ver más

Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de {}. Si ya formas parte de la comunidad, .

{# Opciones de Suscripción #} {# DESCOMENTAR AL IMPLEMENTAR: #} {# {% for n, m in this.getPaywallPlans('thinkindot', 'plans') %} {% if (m.tab == "all" or m.tab == "mensual") %} #}

{{m.shortDescription}}

{{m.title}} {{m.price}} mensual
{# {% endif %} {% endfor %} #} {# estos links no sé como se llenarian #}
Cultura | adolescencia

"Adolescencia": el Niño con mayúsculas

La serie británica "Adolescencia" funciona más como acicate del pánico moral que como retrato o como una eficaz crítica social. Pablo Pérez Navarro (Ctxt).

“Que le den al pobre e inocente niño pequeño en internet”, decía Lee Edelman en No al futuro. Se refería al Niño con mayúsculas: aquel cuya vulnerabilidad debe protegerse a toda costa de las malas influencias, de la perversión moral y sexual, pues de ello depende la perpetuación de los valores que animan al conjunto de la nación.

Agitar el miedo a esta fragilidad e influenciabilidad de la infancia no es un invento reciente de las extremas derechas, con sus campañas por la instauración del pin parental, sino que es una historia que se repite, al menos, desde la condena de muerte de Sócrates en Atenas por amenazar con sus palabras a la juventud.

Desde entonces hasta hoy, el Niño ha servido para activar formas de vigilancia policial sobre la circulación de discursos en la esfera pública, desencarnado de cualquier niño real para convertirse en dispositivo de control.

Es difícil encontrar una serie que logre capturar con tanta precisión la ambivalencia de este dispositivo como Adolescencia, mientras moviliza, además, sus más eficaces efectos. Así vemos, en esta serie, desplegarse la vulnerabilidad expuesta del Niño, al que se nos presenta como víctima de bullying –insultos, escupitajos, aislamiento, humillación online– y como asesino de una de sus agresoras, cuyos comentarios en redes se convirtieron en la ocasión para el escarnio colectivo.

Sería precisamente su víctima quien, tras responderle que no estaba “tan desesperada” como para salir con él, habría pasado a su acoso en Instagram. “¿Para qué tienes cuenta en Instagram? ¿Para qué cuelgas tus fotos? ¿Acaso lo haces porque tienes la esperanza de ligar?”, le pregunta una psicóloga, que intenta entender el porqué de la exposición cuando lo que se recibe no es sino odio.

Según avanza la serie se insinúa, además, que este Niño habría sido vulnerable a la exposición a la manosfera, esto es, a discursos y comunidades online de carácter misógino, como la de los incel: adolescentes que explican y responden a su falta de éxito sexual con un popurrí de discursos sexistas con pretensiones sociológicas. Un símbolo contemporáneo, por tanto, de la masculinidad tóxica.

Ahora bien, este niño no se nos presenta en ningún momento de la narración como incel, sino como alguien que es asociado con dicha figura por su víctima. El mensaje es claro: tras rechazar a Jamie como un pretendiente digno, le dirige la acusación de ser alguien con quien no hay reciprocidad del deseo posible. Un outcast, condenado al ostracismo... y la virginidad: un incel. La asociación se moviliza, pues, en la forma de un insulto, secundado por numerosos ‘me gusta’ procedentes del entorno escolar. “¿Por qué lo harían?”, le pregunta la psicóloga encargada de evaluar su estado en un momento dado. “Porque soy el más feo”, dice él, mostrando que ha interiorizado a la perfección el peso del insulto.

Como respuesta al rechazo seguido de esta burla, que se presenta como sistemática –se nos habla de los numerosos comentarios de Katie en Instagram, aparentemente amistosos pero que eran, en realidad, insultos encriptados– el “Niño” habría asesinado a su bully, convirtiéndose así en una versión monstruosa e hiperbólica de aquello de lo que lo acusaban: un precoz asesino de mujeres. Lo vemos, incluso en vídeo, en el que un intercambio de empujones termina en asesinato. En este punto, lo que podría ser una interpretación relativamente simple de una víctima sistemática de acoso que explota finalmente con una violencia desproporcionada –y fatalmente letal– se extiende en un giro que aumenta la complejidad interpretativa de la trama. Los signos se exponen sin que el espectador tenga claros, al inicio, sus objetivos, pero que resultan claros retroactivamente, pues se trata de mostrar no ya la culpabilidad, sino la influencia de la manosfera en este asesinato. A ello se dirige el interrogatorio policial inicial: ¿te gustan las mujeres?, ¿reposteabas fotos de modelos?, ¿hacías sobre ellas comentarios “agresivos”? –sin que se explique en qué medida serían estos comentarios agresivos ni, tampoco, una relación clara con el caso, toda vez que Jamie y su víctima no mantuvieron ninguna relación romántica o, siquiera, amistosa–.

