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Discreción, pragmatismo y sutileza en la política exterior de Orsi

Orsi parece estar delineando una política exterior a tono con su estilo ya tantas veces comentado y por momentos exasperante.

Luis Lacalle Pou quiso convencer al país de que podía gestionarse la política exterior con el mismo talante publicitario que imperó entrecasa, embarcándonos en una espiral de anuncios altisonantes e —como mínimo— inconducente. De allí, una acumulación de expectativas por tratados comerciales con escasísima chance de avanzar en la realidad, declaraciones incendiarias contra el autoritarismo de algunos —solo algunos— gobiernos de la región, y la reiteración cacofónica de que Uruguay debe abrirse al mundo, con o sin el Mercosur, como si ese mantra fuera suficiente para algo más que alienar las relaciones con los vecinos.

Los tiempos de Yamandú Orsi parecen buscar un rumbo más pragmático, menos pomposo, con los pies en la tierra y la mirada puesta en la región y más allá. Menos tuits y más arroz. Y esto no es solo una metáfora. El primer viaje internacional de Orsi presidente y del canciller Mario Lubetkin fue a Panamá y Honduras. Lejos de querer romperla toda en términos de simbolismo diplomático y buscar la foto con alguna estrella pop de la política internacional, el foco estuvo puesto en un primer objetivo concreto, plausible y significativo para un sector productivo estratégico: colocar el arroz uruguayo en mercados nuevos y prometedores, y abrir canales de colaboración con un país como Panamá, que funciona como hub estratégico continental del cual mucho puede nutrirse el Uruguay, en su pretensión de posicionarse como polo de logística y servicios regionales.

La comparación con la política exterior del gobierno anterior arroja distancias notorias, especialmente remarcables cuando la continuidad en otras arenas de política pública parece instalarse sin mayor impedimento. Lacalle Pou quiso firmar casi que cualquier Tratado de Libre Comercio por fuera del Mercosur y no logró ninguno. El caso paradigmático fue el de China, que no llegó ni a instancias exploratorias. Alcanzó que los chinos levantaran el teléfono y chequearan que Brasil no estaba afín para abortar prematuramente cualquier pretensión de un acuerdo a contrapelo de uno de sus principales socios estratégicos globales y destacado aliado BRICS. Por fuera del comercio, y en el plano diplomático, la política exterior de Lacalle Pou fue ruidosa y moralizante, en una letanía de condenas a los regímenes de Venezuela, Cuba y Nicaragua sin consecuencia alguna, ni para ellos ni para nosotros. En ese afán por hacer de Uruguay una policía ideológica regional, se abandonaron principios fundantes de nuestra tradición diplomática: la no intervención, la resolución pacífica de los conflictos, la apuesta a los mecanismos multilaterales y el fortalecimiento del bloque regional.

Orsi parece estar delineando una política exterior a tono con su estilo ya tantas veces comentado y por momentos exasperante: más negociador, menos altisonante, más de la ronda de mate y el mano a mano que de la conferencia de prensa a todo trapo y el “tuitazo”. El nuevo gobierno está retomando una forma de hacer política exterior que Uruguay conoce desde sus orígenes como Estado-nación: sobria, mesurada, sin estridencias. Donde el anterior gobierno anunciaba tratados imposibles, el nuevo se concentra en acuerdos viables, sin copar los titulares de los diarios, pero destrabando los partidos a fuego lento para hacerle la diferencia a sectores productivos que venían pidiendo infructuosamente que el Estado les dé una mano.

Para muestra, basta un grano de arroz. La reunión bilateral con el presidente panameño José Raúl Mulino tuvo como objetivo destacado la construcción de un mercado estable, sin aranceles, aprovechando que Panamá atraviesa problemas de abastecimiento y vencimientos de acuerdos comerciales con Estados Unidos. Para eso viajaron representantes de la Asociación de Cultivadores de Arroz y de empresas arroceras, buscando asegurar condiciones favorables para colocar lo que puede ser la mayor cosecha de la historia en hectáreas cultivadas. El gesto político va más allá. El expresidente de la Asociación de Cultivadores de Arroz y referente del sector, Alfredo Lago, fue categórico: “Este primer viaje del presidente Yamandú Orsi es de suma importancia. Muchos subestiman a los países de Centroamérica, entendiendo erróneamente que son de poca relevancia. Es una región del mundo muy poblada con necesidades de importación de casi todos los productos que Uruguay exporta”, escribió en sus redes sociales. Agregó que sus reclamos no fueron escuchados ni por ninguno de los tres cancilleres del gobierno anterior ni por el propio expresidente.

