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Lana Daher: "Es difícil quedarse en el Líbano, ser de aquí... y es muy difícil también amar"
En el Líbano "hay bombardeos todo el tiempo pero Beirut es mi casa, mis padres están aquí", asegura Lana Daher desde Beirut en esta entrevista.
09 de abril de 2026 - 11:47
Luego de sobrevivir al bombardeo masivo perpetrado ayer por Israel contra estructuras y civiles en el Líbano, la cineasta confirmó que se encontraba bien aunque dijo que “no tenía palabras” para describir el horror. “Así que me quedo. Hasta que no pueda quedarme más, me quedo”, afirmó Lana Daher en la entrevista.
Daher vive en Beirut. Su documental Do you love me? aborda la identidad fragmentada y de su ciudad del Líbano desde la intimidad de los videos caseros y archivos. Consultada por Caras&Caretas aseguró que elige quedarse. “Así que me quedo. Hasta que no pueda quedarme más, me quedo”
“Entro de noche a mi ciudad, yo bajo a mi ciudad donde me esperan o me duelen, donde tengo que huir de alguna abominable cita, de lo que ya no tiene nombre”
J.C.
“Algún día me moriré de hambre, me congelaré en invierno antes del amanecer o contraeré algo con lo que me pudriré hasta que me ingresen en un hospital, aunque no tenga dinero ni casa. Pero cantaré, pintaré, bailaré, follaré y lloraré la ciudad todo lo que pueda, porque es mía. Es mía, joder. Esa es la razón”.
N. K. Jemisin
En El corazón del daño, María Negroni se pregunta si es posible ‘querer volver’ a un lugar donde han estado a punto de matarte. La respuesta de la cineasta libanesa Lana Daher es que sí. Daher resiste desde el arte en su tierra, allí donde el sonido insoportable de las bombas surcando el cielo se transforma en terror cotidiano.
Los imperialistas se han acostumbrado a hablar de África, “Medio Oriente” o América Latina llenos de prejuicios coloniales y supremacistas; para ellos y sus usinas de difusión cultural todos somos lo mismo, una masa difusa en un territorio a dominar.
La labor de la artista libanesa en el documental Do You love me? va en el sentido opuesto.
El film lo había ido a ver por sugerencia de mi marido. De la lista del día eligió este. La sala de Cinemateca estaba llena y eso que la función era a las tres de la tarde en Semana de Turismo en Uruguay.
Me sorprendió muy gratamente encontrar en la película la condición ontológica, fundante del cine: el montaje. También la banda sonora, de lo que hablamos en esta entrevista, de la que confieso también que me he hecho adicta. Con un clásico de la música árabe (que ya conocía) de la princesa druso-libanesa (también acaso espía) Asmahan, interpretada por el proyecto sirio-libanés Bedouin Burger: Ya habibi taala elhaani.
***
De las primeras cosas que pensé cuando terminé de ver el film fue en la proeza del montaje, es algo muy importante en el cine. Pensé en Eisenstein y la idea del corte como desencadenante de un tercer sentido. ¿Cómo fue tu proceso creativo y cuál es el lugar que ocupa el montaje en tu concepción del cine?
Para mi el montaje es muy importante. Quería un film libanés que estuviera hecho solo con archivos libaneses. Era muy importante para mi porque en el Líbano no tenemos un libro de historia unificado, no tenemos un archivo nacional, nada de eso. Estaba interesada en cómo nos relacionamos con la historia, en mi relación y la relación de mi generación con el pasado, con el trauma y con nuestra identidad, no solamente con la historia.
No tenía ganas de dar una lección de historia y tampoco quería hacer una película libanesa desde la perspectiva de los políticos. Porque siento que los políticos libaneses ya han monopolizado nuestra experiencia.
Así comenzó.
Hay dos cosas en esta película: está el contenido y luego está el ejercicio de encontrar la forma y eso fue muy difícil porque trabajé cinco años sola antes de encontrar a Qutaiba Barhamji, él es el motor del film; trabajó en otras hermosas películas como las de Kaouther Ben Hania, La voz de Hind Rajab, Las hijas de Olfa, todas películas nominadas a los Oscar.
