Los disparos son permanentes, persistentes, y no saben de pausas ni respiros. No hay piedad. El objetivo es destruir al otro, a la otra, en este caso, a Julia, por insolente, por independiente, por feminista, por no callarse la boca. Pero bancársela y dar pelea tiene un precio. «Cuando te atacan del otro lado de la trinchera, la tuya queda vacía. No hay nadie más que vos. Pero no porque nadie te quiera, sino porque así es la guerra digital. No hay dos bandos iguales. De un lado hay un ejército enorme y perfectamente organizado, con recursos y mercenarios, y del otro hay soldados perdidos y solos. Cada vez más atemorizados».
¿Cómo hiciste para sobrevivir al monstruo?
Cuando tenés una causa, convicciones y cariño que te rodea, se sobrevive al monstruo, sea cual sea el monstruo. Y me parece que, en esta alegoría, claramente ese monstruo es el odio. Yo creo que con esas tres cosas estás bien.
Dijiste que los “odiadores” te hicieron daño y le hacen daño al mundo…
Sí. Creo que el debate público está bastante roto. La posibilidad de tratar de ponernos de acuerdo, de tener algunos consensos básicos que tienen que ver con algunas cosas en común sobre las que fuimos construyendo en los últimos siglos, la creencia en la ciencia, en los hechos, un principio de no violencia. Creo que, en las redes sociales, algunos consensos se volvieron a poner en discusión. Por eso, lo que le hizo daño al mundo han sido las redes sociales.
Sí, exacto. Asimismo, ¿por qué creés que Javier Milei odia tanto a tantos? Porque insulta a los periodistas, a los migrantes, con un odio y una crueldad pocas veces vistos.
Insulta a los “zurdos” también. Él tiene una posición ideológica que yo no creo que sea demasiado nítida. Me parece que es un ultraderechista, pero al mismo tiempo con un corpus teórico demasiado “cachivache”, desprolijo y lleno de agujeros. Pero es una ultraderechista y desprecia cualquier cosa que no se acerque un poquito a cómo piensa él. Desde ese desprecio total y absoluto por cualquiera que disienta un poco con él surge el lugar más claro del autoritarismo.
Y el autoritarismo muchas veces funciona muy bien con el odio. Hay una alianza que nosotros ya vimos en experiencias muy autoritarias del siglo pasado, por ejemplo, donde el combustible, incluso para la construcción política, también fue el odio. Lo vimos con los fascistas, con los nazis, y hay un montón de ejemplos donde la organización política del odio termina constituyendo a un partido o a un proyecto de gobierno.
Y me parece que estamos pasando por algo parecido, porque si ahora comparamos las distintas derechas que gobiernan, hay una derecha que es más proteccionista, como la de Donald Trump; una que es mucho más liberal y aperturista, como la de Javier Milei; hay derechas europeas que son un poco más xenófobas, y cada una tiene sus propias características, de acuerdo con sus propias idiosincrasias. Pero tienen algunos factores en común. Hay un factor común que es el odio. Por ahí se apunta hacia distintos lugares y a distintos sujetos, pero el odio siempre les sirve mucho.
También les sirve mucho sembrar cizaña en los pueblos, el odio entre pares, entre trabajadores. Y esa es una técnica bastante antigua, sobre todo muy neoliberal, que ahora también se utiliza para azuzar la desconfianza entre semejantes. Es muy efectivo.
¿Y no hay cierto riesgo de que una parte de la sociedad esté naturalizando esta forma de actuar, de humillar a los otros, a los migrantes, a los sindicatos, a los feminismos? ¿No hay un riesgo de naturalizar esto en la medida en que viene ganando territorio en buena parte del continente?
Creo que ya está naturalizado, ya no es un riesgo. Sí, ya existe hace mucho. Creo que está bastante naturalizado, en tanto hay una buena parte de la sociedad que ya asume y usa esos modos.
Hay otra parte que todavía lo mira con sorpresa, pero cada vez con menos sorpresa, en el sentido de que estamos cada vez más acostumbrados a que esa sea una forma posible de estar en el mundo: sin conversar, solamente con el insulto. Lo bueno es que, aunque lo tengamos naturalizado, no todos estamos dispuestos a asumirlo.
