Llama la atención el grado de certeza con el que se asume que la izquierda va a poner de ministro de Economía y Finanzas a un economista al que le cuesta tanto decir algo de izquierda. Quizá sea parte de una estrategia electoral que se vertebra sobre el principio fundamental de no hacer olas, confiados en que el voto tradicional del Frente Amplio es cautivo y que la gente con convicciones de izquierda, o ni tanto, va a votar igual, así se diga cualquier cosa.
Pero existe la posibilidad de que el discurso de Oddone no obedezca a una planificación de campaña, sino que refleje otra cosa, una suerte de mutación inadvertida de algunos presupuestos ideológicos que hasta hace no tanto parecían consolidados. Después de todo, la conducción de la política económica no es un una posición menor, es donde se ubica el parteaguas fundamental entre la izquierda y la derecha, salvo que ahora hayamos llegado a la convicción de que la izquierda y la derecha se deben distinguir por su posición en relación con las agendas de derechos individuales, como parece suceder en Europa y otros países del mundo.
Como sea, sería bueno que la fórmula conversara con Oddone y le recordara la existencia del programa de gobierno que la izquierda le ha ofrecido a la ciudadanía y, sobre todo, sería bueno que se le recordara que todavía existe ese territorio del pensamiento y la sensibilidad, porque es una típica deformación profesional en el campo de la economía ignorar esa variable. De tanto investment grade y cuentas equilibradas, se puede olvidar que existen en la sociedad contradicciones de intereses muy importantes, ganadores y perdedores, pobres y ricos. Y, en consecuencia, olvidar que la izquierda no es una anécdota de la distribución de actores en la Revolución Francesa ni de beligerantes en una guerra fría, sino un entramado de ideas que surge de los débiles para defender sus intereses frente al interés y la codicia de los más poderosos.