Como compositor dejó una obra profundamente arraigada en la cultura popular. Canciones como "Don Pascual", "Orejas", "El sombrero blanco", "Silbando Ansina", "Los colores" y "Mi barrio lindo" reflejan su vínculo con los barrios, la memoria colectiva y las raíces afro-uruguayas. Esta última, dedicada a La Mondiola, terminó convirtiéndose en una de las piezas más representativas de su repertorio.
Tras conocerse la noticia de su fallecimiento, músicos, artistas y referentes de la cultura destacaron el papel que desempeñó en la construcción de una música uruguaya con identidad propia, profundamente conectada con el candombe y la herencia afrodescendiente. Entre los numerosos mensajes de despedida sobresalió el de Ruben Rada, quien evocó décadas de amistad, escenarios compartidos y una trayectoria que ayudó a definir buena parte del sonido uruguayo contemporáneo.
Para muchos, su apellido remite inevitablemente a Felipe "Plef" Cabral, el artista urbano y grafitero asesinado en 2019, ya que era su hijo. Su obra trascendió las fronteras del arte callejero para convertirse en un fenómeno cultural.
Su historia comenzó en el Cerrito de la Victoria, en una época en que el candombe todavía era visto por muchos como una expresión relegada a determinados barrios y comunidades. Desde allí inició un camino que terminaría conectándolo con algunos de los movimientos musicales más importantes del país.
Cabral fue protagonista de una generación irrepetible. Compartió escenarios y procesos creativos con músicos que transformaron para siempre la cultura uruguaya y participó en proyectos que hoy forman parte del patrimonio artístico nacional. Su presencia en grupos históricos como El Kinto y Totem lo ubicó en el centro de una revolución sonora que mezcló la tradición afrouruguaya con nuevas formas de canción popular, rock y experimentación rítmica.
Aquellos años marcaron un antes y un después. Mientras en otros países latinoamericanos se buscaban fórmulas para adaptar las corrientes internacionales a las realidades locales, en Uruguay surgía una corriente musical que encontraba su singularidad en el candombe. Chichito fue uno de los responsables de ese proceso.
Más que ejecutar ritmos, desarrolló una manera particular de pensarlos. Entre sus aportes más reconocidos figura la adaptación de los patrones del tambor de candombe a las tumbadoras, un trabajo creativo que amplió las posibilidades de la percusión y permitió que esos sonidos encontraran nuevos espacios dentro de las bandas y los escenarios. Su búsqueda permanente lo convirtió en un músico respetado incluso por quienes nunca compartieron escenario con él.
La influencia de Cabral puede rastrearse en múltiples generaciones de artistas uruguayos. Muchos percusionistas lo señalan como una referencia ineludible por su forma de entender el ritmo y por su capacidad para combinar técnica con sensibilidad popular. Su trabajo ayudó a consolidar un lenguaje musical que hoy parece natural dentro de la producción nacional, pero que en su momento fue profundamente innovador.
Sin embargo, reducir su trayectoria a sus logros técnicos sería insuficiente. Chichito representaba una forma de vivir la música. Su vínculo con los barrios, con las comparsas, con los encuentros informales donde nacían ideas y canciones, formaba parte de una concepción artística profundamente conectada con la vida cotidiana. En sus composiciones y en sus interpretaciones siempre aparecían referencias a los lugares, las personas y las historias que moldearon su identidad.
A lo largo de las décadas desarrolló también una carrera propia, grabó discos y compuso temas que encontraron un lugar en la memoria musical uruguaya. Aunque nunca cultivó el perfil de estrella, se convirtió en una figura respetada dentro del ambiente artístico, alguien cuya opinión y experiencia eran valoradas por músicos de distintas generaciones.
En los últimos años, además, su figura adquirió una nueva dimensión pública a partir de la historia de su hijo
La muerte de Plef generó una profunda conmoción social y cultural, y llevó a muchos uruguayos a conocer más de cerca la historia de la familia Cabral. Desde entonces, el nombre de Chichito quedó asociado también al legado artístico de un creador que transformó muros y espacios públicos en obras reconocidas dentro y fuera del país.
Esa conexión entre padre e hijo terminó revelando una curiosa continuidad. Aunque trabajaron en disciplinas diferentes, ambos compartieron una misma pulsión creativa: la necesidad de construir una voz propia a partir de elementos profundamente uruguayos. Uno lo hizo desde la percusión y el candombe; el otro desde el arte urbano y la intervención del espacio público.
La muerte de Chichito Cabral cierra un capítulo importante de la cultura nacional. Con él se va uno de los protagonistas de una época en la que la música uruguaya encontró nuevas formas de expresarse sin renunciar a sus raíces. Pero también permanece una herencia que sigue viva en los músicos que aprendieron de su obra, en los ritmos que ayudó a crear y en la memoria colectiva de quienes reconocen en su trayectoria una parte esencial de la identidad cultural del Uruguay.