Y de eso hay que cuidarse bastante. No hay que asumir los modos violentos que tienen las ultraderechas. Si uno contesta con “espejito rebotín”, con insultos, pero desde el progresismo, hay algo que está mal en la medida en que, en realidad, estás asumiendo un territorio que es de ellos. Y más que un territorio, un arma que ellos manejan mucho mejor. Con lo cual, creo que hay que ser mucho más creativos en cuanto a cómo se responde.
Y también porque no es el mundo que a nosotros nos gusta. No nos gusta un mundo de insultos, de desprecio y de violencia, entonces no lo podemos construir con esa misma materia.
En ese sentido, creo que lo tenemos naturalizado, ya no lo vemos con sorpresa, pero no por eso lo tenemos asumido como una herramienta propia.
En las últimas semanas se produjeron dos fenómenos masivos de altísimo impacto: la muerte del “Indio” Solari y los triunfos de la Selección argentina en el Mundial de Fútbol, que provocaron que la gente volviera a las calles a cantar, abrazarse, encontrarse. Incluso a compartir la tristeza por el Indio pero todo desde un lado muy amoroso.
Sí, yo creo que algo nos devolvió la felicidad de ser argentinos. Porque a una buena parte de nosotros este gobierno nos parece una deshonra. Entonces, por momentos, te entristece tanto tu país que ya ni te dan ganas de ser argentino. Y hay ocasiones, incluso en la tristeza por ejemplo con la muerte del “Indio”, en las que te volvés a acordar de lo hermosa y maravillosa que es nuestra patria, porque es la patria del “Indio” Solari, que contuvo a un poeta así de grande, que le habló a tantas clases populares y a todo el mundo, y nos dejó esas canciones.
Y con la Selección pasa algo parecido, que por más que a mí me resulta un poco más tenso eso, yo no dejo de ver a mi país en los colores de la camiseta. Entonces, en cada gol heroico o en cada atajada también volvés a sentir al país, a la patria y a abrazarte con alguien con quien no te tomarías ni un café. Un poco se trata de eso, de volver a sentirse orgullosamente argentinos en momentos donde eso escasea.
¿Qué tanto han logrado golpear y debilitar a los feminismos las acciones directas que Milei ha aplicado desde el Poder Ejecutivo?
La verdad es que no sé bien, porque es cierto que la agresividad de Milei tuvo bastante efectividad a la hora de desarticular a la sociedad movilizada en su conjunto, te diría, y por default también posiblemente a los feminismos. Pero nosotras creo que también, yo siento que estamos en un repliegue para volver fortalecidas.
La ultraderecha nos está obligando a repensarnos, no tanto en el sentido de la autocrítica, que también podría ser que contenga alguna autocrítica, sino, sobre todo, a darnos cuenta de que, frente a los problemones que nos está generando la ultraderecha en el mundo, el feminismo tiene la solución para casi todo.
El feminismo, que no es solamente un movimiento de marchas y de simbolismo, también tiene un corpus teórico muy importante, tiene muchas pensadoras, tiene mucho diseño de política pública. Está en un momento en el que está pensando, está mirando a las ultraderechas y está reflexionando con una profundidad que pocos otros sectores de la política están teniendo en este momento.
Cuando escucho compañeras feministas pensando en los problemas actuales de la sociedad, siento que de verdad nos estamos dando una tarea que no sé quién más se la está dando. Entonces, al final, en un punto hay algo de potencia que nos dan las ultraderechas porque saben que nosotras somos sus principales enemigas.
Milei, en su primer discurso en Davos, nos puso a las feministas y a los feminismos en un lugar de protagonismo, como el principal enemigo de las ideas de ellos. Y eso creo que nosotras lo tenemos que empezar a entender, como colgarnos esa cucarda que nos puso el propio Milei y entender que, efectivamente, somos las que más respuestas tenemos.
Días pasados, en un programa de Futurock, Federico Vázquez hablaba sobre la supuesta crisis de natalidad. Digo supuesta porque no sabemos si es una crisis, aunque sí es cierto que bajó mucho la natalidad. Entonces Federico armó una mesa con distintos especialistas y, al final, a mí me llamó mucho la atención porque, sin quererlo, todas las respuestas a los problemas que generan la caída de los nacimientos de bebés y el envejecimiento de la población son respuestas súper feministas.
