A estos problemas de ingresos hay que sumar los problemas de vivienda que afectan a muchísimos uruguayos, los trabajos de mala calidad o precarios, la inestabilidad de las fuentes de empleo. Las políticas sociales que se llevan adelante no alcanzan a resolver los problemas, aun cuando logren mitigar las situaciones más graves, y se extiende la sensación de que la desigualdad es cada vez más grande, así como el número de personas en situación de calle. Aunque cueste aceptarlo o moleste, la desafección con la política crece en la medida en que los problemas no se resuelven y la adhesión hacia la izquierda se hace más lábil, menos firme, sobre todo entre los jóvenes que durante medio siglo constituyeron el sector social con mayor afinidad por el Frente Amplio y por las ideas progresistas.
Entender lo que nos cabe de responsabilidad en este fenómeno de retroceso de las ideas de izquierda en nuestro país, sin enmascararlo completamente en una clave de época, por un lado es duro, porque siempre es duro aceptar debilidades, pero, por otro lado, tienen la virtud de dejar en nuestras manos algo para hacer y para corregir, lo que no sucedería si simplemente fuéramos observadores, apenas tributarios o víctimas de movimientos tectónicos que no controlamos, que nos exceden, que se originan quién sabe por obra y gracia de una combinación de factores inextricables e indiscernibles.
No hay que enojarse ni con vecinos ni periodistas que lo señalen, aunque a veces el tono sea provocador o los que se quejan no resistan el archivo de la coherencia. Hay que preguntarse si algo de eso es real, si ese tipo de señalamiento tiene sustancia y carne en la sociedad, si refleja algo que está ocurriendo en el plano de lo real, de lo constatable en conversación de feria o charla de boliche. Hay que hacerlo y hay que hacerlo mientras no sea tarde. Porque, de lo contrario, caminaremos rumbo a la derrota sin entender nunca qué fue lo que pasó.