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Andrés Ojeda: capricornio, muy capricornio

Todo el spot de Ojeda es una sarta de lugares comunes como subterfugio para exhibir su cuerpo trabajado como una mercancía en la góndola de la vanidad.

El spot publicitario de Andrés Ojeda es ilustrativo sobre el retroceso de la política en la sociedad. El hombre compite por la presidencia de la República, pero no intenta sumar adhesiones con ideas nuevas ni entusiasmar a la ciudadanía formulando propuestas para atender los problemas que más importan a la población y al futuro de Uruguay.

No, apenas se muestra haciendo aparatos en un gimnasio, mientras responde un interrogatorio baladí con respuestas completamente estúpidas: ¿La familia? Mi cable a tierra. ¿Mascotas? Estoy pensando en adoptar. ¿Película favorita? 300. ¿Signo zodiacal? Capricornio, muy capricornio. En suma, una sarta de lugares comunes como subterfugio para exhibir su cuerpo trabajado como una mercancía en la góndola de la vanidad.

La antipolítica

Todo Ojeda es expresión de la antipolítica. Su incursión en el Partido Colorado sin ser colorado, su campaña con financiamiento inexplicable y sus publicidades en las redes sociales dirigidas a un público femenino despolitizado, que él presume capaz de votar a alguien porque le parece lindo, joven y millonario, básicamente por satisfacer el modelo de éxito de una sociedad posmoderna, vacía y vaciada de ningún contenido noble, atravesada por la frivolidad.

Un emergente

Pero el candidato del Partido Colorado es apenas un emergente de un fenómeno más general. A menos de seis semanas de las elecciones, nadie puede decir que la campaña emocione por la calidad del debate, movilice por las ideas, discurre entre cosmovisiones que oponen explícitamente modelos de país.

No, es una campaña que transcurre en la generalidad y donde sólo se volantean titulares y se le pide a la gente que vote por cualquier motivo menos por los motivos fundamentales que deberían orientar el voto. En eso no hay una gran diferencia entre la izquierda y la derecha, con la salvedad de que la campaña se organiza confinada entre los límites de un sentido común que es individualista, apático, sistémico y, en consecuencia, funcional a la derecha, por lo que a la izquierda no le queda otro camino que jugar siempre de visitante en una suerte de cancha ajena.

Cabe preguntarse si este panorama de liviandad absoluta conviene al oficialismo o a la oposición, porque son difíciles de estimar las repercusiones electorales de los tonos de campaña, pero es probable que no impacten del mismo modo a unos que a otros.

Con ventaja

En principio, los números que vienen registrando las encuestas hace mucho tiempo sugieren que no hacer olas favorece al Frente Amplio, porque ostenta una ventaja muy grande sobre cualquiera de los partidos que componen la coalición y no resiste un análisis ecuánime hablar de la coalición como una unidad electoral ni para octubre, donde los partidos que la integran no comparecen bajo el mismo lema, por lo que no acumulan para las bancas, ni para noviembre, porque en la historia electoral uruguaya desde que existe el balotaje nunca jamás lograron trasladar el total de los votos como una suma directa de una elección a otra.

Sin embargo, la izquierda no se puede dormir en los laureles de la probabilidad y la estadística. No puede ni debe dar por ganada la elección antes de que la elección se produzca por el simple concurso de un estado de opinión que, presumiblemente, le favorece. La izquierda tiene que salir a hablar con más claridad, a exponer ideas con firmeza, a fijar posición de manera decidida, porque si no lo hace, también decae el entusiasmo de su militancia y de sus votantes, se diluye la esperanza de cambios, comienza a crecer la impresión general de que todo da más o menos lo mismo, aunque con la nada despreciable diferencia de que la honestidad de unos es incomparable con la de los otros, que demostraron en pocos años ser una verdadera desgracia moral, una runfla.

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