Semejante empresa, sin embargo, podría convertirse en un imposible: la noticia urge, falleció el saxofonista que se convirtió en ícono de un género, quizás la expresión que, junto al tango, definió la historia musical del siglo veinte. A lo que habría que agregar: Shorter no solo devino sinécdoque del jazz, fue y será la voz creativa e interpretativa que sumó aportes al impulso (más) renovador, a veces incluso salvaje, de esta música; fue el sonido negro, el fraseo virtuosos pero no excedido ni acrobático, sino intenso, de profundidad expresiva; fue la creatividad que transpiró la prolífica tensión entre la tradición y la urgencia en la innovación.
Gracias a los buenos oficios de buscador hegemónico de Internet (ese "que lo sabe todo"), se puede recuperar una entrevista que Shorter concedió a El País de España en el año 2017. Allí plantea una idea que, quizás, lo sintetice todo: “La pregunta que siempre me hice a la hora de crear es: ¿qué falta en la humanidad? El mundo se rige por lo popular, y ese camino siempre está abarrotado, lleno de gente que no va a ningún sitio. Yo elegí tomar el camino menos transitado, porque ese es el camino del explorador”.
Y aunque suene reiterativo: Shorter fue efectivamente un explorador, el saxofonista, el compositor, que estuvo en algunos de los discos clave del bebop y otros subgéneros, en los descubrimientos de los sonidos eléctricos, en las innovaciones formales y estructurales en la dispersión de lenguajes del género, en las productivas interacciones con otras expresiones de las músicas populares. El señor del saxo estuvo ahí y fue un jugador clave para que los ensambles con otras figuras funcionaran de forma única.
Entonces está claro: aunque el cuerpo se vaya, esa música se confirma como inmortal. Si no lo cree, aquí quedan un par de pruebas.