ver más

Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de {}. Si ya formas parte de la comunidad, .

{# Opciones de Suscripción #} {# DESCOMENTAR AL IMPLEMENTAR: #} {# {% for n, m in this.getPaywallPlans('thinkindot', 'plans') %} {% if (m.tab == "all" or m.tab == "mensual") %} #}

{{m.shortDescription}}

{{m.title}} {{m.price}} mensual
{# {% endif %} {% endfor %} #} {# estos links no sé como se llenarian #}

Darse cuenta

Por más que los economistas se enojen, es difícil distinguir el modelo económico actual del modelo del gobierno anterior.

Es cierto que en este período ha aumentado el salario real de los trabajadores, mientras que durante el gobierno de Lacalle Pou hubo varios años de pérdida de poder de compra, y también lo es que este Gobierno ha dispuesto mayores aumentos para los salarios y jubilaciones mínimos, lo que ha significado una recuperación relativamente más importante de los sectores con menores ingresos.

Pero una cosa son esos datos objetivos e indiscutibles de política laboral y salarial, y otra muy distinta es afirmar que se ha registrado un cambio de modelo económico, una transformación profunda o, más humildemente, por lo menos, se han desandado las iniciativas más retrogradas que llevó adelante el Gobierno de coalición. Nada de eso ha sucedido.

Un modelo difícil de distinguir

Como el modelo económico no ha cambiado sustancialmente, cada vez es menos la gente que confía en que con estas políticas similares se logren resolver los problemas que tiene Uruguay hace mucho tiempo: la pobreza extrema, los bajos salarios, las jubilaciones sumergidas, entre los más acuciantes. Son cientos de miles de uruguayos los conocidos como "veinticinco mil pesistas", siguiendo la denominación que diera el Instituto Cuesta Duarte del PIT-CNT a este amplio grupo social en el que se encuentra más de la mitad de los jóvenes activos. Y ni hablar de los más de cien mil jubilados que perciben haberes mínimos, otro grupo inmenso que, aunque este Gobierno atienda mucho mejor que el anterior, continúa lejos de una situación desahogada.

A estos problemas de ingresos hay que sumar los problemas de vivienda que afectan a muchísimos uruguayos, los trabajos de mala calidad o precarios, la inestabilidad de las fuentes de empleo. Las políticas sociales que se llevan adelante no alcanzan a resolver los problemas, aun cuando logren mitigar las situaciones más graves, y se extiende la sensación de que la desigualdad es cada vez más grande, así como el número de personas en situación de calle. Aunque cueste aceptarlo o moleste, la desafección con la política crece en la medida en que los problemas no se resuelven y la adhesión hacia la izquierda se hace más lábil, menos firme, sobre todo entre los jóvenes que durante medio siglo constituyeron el sector social con mayor afinidad por el Frente Amplio y por las ideas progresistas.

Entender lo que nos cabe de responsabilidad en este fenómeno de retroceso de las ideas de izquierda en nuestro país, sin enmascararlo completamente en una clave de época, por un lado es duro, porque siempre es duro aceptar debilidades, pero, por otro lado, tienen la virtud de dejar en nuestras manos algo para hacer y para corregir, lo que no sucedería si simplemente fuéramos observadores, apenas tributarios o víctimas de movimientos tectónicos que no controlamos, que nos exceden, que se originan quién sabe por obra y gracia de una combinación de factores inextricables e indiscernibles.

No hay que enojarse ni con vecinos ni periodistas que lo señalen, aunque a veces el tono sea provocador o los que se quejan no resistan el archivo de la coherencia. Hay que preguntarse si algo de eso es real, si ese tipo de señalamiento tiene sustancia y carne en la sociedad, si refleja algo que está ocurriendo en el plano de lo real, de lo constatable en conversación de feria o charla de boliche. Hay que hacerlo y hay que hacerlo mientras no sea tarde. Porque, de lo contrario, caminaremos rumbo a la derrota sin entender nunca qué fue lo que pasó.

Temas

Más Leídas

Seguí Leyendo