Él nunca había hecho una película solo hecha con archivos ni había trabajado en un film libanés. Trabajamos juntos.
Al principio, hice una investigación muy grande, cientos de horas que organicé de una manera muy, muy detallada. Hice secuencias en Premiere y todo eso. Tenía muchas ideas. Junto a Qutaiba, empezamos a encontrar la forma.
Porque también, en el montaje hubo algunas decisiones que tomamos juntos por ejemplo que no íbamos a tomar escenas completas de otras películas. Porque si las escenas completas de otras películas son muy largas y hay muchos cortes, o si por ejemplo las escenas son muy impactantes, la gente va a querer salir de nuestra película, van a querer entrar en la otra película. Entonces esa era una de las reglas del montaje: vamos a hacer la mayoría de los cortes en la película, son nuestros cortes.
Una segunda regla era: no queremos hacer un montaje que esté basado solo en la continuidad, queríamos crear continuidad, pero también romperla.
Así que trabajamos duro hasta encontrar nuestro lenguaje.
¿Cuántos archivos son?
Nosotros tenemos ahora aproximadamente 400 contratos de licencia con las personas a quienes les compramos los derechos de su material.
Investigué aproximadamente 20,000 archivos, quizás más de 3,000 horas. Lo que utilicé en la película es solo el 7% de toda la investigación: 76 minutos. Y usamos 106 largometrajes libaneses.
Es muy interesante también la música que eligieron. Coexisten los contemporáneos con la tradición. Reconozco bien a Asmahan que me gusta mucho, pero es de otra versión. ¿Cómo fue el proceso con el sonido?
Por ejemplo, la canción de Asmahan, es una versión de Lynn Adib y Bedouin Burgers y Hamdan.
Para mí la música funciona un poco como el sentido del olfato. Cuando uno huele algo... Como las magdalenas de Proust, esa idea de que puedes oler algo y volver a un momento, a un recuerdo, a un lugar. Para mí, la música tiene el mismo efecto que el olfato.
Hice una investigación a fondo con la música. Fue muy difícil, porque si pones demasiada música, con archivos, con muchos cortes y no tienes una voz se convierte en un video musical. Para mí, era muy importante que la música estuviera presente emocionalmente, es parte de la narrativa. Así que encontramos un equilibrio entre esas dos cosas. Y a veces, son las canciones las que cuentan la historia.
Sí, es verdad. Has hablado de identidad. ¿Es la identidad siempre fragmentada? ¿O piensas que la historia y la identidad del Líbano se fragmentan particularmente?
Absolutamente. Para nosotros está siempre fragmentada. Por eso también hice una película que no tiene políticos, porque quería un punto de vista de la sociedad civil. Un punto de vista de artistas, músicos, escritores, periodistas, cineastas.
Nuestra identidad e historia están fragmentadas. Y encuentro que los bombardeos israelíes y la guerra de Israel buscan fragmentarnos aún más. Israel trata de hacer una fragmentación aún mayor entre cristianos y musulmanes, entre chiítas y sunitas, entre chiítas y todo el resto del Líbano. Estamos muy destruidos. No solo en esta guerra: somos una sociedad destruida, que no tiene mucha consistencia. Cohabitamos, pero es muy complicado. Y especialmente ahora, con todo lo que está pasando.
La idea era tomar fragmentos, pequeños trozos, canciones, palabras, imágenes, y tratar de contar una historia. Y quería que esa historia fuera una historia libanesa, y no una historia musulmana, o cristiana, o chiíta. No quería que fuera una historia de Hezbollah o de Kataeb, quería que fuera una experiencia libanesa. Y por eso el hilo conductor de la película no son las fechas, guerras o eventos, sino el hilo emocional.
Y ahora, la semana pasada decidí hacer mi primera proyección en el Líbano, en Beirut, aunque haya guerra. Había 300 personas en la sala. Y cada uno tiene una opinión política muy diferente de los demás. Pero fue posible ver algo y conectarse con las emociones y experiencias que tenemos en común. Las experiencias de nuestras vidas aquí en este ciclo de violencia.
