Murió 24 horas después de la detención a consecuencia de las torturas.
El allanamiento y detención, a cargo de las Fuerzas Conjuntas, estuvo dirigido por el Sub Comisario Eduardo Telechea y el Agente de 2º Adolfo Alem Castro, alias “La Momia”. Según relata su esposa “…Todos los detenidos fueron conducidos al local de la DNII en la calle Maldonado 1121. Más tarde fueron retirados de allí, todos juntos y encapuchados, y llevados en un vehículo a otro lugar. Al primero que torturaron fue a Balbi, los compañeros sintieron los gritos y golpes y después, silencio total. Momentos después los trasladan a todos nuevamente al Departamento 2 por separado para que no se dieran cuenta de que faltaba Álvaro…”
El informe de la autopsia que recibió el Juez Militar de Instrucción (…) probaba precisamente la muerte por asfixia con aspiración de agua (…) Las muestras de violencia son obvias en el examen externo: “Enseña cianosis en cabeza y cuello, erosiones en ambos codos y muñecas, erosiones y equimosis en tórax y abdomen, erosiones en ambas espinas ilíacas y rodillas” (…) Lo mismo resulta del examen interno: “Pequeños y múltiples hematomas subcutáneos en pared abdominal” es una clásica de todas las víctimas del “submarino”, causada en el vientre por los bordes del tacho. La muerte por asfixia está indicada por tres datos inequívocos de la autopsia, más irrefutable aún por el hecho de manifestarse juntos, agrega el informe del PCU.
La carta del padre de Álvaro Balbi a Juan María Bordaberry
Selmar Balbi, padre de Álvaro, dirige una carta pública al entonces Presidente de la República, Juan Ma. Bordaberry: “Escribo a usted la carta más difícil de mi vida (…). En el Uruguay, la pena de muerte no existe. Ni la más alta dignidad policial, hasta frente al mayor criminal y al más grave delito, puede condenar a muerte al peor de los reos. Nadie tuvo, entonces, derecho a matarme a mi hijo. Solo la impunidad más absoluta pudo amparar el crimen. Así fuera como a veces se sugiere, porque se le fue la mano…”.
Álvaro fue velado en Colón. Los militares se oponían a que se abriera el cajón fúnebre. Pero una multitud que se había congregado en el lugar protegió al doctor Marcos Carámbula quien certificó lo que vió.
El cadáver presentaba “hundimiento de tórax, órganos genitales calcinados, rotura de hígado, fractura de pierna izquierda y fractura de cráneo”.
Ninguno de los criminales fue juzgado, alguno ocupó altos cargos en el ministerio del Interior durante el gobierno de Jorge Batlle, hasta que lo destituyó José Díaz, primer ministro del Interior durante el primer gobierno de Tabaré Vázquez.