No será el acuerdo comercial que haga temblar las raíces de los árboles, pero seamos generosos con la rotunda relevancia de avanzar en la apertura de mercados, por modestos que resulten, en la coyuntura global actual en la que los Estados Unidos, arquitectos del orden mundial comercial durante décadas, decidieron dinamitar todas las reglas y empujar al planeta a una guerra comercial sin precedentes.

Listo el arroz, el siguiente plato se servía en Honduras. La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) es el único organismo con integración de los 33 países de América Latina y el Caribe que excluye a los vecinos del norte. Desde su fundación en Venezuela en 2011, ha pasado por estadios de relativa vitalidad y prolongados letargos, a tono con las olas de auge y caída de la marea rosa de izquierda en el continente. De la mano izquierda de Lula da Silva, Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum, parece despegar un ojo y plantearse una aspiración protagónica en este tiempo histórico de incertidumbre y caos global. Por su porte, tiene el potencial de constituirse como plataforma relevante desde la cual gestionar relaciones de la región con los actores de primer orden en el mundo.

La participación uruguaya en la reciente cumbre de la Celac en Honduras fue otra prueba de este giro estratégico, con un presidente cómodo en su rol de profesor de Historia tributario de las tradiciones diplomáticas orientales. En lugar de discursos ampulosos, las intervenciones de Orsi y Lubetkin aparecieron quirúrgicamente cuidadosas y medidas. En lugar de críticas abstractas a los desvíos democráticos en la región, hubo diálogo político y diplomacia activa.

Y más allá de los discursos, lo divertido siempre se cocina tras bambalinas. Como informó La Diaria, en este evento se negociaron como telón de fondo temas de alto voltaje para la política regional y con posible impacto geopolítico. Uruguay busca presidir la Celac en 2026 o 2027, tras la presidencia pro tempore de Colombia, y tras las buenas migas con los caribeños aparenta contar con altas chances de lograrlo. Asimismo, nuestro país participa activamente de una concertación para promover a una mujer latinoamericana al frente de la Secretaría General de las Naciones Unidas, próximo a culminar el deslucido mandato del portugués António Guterres, en un periodo gris oscuro del máximo organismo multilateral, cuyas exhortaciones, recomendaciones y sanciones nunca han sido más irrelevantes que en la actualidad para los matones del mundo. Alerta spoiler: los nombres cantados que suenan, de muy alto perfil político, son los de la chilena Michelle Bachelet y la mexicana Alicia Bárcena.

Orsi y Lubetkin se movieron con discreción y sobriedad. Le bajaron decibeles al indignómetro de quien cumple más o menos con los tipos ideales de democracia y se centraron en las posibilidades de cooperación. Parecen entender que aquel lugar de mediador prudente y confiable, tan típico de nuestra diplomacia, puede volver a ser un activo si se lo maneja con responsabilidad. Lejos del maximalismo estéril del gobierno anterior, la estrategia de Orsi parece estar centrada en reconstruir vínculos deteriorados en la región, fortalecer relaciones bilaterales y aprovechar con astucia las oportunidades comerciales que aparecen en nichos concretos.

En esta nueva etapa no aparecen promesas vanas de tratados con grandes potencias ni relatos de aperturas inminentes. Tampoco pronunciamientos inflamados sobre los desvíos democráticos en la vecindad. Hay, en cambio, un atisbo de política exterior que apuesta a lo concreto, a lo factible y a lo sensato. Que jerarquiza la región, que busca espacios de articulación sin estridencias, y que entiende que la inserción internacional también se juega en los márgenes, en las relaciones centradas en agendas comunes, que se tejen con tiempo, paciencia y presencia.

Así, lo que pudo parecer a priori un viaje menor a destinos de escaso porte estratégico, devela capas interesantes: transmitir el mensaje de que Uruguay está de vuelta en una región a la que revaloriza y desempolvando los principios que lo han prestigiado históricamente; procurar una incidencia sutil y quizá de impacto en la mesa grande de la política global; e impulsar a un sector productivo nacional con enorme potencial, en medio del auge del proteccionismo comercial más ramplón.

Tal vez por ello, en lugar de buscar fotos sonrientes con líderes globales, Orsi decidió que sus primeras imágenes internacionales lo mostraran hablando alto de arroz y bajito de alta política. En consonancia con la premisa de comunicación doméstica de “no salir a anunciar el anuncio del anuncio”, lo que vale entrecasa viene también aplicando a la línea de política exterior. Los pies en Uruguay y la mirada en un mundo cada vez más impredecible, donde la construcción de una voz regional es una necesidad furibunda, que no por tantas veces repetido y declamado deja de ser urgente. O aquello que decía Perón de que la política internacional es la única política.

Por: Mauro Casa, politólogo y magíster en políticas públicas por la Universidad de Londres.

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