Secuestros y asaltos están a la orden del día. El Programa Mundial de Alimentos de la ONU y ONGs internacionales no pueden distribuir ayuda alimentaria por tierra debido al temor de ser asaltadas , y deben hacerlo por aire, con el consiguiente aumento de costos, que limita aún más su accionar. En ninguna parte del hemisferio son más violados los derechos humanos que en Haití.
Por increíble que parezca, la comunidad internacional se mantiene de brazos cruzados ante esta tragedia. Gestiones de Estados Unidos y de México para buscar algún tipo de intervención de la ONU no han tenido éxito, y el Consejo de Seguridad está paralizado. La noción dominante parece ser dejar que Haití “se cueza en su propia salsa”.
Esto es inaceptable. Tanto desde el punto de vista humanitario como del de la seguridad regional, el permitir que un país de las Américas devenga en estado fallido controlado por bandas criminales es una receta para el desastre.
Desde 2004 a 2017, Naciones Unidas tuvo una misión en Haití, Minustah, que logró estabilizar el país, permitiendo importantes avances, antes de ser remecidos por el terremoto de 2010. Esa fue la primera misión de paz de la ONU con una mayoría de efectivos latinoamericanos, y tanto Chile como Brasil jugaron un papel clave en ella.
En momentos en que se da una nueva coyuntura política en América Latina, con gobiernos más comprometidos con la cooperación regional y el multilateralismo, ha llegado la hora de dar una solución a la crisis de Haití. Estados Unidos no está dispuesto a intervenir en forma unilateral y la Organización de Estados Americanos (OEA) ha perdido credibilidad para hacerlo. Una iniciativa latinoamericana en el marco de la ONU, tal vez liderada desde Brasilia, Bogotá y Santiago, similar a la Minustah, sería el mejor camino para evitar que Haití siga rumbo al despeñadero.
(Por Jorge Heine, vía Nodal)