La cosa no tiene tanto misterio. Yo los he visto a estos pakistaníes, hindúes, birmanos, en las calles de Nueva York, con un puesto de frutas en cada esquina, asomados tras sus fantásticos mangos y bananas. Cordiales y sufridos, pero suelen permanecer al margen de todo aquello que, por bueno o por apetecible, queda reservado a otros. Ellos son los desheredados de la fortuna, tan descastados como sólo pueden serlo, en masa, los individuos provenientes de las antiguas colonias.
De ahí venía Freddie Mercury, que en su origen se llamaba Farrokh Bulsara. Muy parecido a su madre -la misma boca enorme, los mismos ojos, pómulos, frente y nariz-, llegó a Inglaterra un poco por azar y otro poco por fría y descarnada circunstancia. Su familia no cruzó los mares en balsa ni se vio expuesta a los fusiles de guardias fronterizos, pero provenía de similares condiciones de violencia, expoliación y miseria.
Cuando el imperio británico invadió la India, obligando a la gente a plantar algodón y cortando los dedos pulgares de los tejedores para poder venderles telas, fueron los parsis o cultores de Zoroastro los primeros en entablar relaciones comerciales con ellos. Parece que a los ingleses les cayeron bien porque no tenían la piel tan oscura como los otros y manifestaban cierta inclinación a la vida “moderna” y al espíritu empresarial. Larga y funesta fue la dominación británica. Cuando terminó, por la acción revolucionaria de Mahatma Gandhi, la India -quebrada, dividida, saqueada en sus cimientos-, quedó sumida en un caos económico, social y político del que aún intenta recuperarse.
Antes de hacer su vergonzosa retirada, los ingleses ofrecieron pasaportes y ciudadanía británica a muchos parsis, entre los que se encontraban los ascendientes de Farrokh Bulsara, quien nació en Zanzíbar en 1946 -recordemos que la India se independizará un año después-, lugar donde muchos miembros de esta comunidad se habían establecido. A esas alturas eran considerados “indios británicos”. No de inmediato, sino unos 15 años más tarde, los Bulsara deciden establecerse en Inglaterra.
Farrokh o Freddie tenía ya 17 años, una edad respetable desde el punto de vista de las apropiaciones culturales. No era pakistaní sólo por su origen, sino también por su educación, su idioma y su visión del mundo. Entonces pudo haber empezado su discriminación, que fue real y palpable durante cierto tiempo, hasta que los derrotó a todos con el fenómeno de su talento. Entonces creció desde la sombra y se convirtió en un ser bello, en el sentido integral de la palabra.
Dice la BBC que “hasta la comunidad científica ha tratado de explicar la razón de su increíble voz, una fuerza de la naturaleza con la velocidad de un huracán”. Los científicos hallaron que “su frecuencia de vibrato era más potente que la de vocalistas con preparación clásica”. Claro que para poder analizar todo eso, antes tuvieron que fijarse en él. Freddie se labró su destino con una fuerza digna de sus ancestros, que lograron expulsar de su tierra al mayor imperio del mundo moderno. En cuanto a su talento, en Inglaterra encontró un sustrato propicio. Era la tierra prometida, que se inclinó ante él y le abrió sus puertas.
El estigma, aunque nunca cesó del todo, tuvo que rendirse ante él. Ahora es cuando entra en escena el filósofo Leopoldo Zea, que ha escrito magníficas páginas sobre el abuso de los poderosos sobre los débiles, de los amos del mundo sobre sus siervos y de los colonizadores sobre los colonos. He aquí por qué, además, me sentí especialmente conmovida por la película Rapsodia Bohemia, y por qué eché en falta la belleza de Freddie. Es frecuente que los latinoamericanos sintamos la tentación de olvidar nuestro pasado colonial, que aún se manifiesta en mil detalles cotidianos de nuestra mentalidad. No olvidarlo puede ser, en buena medida, la solución al problema.
Creo que tampoco Feddie Mercury lo olvidó jamás, y gozó de manera espectacular cuando se metió a las multitudes de Wembley y del mundo entero en el bolsillo o más bien en el puño. Zea se refiere, en una de sus obras, titulada La filosofía americana como filosofía sin más, a lo que él llama regateo de humanidad. Expresa que Hegel, al igual que muchos otros pensadores europeos, “mantiene la cuarentena sobre los hombres de esta América, extendiéndola a los de otros continentes. Asia, África, Oceanía, hasta donde ha llegado el que se considera hombre por excelencia y exige, en nombre de esta creencia, la justificación de la humanidad de otros hombres; una justificación a la que tendrán que someterse no sólo los indígenas, sino todos los nacidos posteriormente en América y en el resto del orbe”.
Zea expresa que el regateo de humanidad divide a la gente en dos bandos: por un lado los “Hombres-hombres”; por el otro, los “aspirantes a hombres” (dejo afuera expresamente la cuestión de género, que es harina de otro costal y que Zea no llegó siquiera a plantearse). Los oscuros de piel y de condición que viven de vender fruta en las esquinas de Manhattan; los modestos funcionarios y comerciantes emigrados de sus regiones devastadas, que sueñan con una vida mejor, no son considerados completamente humanos por parte de los “Hombres-hombres”. Les faltan algunos grados, escalones, centímetros o kilómetros para serlo. Necesitan, además, demostrar que son dignos de un merecimiento que los “Hombres-hombres” no andan regalando así como así.
Este ha sido el caso de Freddie Mercury, quien en sus comienzos padeció no poca discriminación y rechazo y peleó contra ella a brazo partido. Derrochaba talento, por supuesto; y eso, sumado a las cifras fabulosas que dio de ganar a sus patrocinadores, lo lanzó a la fama. Bueno sería no olvidar cuáles fueron su lucha y sus orígenes. Bueno sería recordar que las parcas y la diosa fortuna suelen burlarse de las tonterías y de las veleidades humanas, poniendo en los caminos del mundo, por ejemplo, a un imperio británico, a una familia de humildes parsis, a una Londres de los años sesenta y a un muchacho “paki” de enormes dientes cuya voz sigue haciendo vibrar y enmudecer al mundo.