ver más

Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de {}. Si ya formas parte de la comunidad, .

{# Opciones de Suscripción #} {# DESCOMENTAR AL IMPLEMENTAR: #} {# {% for n, m in this.getPaywallPlans('thinkindot', 'plans') %} {% if (m.tab == "all" or m.tab == "mensual") %} #}

{{m.shortDescription}}

{{m.title}} {{m.price}} mensual
{# {% endif %} {% endfor %} #} {# estos links no sé como se llenarian #}
Columna destacada | debate

Debatir o no debatir

Por Rafael Bayce.

Hace varias elecciones que se discute sobre la alternativa del debate entre candidatos presidenciales. Ahora, en este año 2018, aparece un proyecto de ley que pretende hacerlo obligatorio y empezaron a posicionarse y a escucharse las voces de muchos adherentes. Nos posicionaremos, sin embargo, duramente en contra del proyecto, en principio por autoritario, porque impone medios de comunicación de principios, valores, planes, programas y perfiles de candidatos que un candidato puede legítimamente no usar por no convenirle. A esto se agrega que la iniciativa -y los que la respaldan- parecen compartir una ingenua y ‘paloma’ idea sobre los porqués, para qués, papel y funciones de los debates entre candidatos en el total de las campañas electorales, ignorando abundante teoría e investigación acumuladas en comunicación política. Y por último, no menor, puede esconder una maniobra económica de los beneficiarios de los debates y una operación política de aquellos a quienes puede beneficiar político-electoralmente.

 

Una ley innecesaria y autoritaria

¿Por qué hay que obligar a los candidatos a debatir entre sí, y públicamente, en entornos mediáticos? La gente puede perfectamente ser informada o informarse de los principios, valores, planes, programas, medidas y características de los candidatos y de sus propuestas por muchos otros medios perfectamente idóneos para ello: folletos, entrevistas escritas, orales y audiovisuales, programas especiales, publicaciones diversas, distribuidas de modos diversos y hasta por las estupidizantes redes sociales para su más masiva llegada.

Los candidatos, por su parte, pueden tener sus medios preferidos para hacerlo, en función de lo que quieren decir, cómo decirlo y a quien decírselo, que pueden volver secundario el territorio del debate. Hasta es posible que grandes políticos y grandes ideas no estén acompañados de cualidades de repentización para los debates, que sea perfectamente lícito que los evite y que prefiera otros modos de expresarse, informar, argumentar y mostrar capacidad de mando y gestión. Es autoritario y poco comprensivo de la comunicación humana, y de la política en particular, exigir el debate por ley.

 

Lo que se sabe sobre los debates

Hay toneladas de estudios realizados sobre las funciones y el papel de los debates entre candidatos. Sobre la relevancia e influencia o no en los resultados electorales. Parecen ignorarse todos estos estudios cuando se habla de esta ley o cuando se reflexiona y discute sobre la pertinencia de los debates.

Parece haber acuerdo en que los debates en vivo y cara a cara, de a dos o de a varios, no tienen gran influencia en los resultados electorales finales ni en las decisiones de la gente: sólo definen cuando hay una gran paridad final -muy pocas aunque recordables veces- y porque la opinión ya ha sido formada más que nada a través de una larga lista de elementos e insumos de decisión lentamente acumulados en el tiempo.

No es cierto que en los debates se diga tanto lo que se piensa hacer ni que se vaya a hacer después lo que se diga allí. En efecto, esos debates están dirigidos a confirmar las cosas que suscitaron la adhesión de los que ya son probables votantes propios y, en parte, a contribuir a dibujar el perfil caracteriológico de los candidatos como gobernantes, decisores, gestores y personaje de buenos y recomendables reflejos frente a los avatares, emergencias, urgencias e importancias cotidianas. El debate sirve básicamente a esos objetivos; son más propagandísticos y cazavotos que neutral u objetivamente informativos como los ingenuos dicen creer.

Tampoco los objetivos de los receptores-audiencia de los debates son los supuestos por ellos. Como lo atestigua la subdisciplina que estudia ‘la política como deporte’, buena parte de la audiencia espera divertirse y generar adrenalina con los debates. Hinchará por su favorito e insultará a su enemigo como un barrabrava futbolero; estará esperando momentos de pelea, en que se sobren, insulten, etcétera, tal como esperan incidencias emotivas frente a una pantalla con un partido, una serie o una telenovela. No confundir consumo de debates con ‘interés por la política’, como suele hacerse en sondeos de opinión. Tampoco los que están genuinamente interesados en los contenidos específicamente políticos asisten a debates desde una posición neutral, pasiva, fría, de recolector de información nueva como insumo para una mejor decisión racional para el bien común, como querrían los ingenuos-paloma: está estudiado que las audiencias, lejos de asistir para fijar posición o cambiarla, lo que hacen es recolectar allí nuevos argumentos para defender mejor una posición a priori que no cambian, o para absorber argumentos de otros y defenderse mejor de ellos o atacarlos mejor. Los debates no cambian decisiones por nueva información racionalmente sopesada: divierten, emocionan y agregan aguas a un molino propio ya perfectamente construido. Las audiencias hasta pueden darse el lujo de decir que los ven por interés político intelectual cuando en realidad están deseando que se peleen, insulten y sobren como en cualquier evento de la sociedad del espectáculo.

