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Sentados en la heladera

Sabemos que hay restricciones geopolíticas, económicas, ideológicas, burocráticas, financieras y de clase. No nos creemos que tenemos el poder. Pero no exageramos. Las mencionadas restricciones no pueden ser las que nos imponemos nosotros ni nuestros propios miedos.

Pretenderé exponer algunos divagues sobre los temas mencionados en el título, esperando que la lectura no dure más de 10 minutos, que es el tiempo de atención de un futbolista de élite.

Hace ya una semana, la interpelación al ministro de Economía Gabriel Oddone brindó una gran oportunidad para exponer los desafíos que enfrenta nuestro país y la voluntad del Gobierno de enfrentarlos.

Ya la camioneta del presi había pasado a ser un evento de la historia reciente camino al olvido, la caída de la consideración de Yamandú Orsi en la encuesta de CIFRA aún golpeaba los oídos y todos esperábamos el milagro de que la celeste fuera a conquistar el Campeonato Mundial de Trump, o al menos tuviera una actuación decorosa.

El centro de los cuestionamientos expuestos por el senador Sergio Botana en la antedicha interpelación fue una severa crítica a la mediocre tasa de crecimiento de la economía en el año y la caída en los niveles de inversión privada. No percibí en su esperada intervención un cuestionamiento al modelo que procura impulsar el Ministerio de Economía, sino a los resultados obtenidos tras un año y medio de gestión.

En suma, el interpelante repitió la trillada aspiración generalizada en la profesión de economista que consiste en bajar el gasto público y reducir el déficit fiscal. Para Botana, esa es la madre de todas las batallas. Con un poquito más de sensibilidad social y un énfasis en un hipotético crecimiento que nos pondría en la carrera del desarrollo, Oddone y la academia piensan más o menos lo mismo.

El economista Botana interpeló recurriendo a datos que son de dominio público y que las cifras que proporcionó el ministro de Economía no pudieron en lo sustancial rebatir. Oddone demostró que no todo está tan mal, que crecimos más que cuando crecimos menos, que este último trimestre crecimos más que los anteriores tres y que la previsión de crecimiento que hiciera el MEF con las correcciones más recientes siguen siendo las esperadas para este año.

Sobre el gasto, se insinuó que la Rendición de Cuentas se propondría muy austera, lo que dio lugar a que algunos actores sociales presumieran que íbamos a una rendición de gasto cero.

Como estaba previsto, en la interpelación el ministro de Economía respondió con altura y solvencia, mencionando algunos logros que el Gobierno parece haberse anotado, como haber bajado la inflación, incrementado el número de empresas en actividad, creado 26.000 puestos de trabajo, crecido aunque menos de lo esperado, y aumentado el salario real y las jubilaciones manteniendo el déficit fiscal en valores similares a lo previsto por el equipo económico. Con serenidad y respeto, omitió recordarle a su colega economista Botana que, a diferencia del gobierno de Vázquez, el de Lacalle Pou no dejó al gobierno actual ninguna gran obra y sí muchas deudas no registradas que dejaron el déficit fiscal de arranque en niveles superiores a los que ahora preocupan a la oposición.

Creo que por piedad y porque no era el tema del debate no le recordó los episodios de corrupción del gobierno herrerista y las causas que, como la del pasaporte de Marset y la compra de las patrulleras a Cardama, aún están en la Justicia y siguen oliendo asqueroso. Tampoco le recordó el silencio culposo de Lacalle Pou que el Dr. Jorge Díaz recuerda en cada oportunidad en que le preguntan y se refiere a las dos causas judiciales arriba mencionadas.

La clemencia de Oddone no fue óbice para que le proporcionara al senador de Cerro Largo una paliza que demostró que entre el Gobierno y la oposición hay una distancia intelectual más que considerable y una diferencia abismal en rigurosidad en el manejo de los datos que hizo que el mejor senador de la bancada del Partido Nacional apareciera como un alumno protestón y mal preparado para el evento.

En efecto, el ministro de Economía comenzó por colocar al país en el contexto geopolítico actual, exhibiendo un par de gráficos que evidenciaban que el sistema económico mundial marca niveles de riesgo y volatilidad históricamente altos. Manifestó que es en este contexto que se tienen que mover las autoridades económicas y destacó que se siente con menos margen de maniobra que un buque navegando en el estrecho de Ormuz.