Sin embargo, así como las pruebas del bullying son evidentes –las declaraciones de la psicóloga que se refieren a las agresiones sufridas por Jamie y sus amigos, a lo que se suma lo que se muestra en el propio instituto, donde el hijo del propio policía es agredido sin que este se percate, y sin que al profesorado le importe lo más mínimo–, la vinculación real de Jamie con la manosfera aparece apenas, en principio, como un horizonte interpretativo posible. Será el hijo del policía quien mencione esta relación, al señalarle el sentido de los emojis usados por Katie: “¿No sabes lo que están haciendo?”, le dice, refiriéndose a los bullies del instituto, para luego pasar a explicarle la forma en que los símbolos tomados de la manosfera –la píldora roja, que te haría ver la verdad, usada en comunidades incel– se usan como un insulto contra Jamie. En ningún momento sus compañeros ni nadie cercano a Jamie insinúa que se usen tales insultos porque este sea, en realidad, un incel. Antes bien, se explica que es tan solo una forma de insultarlo. El propio Jamie comenta, sin darle mayor importancia, que ha visto ese “rollo incel” del que todo el mundo habla tanto, pero que no le gustó.

Será tan solo en la perspectiva externa, por así decir, de los adultos –la policía, la psicóloga que evalúa el estado de Jamie, sus padres– donde toma peso la influencia de la manosfera como desencadenante del crimen.

La mencionan los padres en la escena final: “A mí también me salió un tipo el otro día en el móvil con su discurso machista, cuando yo solo buscaba información para el gym”. “Debimos darnos cuenta”, responde la madre, “pararlo a tiempo, pero no lo hicimos”. El paso de una clave interpretativa a otra no es menor, y tiene algo de sorprendente: no se sugiere ni por un momento que debieron darse cuenta antes de que su hijo estaba sometido a una situación sistemática de malos tratos, de abuso, dentro y fuera de las redes. La interpretación dominante del crimen parece ser la de que Jamie se habría radicalizado como resultado de su exposición al discurso de quienes desarrollan teorías para pasar de incels a atractivos machos alfa –y ello sin registro alguno de cualquier interacción de Jamie con comunidades misóginas de cualquier tipo, más allá del hecho de que reposteaba fotos de modelos.

Por supuesto, el rol de la víctima que se convierte en verdugo no es una combinación nueva.

De hecho, aquí se despliega por partida doble, pues la bully habría sido ella misma objeto de vejación pública tras la circulación de fotos en las que mostraba los pechos al aire a otro niño que luego la habría humillado haciéndolas circular. No se insinúa protagonismo alguno, por cierto, de Jamie en dicha agresión: todo lo que sabemos –por su boca– es que todo el colegio vio esas fotos. Vulnerabilidad y agresión quedan unidas, pues, como resultado de dos intentos frustrados de seducción que se tornan en ocasiones para la humillación pública en redes sociales: el de la víctima del asesinato, primero; el de su asesino, después.

Llama la atención, eso sí, la forma en que se construye aquí esta operación narrativa: la figura del agresor se perfila como si el insulto lo convirtiera, sin más mediación, en aquello que se le llama.

Sin duda, todo insulto tiene una medida performativa: crea una realidad, incluso un espacio de reconocimiento y de contestación para aquello que nombra. Así lo ha mostrado la resignificación del término queer a lo largo del tiempo: “Sí, marica, ¿y qué?”. Aquí estamos, no obstante, ante otro tipo de uso e interpretación de la performatividad, una que se pretende inapelable, casi mágica: lo insultan asociándolo a un término tomado de una comunidad misógina online, por tanto lo es. De la misma forma, cuando responde con violencia al acoso, no es solo un asesino, sino un Niño que se ha corrompido fatalmente por su exposición a internet.

