supervivencia y cultura afro— es parte del ADN del blues.

El día que Mick Jagger lo abrazó

Mick Jagger y JC Smith

Aunque Smith suele mostrarse humilde frente a su propia trayectoria, su carrera está llena de encuentros inesperados.

Uno de ellos ocurrió con Mick Jagger de The Rolling Stones.

“Lo conocí un par de veces y me dijo lo bueno que era. Y fue como: ‘¿De qué hablas?’ Y luego me abrazó. Fue raro”, recuerda entre risas.

Pero incluso esos elogios de gigantes no alteran su filosofía.

“Nadie puede ser tú como tú”, le dijo el músico. “Sé el mejor tú que puedas”.

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La lucha racial en el sonido

Smith sabe que el blues nació de la experiencia histórica de los afroamericanos: esclavitud, segregación, pobreza y resistencia.

Por eso insiste en que la música puede ser una forma de educación cultural.

Cuando viaja por América Latina o Europa, busca algo más que tocar.

Busca conectar historias.

“Durante todo el show tenemos el lenguaje universal de la música. Hablamos el mismo idioma por un rato”.

Para él, ese idioma puede derribar barreras raciales, culturales y generacionales.

La música —dice— es uno de los pocos espacios donde las identidades pueden encontrarse sin miedo.

Sobriedad, vida y segundas oportunidades

La historia personal de Smith también está marcada por otra lucha: la de reconstruirse a sí mismo.

Hace 36 años dejó el alcohol y las drogas.

“Antes estaba muy mal con el alcohol y las drogas pero superé todo eso”.

La línea entre la vida y la muerte

Hace poco, Smith atravesó uno de los momentos más difíciles de su vida: un infarto durante una gira. La experiencia lo obligó a detenerse, recuperarse y replantear su relación con el tiempo.

La reflexión que lo acompaña ahora es simple y brutal.

“En la lápida está la fecha de nacimiento y la de muerte. Y esa rayita en el medio es toda tu vida”.

Desde entonces mira un anillo que lleva grabada una idea antigua: memento mori. Recordar que todos morimos.

“Trato de meter la mayor vida posible en esa línea”, dice.

Quizás por eso sus shows tienen algo de celebración urgente: cada concierto parece una pequeña victoria contra el tiempo.

La promesa de una noche de blues

Para su regreso a Montevideo, Smith no promete perfección técnica ni solemnidad académica. Promete algo más antiguo: emoción.

“La gente puede escuchar música en la radio. Yo quiero darles la experiencia de un show de blues en vivo”. Y agrega, casi como una invitación colectiva:

“Quiero que se sientan libres de levantarse y volverse locos”.

Si el blues nació del dolor y de la resistencia, también nació para liberar el cuerpo.

Este jueves, en Sala Rincón, la historia del blues —esa que viajó desde California hasta el Río de la Plata— volverá a encenderse en una guitarra.

Y en ese instante, entre riffs, groove y sudor, la vieja verdad del blues volverá a demostrarse: que la música puede ser, al mismo tiempo, memoria, lucha y celebración de estar vivos.

En el escenario, Smith no busca perfección técnica ni solemnidad. Busca emoción.

“La gente puede escuchar música en la radio. Yo quiero darles la experiencia de un show de blues en vivo”.

Y esa experiencia —dice— necesita libertad.

“Quiero que se sientan libres de levantarse y volverse locos”.

Porque el blues, en el fondo, es eso: una música nacida del dolor que aprendió a transformarse en celebración.

Cuando JC Smith y La Máquina a Vapor suban al escenario de Sala Rincón con sus propuestas, ellos no traerán solo canciones. Traerán una genealogía de luchas, espiritualidad, memoria afro y encuentros culturales.

La Máquina a Vapor: cuando el blues se vuelve raíz, ritual y experiencia

Desde Uruguay, la banda La Máquina a Vapor se sitúa en ese territorio profundo del blues, pero no como imitadores de una tradición extranjera, sino como intérpretes de una genealogía cultural que atraviesa continentes y siglos. Su proyecto nace de una convicción clara: estudiar, respetar y difundir el blues afroamericano, entendiendo que detrás de sus acordes existe una historia mucho más amplia que la música misma.

