En América Latina campea desde hace rato, se trate o no de inmigrantes. No es solamente una crisis humanitaria, ante la que brilla por su ausencia la respuesta gubernamental, sino una verdadera patología social, convertida a estas alturas en el gran desafío contemporáneo. “El problema es de pobreza”, aclara Cortina. “Y lo más sensible en este caso es que hay muchos racistas y xenófobos, pero aporófobos son casi todos”. No solamente se rechaza a aquellos que no tienen nada para ofrecer, en sociedades neoliberales y capitalistas, sino que se desarrollan sistemáticos discursos de odio hacia ellos. Se odia al ladrón que roba en la calle; pero se odia mucho más al conjunto de lo que el ladrón simboliza en el imaginario patológico. Del ladrón, el chorro, el vago o el pobre, se pasa al recelo encarnado en la mera apariencia, que ha llegado a entronizarse en el verbo normativo. Artículo 470 de la LUC: “(Actuación en casos de hechos de apariencia delictiva). En caso de hechos de apariencia delictiva, las autoridades actuantes detendrán a los presuntos infractores e informarán de inmediato al Ministerio Público”. Concepto vago si los hay, el de la apariencia delictiva (que de los hechos se ha extendido a los sujetos) se torna sumamente peligroso, por su alto grado de vaguedad e imprecisión. ¿Cuáles serían esos hechos? ¿En base a qué presunciones o manifestaciones? ¿Quién los evalúa como tales? ¿En base a qué normativa de superior jerarquía?
El artículo aludido encarna, sin la menor duda, una de las manifestaciones del odio en su aspecto histórico-actitudinal. Por si quedaban dudas, un legislador nacional manifestó hace pocos meses, pretendiendo aclarar el concepto, que “La apariencia incluye la actitud”. “Hay una apariencia. Determinada gente que tiene tatuaje, gorrito y piercing da una tipología… pero no tiene que ver con la ley, tiene que ver con una realidad”.
Adela Cortina señala que bajo la patología de la aporofobia subyace una idea de superioridad sobre el otro, que lleva al “superior” a considerar legítimo su accionar. En el fondo se trata de una desigualdad radical entre “nosotros” y ellos. De los discursos de odio se pasa a las normativas de odio, y de allí a los delitos e incidentes de odio, en un movimiento cíclico y en un círculo infernal.
¿Por qué son peligrosos los discursos de odio? Porque están dirigidos a la esencia, o a la índole profunda de ser del otro, o sea hacia aquello que percibo como una agresión o una ofensa en mi propia esencia. Quienes se consideran a sí mismos superiores sienten que no pueden concretar su proyecto de vida, su “ser-en-el-mundo”, a causa del ser mismo del otro. De allí el impulso de aniquilación de ese objeto. Pero, ¿hasta dónde puede llegar ese impulso? Es muy amplia la gama de las acciones en tal sentido: desde la exclusión o aislamiento del otro, su vilipendio público, su castigo ejemplarizante (así no haya hecho nada, más allá de su mera condición existencial, por la que es merecedor de odio) hasta el asesinato, e incluso hasta el vilipendio de su cadáver o la profanación de su tumba. En nuestro país existen varios ejemplos al respecto. El odio quiere aniquilar porque odia la manifestación de existencia o el sentido que asume el ser del otro, no solo por sus pretendidas faltas, sino también por sus valores. Quien odia no desea convertir o mejorar al otro, pues esto implicaría ya un cierto amor por él (empatía elemental, buena intención, asomo de solidaridad). Nada de eso. Cuando odiamos profundamente no queremos de ningún modo educar o auxiliar al otro, sino sencillamente destruirlo.
Jeremy Waldron, filósofo y jurista neozelandés, expresa que el discurso de odio puede adoptar varias formas: a) La imputación general de hechos ilícitos a los miembros de un grupo (todos son chorros, todos son delincuentes); b) las caracterizaciones que denigran a los miembros de una comunidad, como a (todos) los musulmanes en Francia o a (todos) los mexicanos en Estados Unidos; c) La discriminación genérica en base a la orientación sexual, raza, religión, política, género; d) El establecimiento de prohibiciones en atención a los rasgos definidores del grupo, por ejemplo, impedir la entrada de personas a sitios públicos. Waldron considera necesario instrumentar ciertas herramientas legales para prohibir este tipo de discursos, no por la malicia de sus expresiones, ni siquiera por el reproche moral a su contenido, sino debido a las consecuencias que las incitaciones a la violencia generan en la sociedad y especialmente en referencia a las víctimas de estas cruzadas. Los discursos de odio, para Waldron, rompen con el tejido básico de una sociedad democrática, puesto que menoscaban la dignidad y los derechos de las personas, en una escalada cuyas manifestaciones más agudas conocemos demasiado bien, por desgracia. He aquí otro círculo infernal: la persecución de los proyectos de vida de las personas discriminadas provoca el reforzamiento de su vulnerabilidad y su aislamiento, de modo que el estigma se perpetúa, sobre todo en ausencia de intervención estatal, o peor aún, con la complicidad del Estado y de la normativa, y con ello, se mantienen y agudizan los discursos de odio. La sociedad solo puede salvarse recordando su pasado y encarando con argumentos sólidos y eficaces a quienes pretenden manipular las conciencias y las instituciones. La discusión a cara descubierta, para prohibir actos violentos, vengan de donde vengan, es hoy más que nunca una tarea urgente, para que la libertad y la dignidad humana no sean nada más que letra muerta.