La distinción se complica porque existe una dinámica (hetero)sexual en juego: ambas víctimas (Katie y Jamie) responden de manera diferente a las agresiones. Una de ellas, convirtiéndose en agresora mediante el insulto y la burla, esto es, sin recurrir a la violencia física–. Él, que recibe esto desde el otro lado de la jerarquía de poder que impera en su instituto, responde con la forma más extrema posible de violencia física: el asesinato, las puñaladas, la penetración y, en este sentido, la violación simbólica del cuerpo de su agresora hasta la muerte. Ahora bien, ligar esta diferencia, asociada sin duda a las normas que gobiernan la producción social de la masculinidad o la feminidad, a la manosfera o a la comunidad incel es una trampa narrativa. O, mejor dicho, la gran trampa narrativa que sostiene la trama –y buena parte de los comentarios e interpretaciones que se han hecho sobre ella– al presentar ambas formas de vulnerabilidad —al bullying, a la manosfera– como equivalentes e intercambiables entre sí. Este es, además, el giro de actualidad que Adolescence introduce mediante la figura del Niño: el Niño como víctima proverbial y, por el mismo movimiento, como brazo ejecutor de la inocencia.

El problema es que, narrativamente hablando, esta doblez no se sostiene. Su valor es, más bien, simbólico, metafórico, y contrasta vivamente con el pretendido hiperrealismo de los planos secuencia de la serie. Ello hace que Adolescence funcione, desde mi punto de vista, más como acicate del pánico moral que como retrato ni, mucho menos, como una eficaz crítica social. Parece tratarse aquí, más bien, de asociar a la figura del Niño con una hipérbole de miedos asociados a la exposición de las masculinidades adolescentes a internet. De ahí, el hiperfoco en una amenaza que parece intratable –excepto, claro está, desde la prohibición absoluta del contacto con las redes–. “Los teléfonos están totalmente prohibidos en clase”, grita uno de los profesores de un instituto que más parece un correccional antes que como apertura hacia una posible respuesta educativa frente a las diversas formas del abuso y de la violencia. Quizá por ello la psicóloga no pregunta “¿por qué no borraste los comentarios ofensivos bajo tus fotos de Instagram?”, sino, más bien: “¿Para qué tienes Instagram?”

Y no parece un momento casual para este desplazamiento de todos los miedos sobre la vulnerabilidad adolescente hacia el peligro online, dada la evolución de los marcos normativos al respecto en Europa. En el Estado español, sin ir más lejos, está en trámite la Ley de Protección del Menor en Entornos Digitales, que propone, entre otras cosas, elevar la edad mínima para acceder a redes sociales de los 14 a los 16 años. Y lo hace, además, acompañada de algo en lo que seremos pioneros: un certificado expedido por la Fábrica de Moneda y Timbre que nos permitirá demostrar que tenemos la edad suficiente para circular por determinadas zonas de internet. En nombre del “Niño en internet”, pues, cambiaremos el paradigma del anonimato en redes, y tendremos que ir previamente certificados para acceder a contenidos clasificados como violentos o pornográficos. Lo pagará no solo el anonimato, sino, cabe pensar, quienes no dispongan de esa facilidad para adquirir tales certificados: iletrados digitales, personas mayores, migrantes sin papeles,entre otras víctimas habituales de los aparatos burocráticos del Estado. Y, por supuesto, la adolescencia, que tendrá crecientes dificultades para habitar su deseo dentro o fuera de las redes.

Tal vez el punto de fuga más notable de la serie –pues escapa al mensaje panfletario– sea esta respuesta insistente y angustiada de Jamie, mientras el interrogatorio avanza, descubriendo múltiples confesiones sobre la configuración de su deseo y sus experiencias sexuales: “¿Tienes derecho a preguntarme estas cosas?”. En el contexto actual, en que los partidos de derecha europeos reclaman más controles frente al acceso no vigilado de los menores a internet –en nombre de la moral y de los valores familiares– las unas, y en nombre de la protección frente a la exposición precoz a la pornografía o al acoso online –las otras–, como si no existieran otras alternativas y proyectos pedagógicos que no fueran prohibitivos, censores o punitivistas, la pregunta de Jamie parece cobrar cada vez más sentido: ¿tienes derecho a preguntarme esas cosas?

-------------------

Pablo Pérez Navarro es profesor de filosofía en la Universidad de La Laguna.

Temas

Más Leídas

Seguí Leyendo