La ONU dispone de información abundante que le permite contrarrestar esta narrativa e intervenir activamente para neutralizar su potencial destructivo. Ucrania es un país etno-lingüísticamente dividido entre un oeste predominantemente ucraniano y un este predominantemente ruso. A lo largo de la década de 2000, las elecciones y las encuestas de opinión revelaron la oposición entre un oeste pro-Unión Europea y pro-OTAN, por un lado; y un este pro-Rusia, por otro. En cuanto a los recursos energéticos, Ucrania depende en un 72% del gas natural de Rusia, al igual que ocurre con otros países europeos (Alemania depende en un 39%), lo que da una idea del poder negociador de Rusia en este ámbito. Desde el final de la Unión Soviética, Estados Unidos ha estado tratando de sacar a Ucrania de la órbita de Rusia y de integrarla en la del mundo occidental y, de hecho, convertirla en un bastión proestadounidense en la frontera rusa. Esta estrategia ha tenido dos pilares: integrar militarmente a Ucrania en la OTAN (aprobada en la Cumbre de Bucarest de 2008, así como a Georgia, otro país fronterizo con Rusia) e integrarla económicamente en la Unión Europea. La revolución naranja o, más bien, el golpe del 22 de febrero de 2014, fuertemente apoyado por Estados Unidos, fue el pretexto para acelerar la estrategia occidental. Su causa inmediata fue la negativa del presidente Yanukóvich a firmar un acuerdo de integración económica con la UE que dejaba fuera a Rusia. Siguieron protestas, mucha agitación social y una brutal represión gubernamental que se saldó con más de 60 muertos (ahora se sabe que entre los manifestantes había grupos fascistas fuertemente armados). El 22 de febrero, el presidente se vio obligado a abandonar el país. La “promoción de la democracia” liderada por Estados Unidos había producido resultado: la “revolución naranja” iniciaba su política antirrusa. Rusia había advertido que la membresía de Ucrania en la OTAN y su integración exclusiva en la UE constituían una “amenaza directa” para Rusia. En los meses siguientes, Rusia ocupó Crimea, donde ya contaba con una importante base militar. En 2014 y 2015 se firmaron los protocolos de Minsk con la intermediación de Rusia, Francia y Alemania. Se reconoció la especificidad etno-lingüística de la región del río Don (Donbas) (en su mayoría de habla rusa) y se dispuso el establecimiento, por parte de Ucrania y de conformidad con la legislación ucraniana, de un sistema de autogobierno para la región (que cubre áreas de los distritos de Donetsk y Luhansk). Estos protocolos nunca fueron cumplidos por Ucrania. Las tensiones ahora han vuelto a escalar con la supuesta intención de Rusia de invadir Ucrania. Es incluso probable que lo haga (ciertamente limitada al este de Ucrania étnicamente rusa) si la OTAN, Estados Unidos y la Unión Europea continúan con su política de hostilidad. Frente a todo esto, uno tiene que preguntarse si es Rusia o Estados Unidos quien ha estado creando problemas en esta región del mundo. Todos recordamos la crisis de los misiles de 1962, cuando la Unión Soviética propuso instalar misiles en Cuba. La reacción norteamericana fue terminante: se trataba de una amenaza directa a la soberanía de Estados Unidos y bajo ninguna circunstancia se aceptarían tales armas en su frontera. Incluso llegó a sonar la alarma de una guerra nuclear. ¿Fue esta reacción muy diferente de la reacción actual de Rusia ante la perspectiva de que Ucrania se una a la OTAN? En 2017 se hizo público el informe de la reunión entre el secretario de Estado norteamericano James Baker y Mijaíl Gorbachov celebrada el 9 de febrero de 1990. En esa reunión se acordó que, si Rusia facilitaba la reunificación alemana, la OTAN “no se expandiría ni un centímetro hacia el este”. A pesar de esto y del extinto pacto de Varsovia, nueve años después Polonia, Hungría y la República Checa se unieron a la OTAN. Y ningún comentarista recuerda que, en el año 2000, cuando llegó al poder, Vladimir Putin expresó públicamente su deseo de que Rusia ingresara en la OTAN y también en la UE para que Rusia “no se quede aislada en Europa”. Ambas solicitudes fueron denegadas. Ante esto, la ONU sabe que Rusia no es la única potencia agresiva en el conflicto actual, y que bastaría con que Ucrania cumpliera los acuerdos de Minsk para que cesaran las hostilidades. ¿Por qué Ucrania no puede seguir siendo un país neutral como Finlandia, Austria o Suecia? Si hay guerra en esta región, el escenario de la guerra será Europa, no Estados Unidos. La misma Europa que hace poco más de setenta años salió del infierno de dos guerras mundiales que se saldaron con unos 100 millones de muertos. Si la ONU quiere ser la voz de la paz y la seguridad, que consta en su mandato, debe asumir una posición mucho más activa e independiente de los países involucrados. Hay que averiguar in situ qué está pasando en los territorios donde las grandes potencias se enfrentan y se preparan para guerras de hegemonía en las que probablemente los aliados menores sufrirán las consecuencias y pagarán con vidas (Taiwán o Ucrania) -las llamadas proxy wars-, incluso si la política agresiva de “cambio de régimen” apunta a Rusia y China, eventualmente con resultados similares a los que tuvo en Irak, Libia o Afganistán. El mundo necesita escuchar voces autorizadas que no repitan el guion impuesto por los rivales. La más autorizada de todas es la voz de la ONU.