Hay soluciones, pero todas las soluciones vienen de un pensamiento feminista. Y esa respuesta se fue armando sin saberlo. Era evidente que la única respuesta posible era esa. Para muchos problemas te podría decir lo mismo, nosotras estamos todo el tiempo, desde nuestro prisma, pensando en una sociedad más igualitaria, con mucho recorrido atrás y, por lo mismo, creo que tenemos una clave para el futuro.
¿Cómo se reconstruye un país políticamente? ¿Dónde se pueden encontrar ciertos consensos básicos de convivencia pensando en educación, salud pública, vivienda y trabajo decente?
Creo que hay una tarea que es bastante urgente, que es, por lo menos, cuidar los lazos sociales que todavía existen, las relaciones afectivas y los vínculos amorosos que tenemos entre las personas en general, porque eso todavía existe y creo también que la clave del futuro está ahí. No sé exactamente cuál es la fórmula política, pero lo que sé es que sin eso no hay salida.
Me parece que una primera tarea urgente es cuidar nuestros espacios de participación, cuidar nuestros sindicatos, cuidar nuestros clubes, cuidar nuestro grupo de amigos, cuidar nuestro ánimo, cuidar todo eso para que, cuando toque, de alguna manera que yo no sé cuál será, tengamos una red para armar la salida. Cuidar algo que existe, que es muy precioso y será muy vital para adelante.
Pero no tengo una fórmula. Sí creo también que hay algo que está faltando, o por lo menos falta darle bastante forma, y es un sueño. Son momentos de mucho pesimismo, son momentos donde pareciera que no hay salida.
Yo soy bastante confiada, en el sentido de que la historia de la humanidad siempre es llegar a un callejón sin salida y después salir por arriba. Creo que posiblemente ahora estamos en un momento muy injusto, con un nivel de acumulación de los superricos; con la invención de una herramienta sobre la que ni ellos saben hasta dónde puede llegar, que es la inteligencia artificial; con el olor a podredumbre y putrefacción total de otro invento muy siniestro, que son las redes sociales, donde ya todos nos estamos dando cuenta del daño que hacen, y la verdad es que se inventaron hace relativamente poco.
Hay un proceso muy acelerado que yo no sé dónde va a terminar. Hay mucho diagnóstico, pero creo que se van armando cosas interesantes alrededor de esos diagnósticos. Uno de los diagnósticos es que los superricos están demasiado ricos. Bueno, de ese primer diagnóstico ya hay una primera solución que está a la vista, hay que desarmar esos niveles de concentración de riqueza.
Hay una herramienta que es bastante antigua que se llama impuestos. Hay que cobrar impuestos a los ricos. Hay todo un movimiento que va creciendo en el mundo en ese sentido y tampoco hay que inventar el agua. Está todo ahí, tenés el problema y tenés una herramienta que existe desde que el mundo es mundo, más o menos. Los impuestos existen. Los impuestos existieron desde siempre, son una herramienta política que puede servir muchísimo para terminar con la pobreza. Si le sacás el 10 % de su fortuna a Elon Musk, resolvés el hambre en el mundo. ¿Qué estamos esperando? Lo bueno de esto es decir “no está tan difícil”. No puede ser imposible esto.
El problema es cuando las derechas persuaden tanto que hacen que quienes se opongan a ese impuesto a los más ricos, por lo menos acá en Uruguay, sean los pobres. Son pobres los que dicen: “Otro impuesto no”.
Sí, eso es algo que no solamente pasa en Uruguay, sino en el mundo. La famosa batalla cultural, la famosa hegemonía... Tampoco hay algo nuevo ahí. Tampoco hay algo nuevo en el obrero desclasado o en un sujeto político que no termina de entender exactamente cuál es su lugar.
Por eso es tan importante, y ellos lo supieron, la batalla cultural. Y me parece que hay que seguir dándola. Hay momentos de repliegue donde uno siente que falta mucho, pero si mirás la película entera, todo el tiempo estamos tensando y avanzando. Entonces ahí no falta mucho para que posiblemente se empiece a dar vuelta la cosa. Hay referentes.
Además, también están llevando todo a un nivel de grotesco y de exacerbación que no aguanta, porque, aparte, no es sostenible. Si fueran más vivos se darían cuenta de que no es sostenible.
Lo que está pasando es que ellos están queriendo acumular para un planeta sin fin. Y este es un planeta con recursos finitos, no infinitos. Entonces, en algún momento, vamos a tener que parar la pelota.
