El autor citado habla de “restituir las adolescencias al campo de la cultura (porque) cada sociedad genera el tipo de adolescentes que se merece”. Por eso sería imposible analizar la cuestión de las “adolescencias” -lo decimos así en plural por la inmensa variedad de manifestaciones que tiene según las condiciones personales, familiares, sociales, culturales y afectivas de las personas que atraviesan este tiempo de la vida- si no analizamos o al menos tomamos alguna conciencia de las características de época que enmarcan la construcción de la subjetividad.
Así que, aun con el riesgo de ser insuficiente, intentaré esbozar la presentación de algunos rasgos de época que me parecen esenciales.
Vivimos en un mundo de incertidumbres con respecto a la posibilidad de crear un proyecto de vida estable, en el que reina la tecnología y la dependencia de pantallas en general, lo que ha configurado nuevos modos de comunicación y una simultaneidad de intercambios muy intensos. Por otra parte, es un mundo en el que la apariencia de esta comunicación tan intensa queda solo en eso, en un aspecto exterior porque en el fondo son todos “chispazos” superficiales. Es un mundo paradójico en el que estamos en contacto con alguien que se encuentra quizás a muchos kilómetros y a la vez estamos distantes de quienes tenemos al lado.
Es, por otra parte, una sociedad que alimenta al individualismo, que lo celebra y fortalece y que pone foco en la necesidad de “tener”, de la valorización extrema de la posesión de objetos y de “marcas”, retaceando al “ser” el lugar preponderante. Vivimos en un mundo donde impera la postura “resultadista” que se asocia con la inmediatez con que todo quiere lograrse y la ansiedad permanente por el logro sin tardanza, aun a fuerza de no vivir los necesarios procesos para que las cosas ocurran.
Esta muy rápida pintura de rasgos permite tomar conciencia de cuánto tenemos para aportarles a los adolescentes desde el afecto para poder instalar un acompañamiento paciente con el fin de discutir, hacer pensar, reflexionar e insistir sin desmayo para que cada uno pueda hacer su propio proceso de desarrollo. Para eso los adultos tenemos que estar disponibles y salir de nuestra propia burbuja de individualismo placentero.
Pablo Estramín acuñó en su famosa composición algunos trazos de este vínculo adulto-adolescente sobre el que es tan interesante reflexionar. Traigo solo algunos versos por significativos: “Tratan de arrancarlos de sus ilusiones/ con viejas recetas y largos sermones/ Los tratan de adultos cuando les exigen/ los tratan de niños cuando les prohíben”. El ejercicio de “ponerse en los zapatos del otro/a” es fundamental en estas circunstancias y sobre todo valorar la renovación del mundo del que los y las adolescentes son portadores : “Su sangre caliente, bienvenida sea/ son caminos nuevos, son la primavera”.