 

Sobre el acto comunicacional

Hasta mediados de los años 40, las teorías de la comunicación asumieron que el resultado de un contacto comunicativo depende de la emisión y del emisor por un lado, y del receptor y la recepción por otro. Ciertamente es así, pero además, entonces, Paul Lazarsfeld emitió su confirmada teoría del ‘multiple step flow’ (flujo de múltiples pasos) observando que el resultado final de un acto comunicacional no depende sólo del diálogo emisor-emisión con receptor-recepción, sino también de un conjunto creciente de mediadores de opinión, antes, durante y después del contacto, que influyen decisivamente en el producto del proceso.

No es, entonces, sólo una limpia y fría relación dialógica entre emisor-receptor, sino una tupida polifonía de actores, todos ellos influyentes en el producto final de la comunicación. En el caso de los debates, cobran importancia su enmarcamiento, difusión, descripción, moderadores, formato, horario. Más importantes aun son los comentaristas que, durante e inmediatamente después de los debates, evalúan ganadores y perdedores y aspectos destacables de la discusión. En realidad, son los a priori de los receptores y los juicios de los evaluadores profesionales lo más influyente en el resultado político electoral de los debates: el debate, en sí mismo, como información de emisores en receptores, es lo de menos; todo esto es lo que ignoran (o dicen ignorar) los ingenuo-palomas que dicen creerlos tan importantes como para hacerlos obligatorios por ley. Entonces, si hay un conjunto de mediadores comunicacionales que inclinarían sus evaluaciones en un sentido previsible, en el caso que ellos fueran probablemente adversos, no le conviene a un emisor participar de un debate cuyo resultado dependerá más de los valores e inclinaciones a priori de las audiencias y del sesgo político-ideológico de los comentaristas que lo que diga como emisor a las audiencias receptoras.

Por todo esto, en parte, como veremos luego mejor, es entendible que a Tabaré Vázquez (o a cualquiera en similar situación), mayoritario en votantes, no le convenga participar en debates electorales que serán desfavorablemente comentados, diga lo que diga, con lo que sus audiencias receptoras opinarán muy probablemente mal de lo que diga, y con resultados perjudiciales para su campaña. Le convendrá no concurrir. Porque es sólo cuestión de digitar las preguntas, el orden de exposición, los cortes por el moderador, o de poner comentaristas que sesguen la evaluación de las audiencias. Bastará entonces con conseguir que la víctima debata. El resto lo hace el ‘multiple step flow’, o su obligatoriedad legal si la víctima es resiliente.

 

A quiénes benefician los debates

Más que a nadie, y más allá del resultado político electoral de los debates, los grandes beneficiarios son la prensa, que lucra con rating, los anunciantes, y otros que intervienen en el juego. Por eso se explica que sean ellos los principales difusores de la moralina ingenuo-paloma sobre la importancia de los debates para la democracia, la formación informada de la opinión pública y otras bullshit. Pero no lo sostienen de bobos e ingenuos, sino de vivos. Porque los debates, además, inflan el ego de los periodistas moderadores al ponerlos a la altura de los conspicuos debatidores, marcarles los tiempos, alternarles el micrófono u otras muestras de estatus y poder frente a las audiencias y a sus pares.

También beneficia a los políticos que están en la oposición y a los que están en desventaja en las intenciones de voto sondeadas hasta el momento. En efecto, los debates son oportunidades de acortar o revertir distancias, gratis, y sobre los que se debe manifestar fe y esperanza. Pero morales; no los favorecen porque les puedan convenir o perjudicar a otros.

No se olvide el dictum de Gramsci: política es el arte de pasar los intereses propios como si fueran los de todos. La ‘bravata’ como recurso retórico respetable fue muy analizada por Goffman: el ratón desafía al gato cuando está razonablemente seguro de que no podrá usar su superioridad al enfrentarse; pero parece valiente, y el gato miedoso si no acepta, frente a los que no conocen el juego o la teoría e investigación sobre él.

En fin, basta y sobra para estar en contra de la obligatoriedad de los debates electorales entre candidatos.

Temas

Más Leídas

Seguí Leyendo