De semejante disputa entre el cinismo de la oposición y la prudencia del Gobierno parecería que es poco lo que se puede esperar en el corto o mediano plazo, donde nada augura que el contexto internacional cambie sustancialmente y las restricciones fiscales locales desaparezcan.

Lo cierto es que el futuro del país es preocupante, y ya nadie duda de ello. Tampoco se puede ignorar que el Gobierno busca revertir el bajo índice de aprobación de las encuestas, mejorando e intensificando la comunicación y, sobre todo, impulsando acciones que pudieran encuadrarse en el rumbo de lo esperado para un gobierno progresista que asumió hace 15 meses concitando apoyo y esperanza, al menos, entre sus votantes.

Todos los parlamentarios del Gobierno saben de memoria el libreto que acota el margen de las acciones y restringe los alcances de los propósitos que se comprometieron en la campaña electoral. Nadie se sale del libreto y el cassette está bien aprendido. Ni el más encumbrado ministro ni el más ignoto diputado deja de recordarnos que esto es lo que hay y que pedir más es impertinencia. “Esto es lo que se puede hacer” es casi un lugar común que convierte cualquier aspiración en una utopía delirante o una demanda desproporcionada, probablemente malintencionada y excesivamente radical de una minoría que pretendidamente disputa en el gobierno y en la fuerza política una hegemonía conquistada y bastante sectaria.

En el ámbito internacional, las cartas parecen estar echadas, los recursos presupuestales para todo el período están más o menos asignados y las necesidades seguirán más o menos insatisfechas.

En este gobierno según dijo Oddone no hay lugar para nuevos impuestos. No se tocará a los más ricos ni siquiera para asistir a los más pobres. Esta definición tan elocuente es lo que se podía esperar de la revolución de las cosas simples, un modelo de gestión con pocas ambiciones, muy lejos de las aspiraciones y las promesas del programa del Frente Amplio.

La discusión en el período político que se avecina girará en torno a lo que se prometió, lo que se hizo y lo que se dejó de hacer, y el debate se centrará en la responsabilidad, la culpa y la inocencia de quien se comerá la pastilla en la elección de 2029, máxime que el impacto de los resultados de un centenar de encuestas divulgadas por media docena de empresas en los próximos cuarenta meses mantendrá la incertidumbre hasta el último domingo de noviembre en que saborearemos el sabor dulce o agrio de la alternancia. Este es el negocio de las empresas que miden la opinión pública, y no es su culpa que las elecciones aquí y en todo el mundo se diriman entre dos bloques por márgenes muy ajustados.

Las encuestas ya miden con cierta discreción las posibilidades de los eventuales candidatos. Luis Lacalle Pou, según revela Bottinelli, está más fuerte que cuando se fue, y en el Frente Amplio nadie sobresale. Ni siquiera el Pacha, y tampoco Oddone.

Volviendo a la interpelación, ni el interpelante ni el interpelado, ni los treinta senadores restantes ni los asesores súper calificados y de jerga inescrutable, ni los gráficos elocuentes revelaron con claridad qué es lo que podemos hacer para salir adelante y si es en realidad posible alcanzar un país más habitable en que estemos contentos de vivir. Los más optimistas esperan la reactivación de la economía y la recuperación de las cuentas públicas. En verdad, nadie parece ambicionar otra cosa. Al menos cuando se tienen los pies en la tierra. Lo demás son ilusiones o decepciones, según se mire.

Escuchando las voces del Gobierno, y particularmente de la oposición de todos los sectores, parecería desinstalado un pensamiento reformista que predomina en nuestro país desde el siglo pasado y que se ha dado en llamar “batllismo”, y que explica las relaciones de causalidad que conducen al desarrollo.

La escuela pública vareliana laica, gratuita y obligatoria permitió que los hijos de los inmigrantes se integraran con mayor facilidad a la sociedad y el mundo del trabajo a fines del siglo XIX. Un cuarto de siglo después, otro José, en este caso don Pepe Batlle y Ordóñez, inició toda una serie de reformas económicas y sociales que sentarían las bases de esta "institucionalidad" uruguaya de la que hemos llegado a enorgullecernos y que nada tiene que ver con la acepción más moderna del término, que se ha prostituído de manera que parece significar que nos hallamos ante una suerte de estructura congelada occidental, capitalista y excluyente que no admite la más mínima alteración positiva. Esta ideología es el sanguinettismo en su versión más pachequista.

