Una vez más, ante este panorama, me permito recomendar el consumo de filosofía y buena literatura, antes que comida y montañas de regalos, tarjetazo mediante. He dicho muchas veces que, en mi opinión, el arte es salvífico (así como la filosofía), puesto que, entre otras virtudes, posee el poder de asomarse a los miedos y desgarros más profundos del ser humano; y esto, paradójicamente, nos ayuda a enfrentar esas emociones. Emil Cioran, autor de numerosos libros sobre el drama y la miseria de vivir, estuvo obsesionado con el problema de la existencia misma. En El inconveniente de haber nacido, explora la insatisfacción de tener que transitar por este mundo con las ideas (y los dogmas) ya propuestos por otros; ante ello, caben dos grandes reacciones: por un lado están los que se unen a las filas de los nuevos portadores de la verdad (la verdad es esto o aquello, y no otra cosa, y ese sentimiento nos deja calmos y tranquilos, así como “automatizados en el amor a la vida”), y por otro lado se hallan los que no se sienten agradecidos con el solo hecho de haber sido traídos a este mundo, y no están dispuestos a continuar con la farsa de perseguir las supuestas verdades, ensalzadas sin la menor crítica por la mayoría.
Cínico y despiadado (en primer lugar consigo mismo), Cioran declaró que “en un mundo de oprimidos, yo respiro a mi manera. ¿Quién sabe? Quizá un día conozca usted el placer de apuntar a una idea, disparar contra ella, verla yacente, y después volver a empezar este ejercicio con otra, con todas”. Me pregunto si no sería deseable e incluso saludable realizar ese ejercicio propuesto por Cioran con la mayor parte de las ideas que rodean a las fiestas tradicionales. Acaso, si lo hiciéramos, tendríamos un poco de paz verdadera, y podríamos dedicar nuestra energía a ver lo que pasa en derredor; a dejar de repetir como autómatas los vacuos deseos de felicidad, y tender una mano a quienes peor la pasan en Navidad: los ancianos, los pobres, los solitarios de toda especie y condición.
Muchos escritores se han ocupado también de la navidad, desde distintas perspectivas. Entre nosotros, Eduardo Galeano escribió un cuento breve en el que un hombre, en vísperas de Navidad, halla a un niño enfermo, escondido y solo, perdido en la penumbra de un hospital de Managua. “Decile a alguien que estoy aquí”, le susurra el niño. Yo me quedo con ese mensaje. Tender el oído para escuchar la voz de alguien perdido, aislado, angustiado y cercado por fantasmas, ya sean propios o ajenos. Tender el oído para sentir ese llamado casi impronunciable. A eso se reduce, al final, todo lo bueno que podemos hacer en estas fiestas tan pandémicas, tan inclementes, tan tiránicas.