Como explican en la entrevista, el grupo surge con un objetivo que fue creciendo con el tiempo:

“Este año es el noveno que estamos trabajando con La Máquina a Vapor en la difusión, en el estudio del blues afroamericano. El objetivo del grupo fue estudiar, interpretar y difundir el blues raíz.”

Pero ese estudio no es solo musical. Es también histórico, cultural y humano. Para los integrantes de la banda, comprender el blues implica reconocer la matriz ancestral que lo sostiene.

“La música afroamericana va más allá del blues. Hay una matriz atrás muy ancestral y se toca completamente diferente a lo que es la música publicitaria.”

El puente entre África, América y el Río de la Plata

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En esa búsqueda aparece una pregunta inevitable: ¿Cómo es tocar blues desde Uruguay sin caer en la copia?

La respuesta del grupo es profundamente cultural. Para ellos, el vínculo no se construye desde la imitación, sino desde el reconocimiento de una raíz compartida. Uruguay posee una tradición afrodescendiente rica y compleja, cuya expresión más visible es el candombe, pero cuya profundidad atraviesa muchas otras prácticas culturales.

“Nosotros somos uruguayos, somos de acá. No pretendemos ser estadounidenses, queremos desarrollar una expresión propia.”

Ese gesto de honestidad artística los llevó a tender puentes con la música afro uruguaya y con espacios de investigación cultural.

“Uruguay tiene un rico patrimonio en lo que es toda la música afro uruguaya y ahí empezamos a comprender por dónde podía ir nuestra impronta.”

Así, el blues deja de ser una música importada y se convierte en un diálogo entre memorias.

Para La Máquina a Vapor, el blues tampoco es simplemente entretenimiento. En su mirada aparece como una forma de pensamiento, una ética del sentir.

“Esta música no es entretenimiento ni nada. Tiene toda una matriz muy antigua atrás, es una filosofía de vida.”

Ese posicionamiento se vuelve también una postura frente al mundo cultural contemporáneo, dominado muchas veces por la lógica de la velocidad, la repetición y el contenido inmediato.

En contraste, la banda reivindica el tiempo lento de la creación:

“Tratar de hacer algo fuerte, de impacto, expresivo, lleva muchísimo trabajo y muchísimo tiempo.”

La creatividad —sugieren— no puede ser forzada por algoritmos ni por la urgencia del mercado.

“La creatividad lleva tiempo para lograr decir.”

En esa frase aparentemente simple se esconde una ética artística profunda: el silencio también es parte de la obra.

El escenario como laboratorio de artes

Uno de los rasgos más singulares del proyecto es su carácter interdisciplinario. Los conciertos de La Máquina a Vapor no son sólo recitales: son experiencias donde la música, la pintura y el movimiento conviven en simultáneo

Durante las presentaciones, artistas visuales crean obras en vivo mientras la banda interpreta su repertorio.

“Tenemos un equipo de artistas visuales que en vivo hacen cuadros. No paran. Y le dan una identidad muy distinta.”

El público no solo presencia el resultado final, sino el proceso de creación.

“Ven el proceso de la obra. El cuadro va a la par de la canción.”

La música deja de ser entonces un objeto cerrado y se vuelve un acontecimiento. Una escena donde los sentidos se expanden.

“La pintura, la música y el baile afectan a todas las emociones de un ser humano.”

En tiempos donde el arte suele consumirse fragmentado —una canción en auriculares, una imagen en una pantalla—, la propuesta de La Máquina a Vapor recupera algo antiguo: el arte como experiencia total.

La emoción como territorio común

Quizás por eso quienes asisten a sus conciertos hablan de sorpresa. No solo por la música, sino por la intensidad humana que se genera.

“Cada vez más la gente se impresiona de ver algo humano.”

En una época saturada de simulaciones tecnológicas y contenidos producidos en serie, el gesto artesanal vuelve a adquirir un valor casi revolucionario.

El blues, en ese sentido, funciona como una memoria viva: una música que nació de la experiencia real y que todavía exige autenticidad para existir.

La Máquina a Vapor parece haber comprendido algo esencial: el blues no se toca, se atraviesa.

Y cuando eso sucede —cuando una guitarra, un piano, una armónica y un lienzo en blanco respiran al mismo tiempo—, el escenario deja de ser un escenario.

Se vuelve ritual.

Se vuelve encuentro.

Se vuelve, por un instante, una forma de verdad.

Algunas pocas entradas aún quedan disponibles y las podés encontrar en este link.

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