Digo esto porque veo a todo el mundo preocupado por el futuro del mundo del trabajo, los desafíos demográficos, la inteligencia artificial y las tensiones geopolíticas que ya directamente han desembocado en conflictos en Europa y Medio Oriente e ignoramos que fatalmente van a llegar a nuestra región y nos van a encontrar aullando empantanados y de manos atadas entre el déficit fiscal, el riesgo país, las presiones del imperio, el avance de la delincuencia organizada, el terror ante la mirada inquisidora de las calificadoras de crédito, el riesgo país, los intereses de la deuda externa, la cobardía del capital y 200.000 niños en el barro. Inmovilizados en la revolución de las cosas sencillas, atemorizados por la demanda de los cambios más complejos abandonando a la gente que ha depositado sus esperanzas en nosotros, dejándolos excluidos en el perímetro de una marginalidad cercada con la delincuencia y el narcotráfico como única opción laboral, acercándonos a ese estado fallido que los intereses inconfesables tienen tanta premura en declarar.

Que el desarrollo humano es el pilar del desarrollo no lo dice este modesto escriba que sólo procura ser polea de trasmisión de una demanda social que no hay que asordinar. Tampoco es solamente la historia de nuestro país. No es sólo José Batlle y Ordóñez y José Pedro Varela. Son también otros Pepe, como Artigas y Mujica. Es también la historia del desarrollo económico, desde la Francia de Colbert a la China actual, la potencia de Vietnam, pasando por los Estados Unidos de Hamilton, la Alemania de Bismarck y Liszt o el Brasil de Antônio Delfim Netto. Ninguno de estos países se desarrolló con austeridad fiscal, sino todo lo contrario. Para crecer hay que procurarse recursos para invertir en capital físico y, sobre todo, capital humano.

Por supuesto que no estamos hablando de derrochar recursos de la comunidad, sino todo lo contrario. Seguro que aprobamos reasignar los gastos de viajes, viáticos y catering, reducir trámites innecesarios, desempapelar la administración y eliminar regulaciones inútiles. También suprimir vacantes de cargos de confianza política y asesores. También está bien que se exonere de IVA a las viviendas cooperativas o a la vivienda popular, igualando los beneficios que los promotores privados tenían a la llamada vivienda promovida.

Hablamos que gastar en educación, en salud, en cuidados, en infancia, en vivienda; no es un gasto, es una inversión. En particular, cuando se pone el énfasis en el desarrollo del sector servicios, en la infraestructura y en la obra pública, ahí están las claves en el desafío de los cambios en el mundo del trabajo.

Esta perogrullada es ignorada cuando se renuncia a lo difícil, a lo cuesta arriba, a lo complejo; cuando no se recurre al protagonismo de los más necesitados, cuando se acepta sumisamente que el adversario es más poderoso y se abdica de ejercer el poder que se tiene cuando se ganó el gobierno.

¿Por qué ninguna idea de estas puede ser objeto de discusión en este país y en este gobierno? ¿Quién le comió la cabeza a nuestros economistas? ¿Quién califica estas ideas de transgresoras, impertinentes, imprudentes o incómodas? Todas ellas están expresadas en el programa del Frente Amplio.

¿Y si nos animamos a hacer lo que dijimos que queríamos hacer? ¿Cuándo nos arrepentimos de lo que estampamos en el programa?

Gabriel Oddone ha demostrado gran pericia en gestionar la situación macroeconómica, con mucha eficacia tapando todos los agujeros que le dejara Arbeleche sin hacer mucho ruido. Es más, al principio de su gestión lo hizo con cierta suficiencia expresando que todo era manejable. Pero a veces da la impresión de que funciona con su propio tablero de indicadores, autoimpuesto y focalizado en el mantra de la “revolución de las cosas simples”, sin percibir que hay mucha gente que aspira a que las promesas se conviertan en realidades.

Ni este artículo ni los anteriores son diatribas contra nadie. Ni contra Oddone, ni contra Yamandú, ni en su momento contra Tolosa, ni contra el gobierno del Frente Amplio, que por otra parte es el mío. Es sólo un molesto tábano en el anca del caballo.