«Ni Una Menos» impactó en la sociedad argentina y trascendió fronteras. Fue un fenómeno liberador. Y luego llegó Milei y dijo que el femicidio es un privilegio para las mujeres. Por eso impulsó su derogación. ¿Cuál es la realidad actual en materia de derechos con perspectiva de género?
Hay una política de desfinanciamiento en general. Entonces, no es que viene con una ley que deroga el derecho al aborto, así como con casi todos los derechos adquiridos en los últimos años. Va vaciando de recursos los organismos. Y después, también con la palabra, de alguna manera va deslegitimando los derechos conquistados.
Mientras da la pelea, la famosa pelea cultural, desfinancia organismos, echa gente. Entonces sí, hay, en definitiva, mucha más desprotección.
Sí, eliminó el Ministerio de la Mujer.
Claro, hay cosas mucho más concretas. Pero después hay programas que funcionaban muy bien, muy concretos, que ahora se quedan sin gente. La Línea 144, que es la línea para los llamados por violencia de género, está trabajando con muchísima menos gente, y eso es terrible.
¿Qué habría sido de vos sin Futurock?
Ay, yo me pregunto lo mismo. Capaz estaría vendiendo panchos en Once. Sí, porque evidentemente tampoco había un lugar para mí en los medios hegemónicos de comunicación. Me fueron sacando de todos lados. O yo me amoldaba, cosa que me parecía difícil de imaginar, o hubiese buscado otra salida laboral.
Pero, por suerte, tuvimos ese momento de lucidez de armar Futurock, porque no es solamente para mí la libertad que se construye ahí; es para Malena Pichot, es para todos los que trabajan en la radio, la libertad que construimos ahí. Es para poder decir de verdad lo que pensamos, es para que siga pudiendo haber un medio de comunicación que también muestre que se puede construir sin estar en función de otro interés. Solamente para comunicar, para contar lo que está pasando, obviamente desde nuestro punto de vista y con nuestra perspectiva, pero sin ningún otro condicionamiento.
Hace aproximadamente un mes recibiste el Premio a la Independencia, otorgado por Reporteros Sin Fronteras, un reconocimiento a la libertad de prensa. ¿Qué representa ese premio para vos?
Mucha emoción. La verdad, me dio mucho alivio el reconocimiento. Fue como pensar que hay gente que, aunque haya tenido que irme hasta Marsella, está pensando en nosotros, en los periodistas que estamos siendo permanentemente hostigados y que nos quiere dar una palmadita cariñosa y cuidarnos.
Fue muy impactante estar ahí, porque se entregaron cinco premios, en cinco categorías distintas, y solo dos pudimos llegar a recibirlos. Porque el fotoperiodista Abdul Hakim Abu Riash, distinguido por la serie "La agonía de Gaza: guerra, hambre y duelo", no pudo salir de Gaza; el periodista guineano Habib Marouane Camara fue secuestrado en diciembre de 2024 y aún permanece desaparecido; y quien estaba en Myanmar, ex Birmania, estaba preso. Por tanto, solo pudimos estar en la ceremonia los representantes de Mozambique (el periodista mozambiqueño Carlitos Cadangue, reconocido en la categoría «Premio al Impacto») y yo, de Argentina. Por eso fue un privilegio. Reporteros Sin Fronteras es una organización muy seria. Además, no es un premio exactamente al prestigio, sino al coraje, al valor y, en mi categoría, además, a la independencia. Y también a la insistencia, a la persistencia y al éxito de ese modelo de gestión y de comunicación que inventamos con Futurock. Entonces se sintió como un alivio, una alegría y, por lo menos para mí, un privilegio poder estar.
Se lo dedicaste a Pablo Grillo...
Sí, porque obviamente estaba en mi cabeza permanentemente. Pablo casi da la vida por sacar una foto en una marcha de jubilados. Y a mí me parece bien dar la vida, porque estamos pasando por un momento muy injusto del mundo y en otros momentos, también muy injustos, hubo quienes dieron la vida para cambiar las cosas. Entonces no me parece que esté mal esa voluntad y tenemos que hacerlo. Es decir, poner todo de nuestra parte para seguir contando lo que está pasando; y si ahí se nos tiene que ir la vida, pues que se vaya. Habrá valido la pena.