Y en esto me quiero poner como lo que está sucediendo ahora, pensando en cómo somos pensados, porque un Estado nos fue forjando en un momento a tener ciudadanos. Hubo una cultura muy robusta de ciudadanía, de construir redes sociales y marcos donde las personas pudieran ser parte de un Estado. A finales de los 90 el liberalismo fue construyendo lo que era el consumidor. Tenemos la Liga de Defensa del Consumidor que debe tener más consultas que lo que quizás es ciudadanía. Y de a poco nos fuimos acostumbrando a ser pensados así. Y hoy estamos en aras de ser pensados como suscriptores, donde no están pensando que vos sos parte del sistema, donde tu voto vale. Al revés, generalmente firmás un contrato y no tenés ni idea de lo que estás firmando y estás sometido después a que si te querés desligar simplemente es imposible. Estamos pensados como alguien que alquila y está sosteniendo contratos que no son bien claros. ¿Y por qué hago esta referencia? Pensando lo que es este modelo que nos quieren instalar en Uruguay de tener como un país en paralelo donde no se ancla con la nación, sino que es como una suerte de cultura burbuja, separada, donde va haber gente de distintas partes del mundo, pero no necesariamente generan comunidad por más que ellos digan que son una comunidad.
No, son una comunidad burbuja donde pueden tener un interés común pero no construyen lo que se necesita que es el arraigo cultural. Somos parte de lo mismo, tenemos el mismo fin común, somos parte de una historia, un linaje. Eso tiene que ver con lo que estábamos hablando hoy. ¿Qué es lo que está dando tanta inseguridad? Que no tenemos como un arraigo en lo que son grandes discursos.
¿Cómo reacciona la sociedad ante estos temas, para muchos aún un tabú?
En los años 70, se decía que había un esquizofrénico o un psicótico, como se suele decir en todas las familias. Hoy podemos decir que en todos los núcleos hay alguien que tiene una adicción, y el tema con las sustancias se habla mucho más. Sigue teniendo una sensación de vergüenza, pero lo adictivo es algo que nos es mucho más familiar que antes, y el tema de la salud mental, la depresión y la ansiedad es algo que todos podemos estar pudiendo integrar y pensando soluciones más allá de la farmacología, que es lo nuevo que está sucediendo hoy.
¿Por qué? Porque la farmacología puede ser un elemento necesario, en muchos casos, pero no es exclusivo. Hay otras formas de ir trabajando también este tipo de sufrimiento. Entonces, lo que estamos viendo es una sociedad que hoy por hoy está pudiendo nuevamente darle espacio, porque no quiere al extremo de la enfermedad, sino darle espacio a que hay síntomas que podemos empezar a manejar con cuestiones mucho más naturales.
Por ejemplo, empezar nuevamente a tener control de nuestros horarios, de nuestros ritmos, de la alimentación, de cuánto tiempo nos dedicamos a estar al aire libre, o también esta cultura de aprender a reconocer que el entretenimiento es algo que nos enferma, que es del mundo, de la estimulación, y lo que necesitamos nosotros es esparcimiento para poder descansar y volver a tener montos de energías saludables para poder sostener la vida. Porque si estamos todo el tiempo en un régimen de entretenimiento y excitación, difícilmente podamos volver a tener energía. ¿Eso cómo se da? Con encuentros con otros, encuentros con padres, se da en contacto con la naturaleza, en ser consciente que estás respirando, que podés dormir bien. Eso es lo que también se necesita.