¿Qué ocurriría si intentáramos aprovechar las capacidades del equipo económico que encabeza Oddone, pero encomendándole un tablero de control con objetivos algo diferentes a los que seguramente utiliza, ajustándose más al programa del FA y los objetivos para el periodo de gobierno que está en marcha? Quizás si lográramos definir algunos objetivos concretos de los más emblemáticos del programa, y Oddone se comprometiera a monitorearlos e informar periódicamente sobre su marcha, estaríamos contribuyendo a mejorar la institucionalidad.

Rodrigo Arim, el director de la OPP, pareció decir que con la unificación de las transferencias que se acordaron en el Diálogo Social, poniendo el foco en los niños de 0 a 3 años, utilizando la reasignación de 31.000.000 de dólares en la Rendición de Cuentas y sumados a otros recursos asignados en la Ley de Presupuesto, íbamos a sacar de la pobreza a un 25 % de los niños pobres; eso sí podría ser una noticia.

¿Entendimos bien? ¿De toda la pobreza infantil o solamente de los menores de tres años? ¿Se trata de sacar de la pobreza a 50.000 niños y adolescentes o solamente a 9.000 menores de 3 años? Si es lo primero, lo firmo ahora, aunque es muchísimo menos de lo que nos comprometimos cuando dijimos de abatir la pobreza infantil. Si son solamente 9.000, no está mal, pero está muy lejos de lo que prometimos en la campaña electoral.

Vamos a ver qué pasa. Ojalá todo salga como lo anuncia el director de la OPP. Me temo que son números hechos detrás de los escritorios y que no va a ser tan exitoso el plan previsto. Pero está bien, es una meta, y al final de la carrera sabremos qué es lo que hemos cumplido.

Tengo entendido que 31 millones de dólares no mueven la aguja de la Encuesta de Hogares y que tal vez el Mides no tenga recursos técnicos, materiales y humanos para localizar a los 39.000 niños que nacieron bajo la línea de pobreza en los tres últimos años.

Repito. Ojalá sea así, porque tal vez las iniciativas que se promueven desde el Ministerio de Vivienda y algún resultado que se alcance con la Ley de Empleo puedan hacer transversales las prestaciones, de manera que la asistencia social llegue a esos 39.000 niños que la está pasando muy mal y que constituyen un universo pequeño pero que no va a ser tan fácil de individualizar.

Lo deseo por ellos, por sus madres, por los funcionarios que lo planificaron, por el gobierno, que es mi gobierno, y por el Frente Amplio, pero sigo sugiriendo que consulten con los que saben y no menosprecien a los que con la mayor de las lealtades queremos empujar.

Con los recursos que el Ministerio quiere destinar a abatir la pobreza de los hogares y que eufemísticamente se ha dado en llamar la “pobreza infantil”, se quedan requetecortos. Para los problemas sociales relacionados con la pobreza infantil que nos comprometimos a resolver, vivienda, salud mental, trabajo de mujeres madres jefas de hogar y gente viviendo en situación de calle, ni hablemos. Es más, curiosamente, en la puerta de la FEUU en Arenal Grande, entre Brandzen y Rivera, durmieron ayer y hoy, con este frío, varios muchachos tapados con cartones y frazadas, como lo hacen desde hace varios meses. A menos de diez cuadras del Mides.

Cuidemos la institucionalidad, la de las empresas públicas, la de los sistemas de seguridad social, la del Sistema Nacional de Salud, la de las organizaciones sociales, la de la convivencia y la tolerancia, la de la democracia y la de nuestros valores culturales, la de la enseñanza pública y la separación de poderes, la de la seguridad jurídica y la túnica y la moña. Pero no esa “institucionalidad” a la que se refiere Sanguinetti, la del inmovilismo, la de la fragmentación social, la del continuismo y el clientelismo, la del consumismo y la desregulación. Me refiero a la institucionalidad de hacer algo de lo que se le prometió a la gente.

No somos tontos. Sabemos que hay restricciones geopolíticas, económicas, ideológicas, burocráticas, financieras y de clase. No nos creemos que tenemos el poder. Pero no exageramos. Las mencionadas restricciones no pueden ser las que nos imponemos nosotros ni nuestros propios miedos.

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