En cierto modo, sí, por dos razones. Una es que todos los archivos son archivos libaneses. Quizás hay solo dos cosas que no fueron filmadas por libaneses y de todas formas son de personas que realmente vivieron en el Líbano con familias libanesas y crearon esas imágenes. Entonces creo que representar el Líbano y Beirut con archivos que son todos libaneses, ya es decolonial. Porque normalmente, en el Líbano, siempre sobrevuela la idea de que debemos ser como nos ve Occidente, que debemos corresponder a algo occidental, “el París de Oriente Medio”. En la película se ve el Líbano, Beirut, con momentos de alegría y vida, pero también con muchos, muchos problemas.
Creo que está claro en la película que hay una relación de amor con la ciudad, con Beirut, pero al mismo tiempo es un lugar que te daña y te causa infinito dolor, ¿cómo es esa relación dialéctica con tu ciudad?
Creo que eso que dices es lo que trato de hacer en toda la película: mostrar esa relación de amor-odio. Es difícil, a veces, ser libanés. Es difícil quedarse en el Líbano porque también hay una diferencia entre los que viven en el Líbano y los que se van. Yo vivo en Beirut, entonces tengo una experiencia muy particular. Esta pregunta, si se la haces a alguien que ya se fue, que ya no regresa o que regresa solo una vez al año, no sé qué te dirán. Pero yo vivo en el Líbano. Quizás por eso también la película es, en cierto modo, un poco violenta. No muestro el “París de Oriente Medio” porque lo que yo veo no es eso. No es la occidentalización. Es muy difícil vivir en Beirut.
Es muy difícil ser de aquí, vivir con todos estos matices, estas capas tan complicadas todo el tiempo. Y es muy difícil también amar. A veces no sé si somos nosotros los que le preguntamos al Líbano si nos ama, o si es el Líbano el que nos pregunta si lo amamos. Todo el mundo ama al Líbano pero cada uno lo ama para sí mismo.
La escritora argentina María Negroni se pregunta en su novela El corazón del daño si es posible amar y querer volver a un lugar donde estuvieron a punto de matarte. ¿Estás dispuesta a morir con tal de vivir en tu tierra?
Sí. Cada día están los aviones militares israelíes, siempre están ahí. Están los drones, hay bombardeos. Todo el tiempo. Para mí Beirut es mi casa y mis padres están allí. Así que me quedo. Hasta que no pueda quedarme más, me quedo.
¿Cuál es el origen de esta película para ti? ¿Por qué tuviste la necesidad de hacerla ¿Por qué de archivos?
Empezó como algo personal, trabajaba en una investigación sobre la relación entre la guerra y la música, esa investigación me llevó en esta dirección, terminó con la película que has visto. Porque cuando investigaba la relación entre la música y la guerra, empecé a recordar cosas que había vivido en mi infancia aquí. Y me di cuenta de que estaba mucho más interesada en mi relación con mi casa, con mi nación, con Beirut y en la relación de mi generación con todo eso. También, me interesaba mucho indagar en cómo sobrevivimos a todos estos ciclos, a nuestro trauma y a las rupturas que vivimos y el efecto de eso en nosotros.
Gran parte de tu documental usaba imágenes domésticas, cumpleaños, casamientos, bailes en las salas. Son imágenes muy privadas. ¿Cómo fue el proceso de pedir a las familias que compartieran esos momentos?
Terminé utilizando videos caseros personales de amigos cercanos, amigos cineastas, periodistas o fotógrafos. Una de mis amigas tenía unos videos caseros muy bonitos que su papá había tomado en 16mm. Había otra, que eran cintas VHS. También encontré fotos de mi familia.
Era muy importante para mi tener ese material, encuentro que los videos caseros son muy personales y conmovedores. En mi casa no teníamos videos de la familia. Estaba interesada y sentía curiosidad por esas memorias de otras personas. En la película las personas que me conocen, saben cuáles son mis fotos, pero a veces creen que yo soy una de las niñas pequeñas en los videos caseros, me gusta esa ambigüedad: porque mi experiencia es la experiencia colectiva y mis memorias forman parte también de las memorias colectivas.